La vida a 50ºC.

por Patricio Escobar

“Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. 

Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto. (…)

-Hace calor aquí.

-Sí, y esto no es nada. Ya lo sentirá más fuerte 

cuando lleguemos a Comala. 

Aquello está sobre las brasas de la tierra, 

en la mera boca del infierno. 

Muchos de los que allí mueren, 

al llegar al infierno regresan por su cobija.” 

(“Pedro Páramo”)

El calor es una sensación agobiante, sea por estar a la intemperie bajo el sol en la canícula o sudando en medio de la noche sin poder conciliar el sueño. Cada brisa es de un aire tibio que luego de unos instantes retenido en los pulmones hace del respirar un ejercicio penoso. Sin embargo, el verdadero agobio está en la certeza de que esa sensación no cambiará en los próximos minutos, en las próximas horas o semanas y, además, con la seguridad de que el verano siguiente será peor.

Finalmente está ocurriendo. Se venía anunciando desde hace ya demasiado tiempo, pero afectados por el síndrome de la rana hervida,[1] resultó más cómodo no darnos por enterados. Año tras año fuimos comentando lo desesperante que estaba resultando el calor, sin que ello supusiera algo más que una queja cargada de resignación. Después de todo, si habíamos llegado hasta acá… Sin embargo, el incremento de la temperatura no resultó ser lineal; en los días finales del mes de junio, la temperatura estaba 6º C por encima del promedio de los últimos años, al tiempo que la superficie del mar Mediterráneo llegaba, por primera vez, a los 30,6ºC.[2] Hay que considerar que la máxima temperatura del mar en la costa mediterránea ocurría hacia mediados de agosto, en que llegaba a una media de 25ºC., desde los 20ºC de la mitad de junio. Esta situación tiene impactos irreversibles en la flora marina y por su intermedio, en la fauna que habita a diversas profundidades. En términos climáticos, el efecto directo es una alta evaporación que desata violentas tormentas.


Contenido de calor en los océanos desde 1955

Fuente: NASA. https://climate.nasa.gov/en-espanol/signos-vitales/calentamiento-del-oceano/?intent=111

Dos semanas después de iniciado el verano en el hemisferio norte, Catalunya se encuentra en medio de la primera ola de calor de la temporada estival, situación que ha desatado las alarmas de los sistemas de protección civil para tratar de evitar los letales estragos que anteriores episodios similares han provocado en la población. Se estima que entre los días 22 y 30 de junio pasado murieron 43 personas como efecto del calor extremo en Catalunya. En el conjunto del Estado español esa cifra llegó a 380 personas.[3]

Los segmentos coloreados en rojo en los extremos del gráfico siguiente, muestran el exceso de defunciones ocurridas en Catalunya motivadas por las altas temperaturas, y en el centro, en el mes de enero, el segmento coloreado en violeta, el exceso de los decesos por bajas temperaturas. Es decir, tanto en verano como en invierno las personas mueren por causas relacionadas con la temperatura ambiente. Lo que muestra el gráfico es el incremento de los decesos por sobre los registros normales.


Defunciones notificadas y las atribuibles a la temperatura en Catalunya

Fuente: El Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) Sistema de monitoreo de mortalidad (MoMo)

La gráfica que viene muestra el promedio anual de variación de la temperatura respecto a la media de la década. Luego de los años setenta, en que la temperatura tendió a descender en esta parte del mundo, se aprecia una variación al alza que es sistemática, lo que crea un escenario que podría resultar catastrófico en diversas dimensiones. 

En la mente de los especialistas sigue muy presente lo ocurrido al otro lado de los Pirineos en el verano de 2003, cuando en el mes de agosto, en la ciudad de París, hubo 14 800 muertes extraordinarias atribuidas a las altas temperaturas, que en la ola de calor se mantuvieron varios días rozando los 40ºC.[4]


