A Guillermo, Fanor y Rafael
¡Qué madrugada más fría! —se dijo—, pero no habló. Miró su reloj por hacer algo. Eran las 4:00 de la mañana, justo un poco antes de que tocaran diana en toda la compañía.
Francisco estaba despierto y, por eso, le dio tiempo para zarandear a su amigo Eduardo, Lalo -como le decía por sugerencia de éste- ¡Despierta! Hay que estar listo inmediatamente. ¿No escuchaste la corneta?
Lalo se levantó como un resorte. Ambos conscriptos fueron los primeros en estar listos cuando el sargento empezó a pasar revista.
Una larga lista de conscriptos del Regimiento Carampangue de Iquique estaba en el patio principal, de pie, en dos filas paralelas y en posición de firmes.
La noche en el desierto no solo era fría, sino brumosa. La camanchaca humedecía las delgadas telas de los uniformes y, conforme se acercaba el alba, una brisa helada se extendía por todas las construcciones del edificio militar. Las sombras arenosas se prolongaban como sábanas inmóviles por todos los contornos del regimiento.
El silencio era absoluto. Nadie decía una palabra. Los soldados, formados en filas inmóviles, miraban absortos, esperando una orden. Esa orden que nadie quería escuchar, pero sonó fuerte y clara: ¡Equipo con armamento de guerra! ¡Rápido, no tenemos todo el día! ¡Apúrense, mierda!
Tras la orden, los soldados se dirigieron mecánicamente al cuarto de arsenales, situado paralelamente al lugar donde estaban estacionados los camiones. Corrían sin mirar al que tenían delante; algunos tropezaban y chocaban, hasta que se ordenaron —como lo habían hecho cientos de veces— en el sitio establecido para cargar sus armas. Luego, al oír los gritos de: ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! los grupos de soldados, según la numeración asignada, se fueron colocando en filas para recibir los cargadores y colocarlos en sus fusiles SIG.
Cada cargador constaba de veinte municiones, y cada soldado recibía tres. El primero se colocaba inmediatamente en el fusil; los otros dos quedaban de repuesto. Inmediatamente después de cargar sus armas y guardar las municiones, tomaban el resto del equipo y corrían hacia los camiones para subir con fusiles y mochilas. Al grito de: ¡Vamos, vamos! todos reconocieron la voz chillona y aguda del sargento. Los camiones comenzaron a moverse.
El Lalo y Francisco —inseparables desde que se conocieron en el regimiento, ambos condenados por un tribunal militar tras ser declarados remisos del servicio— iban sentados uno al lado del otro. No decían palabra y mantenían la vista fija en el cabo que, apoyado de espaldas en la tapa trasera del camión, vigilaba con cara de odio cualquier movimiento del “personal”, como los oficiales solían llamar a la tropa.
El ruido de los motores parecía tener su propio idioma, y sus palabras, envueltas en metal y humo, no presagiaban nada bueno.
A medida que el sol comenzaba a aparecer, el cielo se confundía en el horizonte con las cadenas de montañas, vestidas con los colores más diversos: azules, rojas, amarillas, verdes, marrones, grises, incluso blancas en su parte más alta. Así era ese paisaje. El desierto, bajo los pies de la caravana, en su pesada monotonía, contrastaba con la variedad del horizonte, confuso entre líneas sinuosas y ondulantes.
Los soldados, más que por el frío, parecían entumecidos por el silencio circundante, que, de no ser por el ruido de los motores y el golpeteo de las lonas contra los fierros, habría sido tan absoluto como el de las praderas cuando los pájaros se ocultan al caer la noche.
El trayecto duraba tres horas o algo más, pero el tiempo parecía detenido. Algunos soldados dormitaban, o fingían hacerlo; casi todos esperaban con los ojos cerrados. Se escuchaban sus respiraciones acompasadas. Se diría que hasta los latidos de esos jóvenes corazones se unían al sonido monocorde del vehículo.
Francisco y Lalo también guardaban silencio. Estaban juntos, y aunque no se miraban, se sentían protegidos por el solo hecho de estarlo. A todos los soldados les rondaba la misma pregunta: ¿A dónde vamos? Y se respondían, igual e inmediatamente: ¿A dónde vamos? ¡A Pisagua! Porque, ¿a dónde si no? Y esa pregunta terrible moría allí, porque nadie podía esperar nada bueno de llegar a Pisagua, fuertemente armados, con equipo de guerra, en una operación cuyo destino desconocían.
Francisco recordó entonces una conversación reciente con el Lalo, cuando este le había dicho que estaba dispuesto a aceptar cualquier sacrificio, con tal de no tener que matar a nadie. Eso-le había dicho- es algo que no podría soportar.
Le confesó también que pertenecía a una familia profundamente cristiana.