Anomalía de la temperatura promedio anual en Catalunya

Fuente: Servei Meteorològic de Catalunya

Esta situación ha llevado a la ciudad de Barcelona a plantearse el modo de enfrentar en un futuro muy cercano un escenario climático que recién debía producirse hacia el año 2050: temperaturas por sobre los 40ºC con mucha frecuencia en el verano y con episodios de 50ºC, que acompañados de un alto porcentaje de humedad, acarrean un panorama aciago sobre quienes viven en estas ciudades.[5] Es cierto que no habitamos en la región de Adrar en el centro de Argelia, que en agosto pasado alcanzó los 52,8ºC; noobstante, mientras en la ciudad de Córdoba -en España-, en la misma época se llegó a 47,6ºC., en Figueres, provincia de Girona, cerca de la frontera francesa, había 45,4ºC. Si este escenario se ha adelantado veinticinco años a lo previsto, un cuadro climático en que tengamos varios días en verano alcanzando temperaturas de 50ºC, es una realidad inmediata en la península Ibérica, acompañada de una temperatura del mar que lo convertirá en una sopa de medusas, que cada día abundan más en las playas del Mediterráneo.[6]

Una nueva realidad climática para las ciudades

El problema es que vivir a 50º C no es solo una sensación de agobio que nos pueda parecer asfixiante durante demasiados días en verano, o los episodios de olas de calor que extreman el problema. Es el colapso que se produce con temperaturas por encima de lo que el cuerpo humano tolera en las diferentes épocas y distintas localidades, condición que impacta principalmente en las personas de salud más vulnerable. 

Hablamos de los distintos territorios y espacios urbanos que experimentan aceleradas transformaciones que superan su concepción y diseño. No vivimos en Tahit, en el Sahara argelino, en casas de una planta hechas con gruesos muros de adobe que han funcionado toda la vida como una barrera térmica. Esto es una solución arquitectónica que da cuenta del hábitat normal que una determinada población ha adecuado a lo largo de su historia.

Desierto del Sahara, Argelia

Por el contrario, habitamos ciudades cubiertas de pavimento y con una proporción de áreas verdes insuficiente, lo que multiplica el calor. En el episodio de 2003 en París, los miles de decesos no ocurrieron a 50ºC, puesto que las temperaturas se mantuvieron por debajo de los 40ºC (39,5ºC). Esto implica que la formación del hábitat de los humanos da cuenta de la habituación de las personas al entorno climático en que viven, con temperaturas veraniegas que no van más allá de los 35ºC en la costa mediterránea, y también las condiciones materiales en que lo hacen. En ese entendido, nuestras ciudades no fueron concebidas para un medioambiente como el que tenemos en el presente, y su población experimenta el impacto del cambio brusco que no puede absorber en un espacio urbano que multiplica el efecto del calor. Ciertamente París continúa sin estar preparada para enfrentar el nuevo patrón climático, pero tampoco lo está Barcelona ni, probablemente, la amplia mayoría de los centros urbanos del continente. 

Si bien tempranamente, en el siglo XIX, el urbanismo de Ildefons Cerdà concibió a Barcelona como una ciudad moderna que racionalizaba el uso del suelo para hacerlo sostenible, creando un diseño de manzanas octogonales con un centro de áreas verdes y de uso común para los vecinos, también lo es que, sin mucha dilación, los intereses inmobiliarios de una ciudad que crecía y demandaba más espacio acabaron con esa concepción urbanística. Después de todo, el valor del suelo en el mercado superaba con mucho el beneficio potencial que en esa época se asumía para el modelo de Cerdà.

El crecimiento de las ciudades, y particularmente los grandes centros urbanos concebidos para otra realidad climática que tuvo bastante estabilidad hasta hace pocas décadas, nos han situado en una verdadera trampa. Tanto los materiales de que está hecha la ciudad como los individuos que en ellas vivimos, no fueron concebidos para el clima que nos amenaza. Por el contrario, multiplica los efectos adversos sobre su población y, en vez de protegernos -razón primera de la vida en comunidad-, nos condena.

Eixample, Ciudad de Barcelona, Catalunya.

La alternativa de vivir en contacto con la naturaleza en un ecosistema que neutralice el impacto de las altas temperaturas y que incluso pueda absorber ese incremento, choca con una demanda creciente de suelo para fines agrícolas y de seguridad alimentaria. Los cambios producidos han transformado el perfil productivo y los rendimientos de los cultivos y, salvo la elite, ya no podemos acceder generalizadamente a un espacio solariego que nos proteja del calor.