—Aunque no soy precisamente allendista —añadió—, varios de mis amigos sí lo son. También mi padre, que ha sido dirigente, aunque nunca quiso pertenecer a un partido político. Mi madre, en cambio, es de derecha, pero desde el golpe no ha cerrado la puerta a ninguno de los perseguidos. “Todos son mis hijos”, dice frecuentemente, aunque mi padre, a veces, le pone mala cara y le dice: “Emilia, por favor, ten cuidado. Esto va en serio.”
En ese momento, Francisco miró al Lalo y lo encontró tranquilo, aunque muy despierto y sumamente atento a todo lo que ocurría a su alrededor, como si quisiera absorber cada detalle.
Los camiones comenzaron a descender por un camino arenoso, hasta que, al deslizarse entre la cintura de tierra y piedras, se empezó a distinguir el mar, al fondo. Todos supieron inmediatamente que iban a Pisagua. Pero siguieron sin hablar. El mar se encontraba cada vez más cerca. De pronto, los camiones comenzaron a disminuir la velocidad hasta detenerse al borde del camino. Poco a poco, los soldados se percataron de que un jeep militar se acercaba. El vehículo se colocó al frente de la caravana y se detuvo. Tras un rato, volvió a moverse lentamente, seguido de cerca por los camiones.
El silencio era completo, total.
Después de avanzar unos trescientos metros, el jeep retrocedió unos metros y dos oficiales descendieron, acercándose al primer camión de la caravana.
Apareció entonces un capitán que los conscriptos no conocían, aunque los suboficiales aparentemente sí. El oficial se acercó al camión donde estaban Francisco y Lalo y ordenó al cabo ordenar a los soldados bajarse y formar junto al vehículo, en posición de firmes. También lo hicieron los del camión que venía detrás.
Cuando todos estuvieron formados, el oficial se puso frente al pelotón y dijo: ¡Soldados! Ustedes son soldados del Ejército de Chile y están aquí para cumplir una misión patriótica. Nuestra patria debe limpiarse de esa basura marxista que, ahora, gracias al pronunciamiento militar, empieza a liberarse. A ustedes les toca el alto honor de lavar la afrenta de un país mancillado. ¡Viva Chile! Los soldados respondieron maquinalmente: ¡Viva Chile!
Acto seguido, el cabo dio la orden de abordar los camiones. Cuando todos estuvieron arriba, se sentó nuevamente en la parte trasera y gritó: ¡Conscriptos! Al bajarse, pasen bala a sus armas, se forman de a dos y esperan órdenes.
Al subir al camión, Francisco, sin pensarlo, puso su mano sobre la del Lalo, quien le respondió con una tímida sonrisa. Parecía estar en un momento de extrema introspección, casi místico.
El trayecto duró solo unos minutos.
Cumpliendo las órdenes del capitán, los soldados fueron descendiendo y, al llegar al suelo, cargaron sus armas.
Cuando los camiones se desplazaron, quedaron frente a un grupo de personas con las manos atadas a la espalda y cubiertas con capuchas negras.
—¡Apunten! ¡Fuego!
Cuando llegó el turno de Francisco y Lalo, el primero se arrodilló y dejó su fusil en el suelo.
—¿Y a ti qué te pasa, concha de tu madre? —le gritó el sargento. El capitán, que pasaba revista a los fusilamientos, dijo: ¡Sargento! Si ese huevón de mierda no cumple la orden, usted le pega un tiro y lo deja junto al montón de extremistas que están allí.
El sargento no esperó. Repitió la orden y, al ver que el soldado seguía hincado, aparentemente rezando, desenfundó su pistola y le pegó un tiro en la cabeza.
Francisco se abalanzó sobre el sargento intentando salvar a su amigo, pero un culatazo en la cara lo dejó tendido en el suelo. Allí lo patearon hasta que sintió que se ahogaba en su propia sangre.

Ha pasado el tiempo. Francisco se encuentra en el desierto, solo y en silencio, cerca del edificio militar. Recuerda al Lalo y el juego que este había inventado para pasar momentos de relajo durante su internamiento. El rito consistía en sentarse cerca del regimiento, encender unos cigarrillos y beber del pisco que Francisco guardaba en una petaca, regalo de su padre. Allí el Lalo le decía: Escucha atentamente el silencio del desierto. Luego observa las estrellas, pero no digas nada. Es el secreto del cosmos y es solo para ti.
Francisco se queda un rato escuchando el viento del desierto y, después, contempla el cielo estrellado. Acaba de cumplir setenta y tres años. A lo lejos lo espera, al borde del camino, su nieto, en una camioneta con las luces encendidas.
Camina lentamente a su encuentro y se sube al vehículo con dificultad. Mira a su nieto y le dice ¡Gracias!