Una nueva realidad para la agricultura

Las actividades de producción agrícola experimentan, en las actuales condiciones, diversas convulsiones y transformaciones que afectan de manera importante sus rendimientos. Los impactos en este ámbito provienen de tres variables. La primera es el nivel de CO2. Paradojalmente, el incremento de CO2 en la atmósfera favorece a cierto tipo de cultivos cuya fertilización se produce a base de carbono; es el caso del trigo y el arroz, por ejemplo. Para otros cultivos como el maíz, el efecto resulta neutro en la práctica. Esto implica que el escenario del cambio climático no resulta especialmente perjudicial en términos de la fertilización. Sin embargo, el resultado final deriva de la combinación de las variables que intervienen directamente en la producción agrícola. 

Zonas climáticas

La segunda variable es el incremento de las temperaturas. En este caso podemos clasificar las tierras con aptitud agrícola en dos grupos: aquellas en que las temperaturas actuales están por debajo de lo óptimo para el mejor rendimiento de los cultivos, y las que enfrentan rangos de temperaturas que ya están por encima de ese nivel óptimo. En el primer caso, el de tierras con temperaturas que están por debajo de un nivel óptimo para la producción agrícola, el rendimiento global de la actividad podría verse favorecido con la mayor productividad que debiera observarse en el norte de Rusia, Canadá y en la región de Siberia. En el segundo caso, el de tierras que ya experimentan temperaturas que están por encima de su punto óptimo para el desarrollo de la actividad, experimentarán una caída en los rendimientos, y en ello se encuentra prácticamente toda la región tropical y subtropical, que es la que reúne el grueso de la población mundial y de la oferta mundial de alimentos.

Las definiciones de las zonas climáticas (tropical, subtropical, templada y polar), además de definiciones fijas relacionadas con la línea del Ecuador y los trópicos, están sujetas a variables que se han visto afectadas por el cambio climático, como son las corrientes marinas y la circulación atmosférica. Por esa razón, regiones que hace dos o tres décadas pudieran ser consideradas como templadas, y por tanto en condiciones de albergar cualquier tipo de cultivo prácticamente, hoy se encuentran en condición subtropical y con restricciones frente a las especies cultivables.

En Chile, la zona tropical, que se está extendiendo desde el Ecuador hasta el paralelo 23º Sur, alcanza hasta la región de Antofagasta. La zona subtropical que llega hasta el paralelo 38º, cubre hasta la ciudad de Osorno en el sur, y la zona templada sobrepasa Punta Arenas, llegando hasta la península Antártica y las islas Shetland del sur. En Europa la zona subtropical alcanza desde el paralelo 23º Norte, hasta cerca de la frontera con Francia en las peores previsiones, y hasta el delta del Ebro en las más optimistas, al tiempo que la zona templada se extendería hasta Estocolmo.

En Catalunya, y en general en la costa mediterránea, el efecto de mayores temperaturas redundaría en disminuciones del rendimiento de hortalizas y árboles frutales como también olivos y viñedos.[7] Desde hace un tiempo las inversiones en estos dos sectores se están desplazando hacia localidades de menores temperaturas y mayores precipitaciones, como es el Prepirineo. Lo mismo ocurre con la industria vitivinícola en Chile, que ha redirigido sus inversiones hacia la región de Los Lagos, en el sur. Viejos olivos, imposibilitados de ser trasladados y que cuando fueron testigos de la guerra de Troya ya tenían casi tres mil años,[8] y que habían sobrevivido a toda clase de calamidades, como guerras, incendios y sequías, no han podido vencer al cambio climático.

La tercera variable son las precipitaciones. El incremento de las temperaturas acarrea dos efectos en las precipitaciones. El primero es una sensible reducción promedio anual de las lluvias, particularmente en las regiones subtropicales; sin embargo, en las áreas costeras, el incremento de la temperatura del mar está acarreando violentas tempestades e inundaciones catastróficas donde, en un corto periodo, las lluvias equivalen a las precipitaciones de una temporada entera.

Una nueva realidad social

Sin embargo, así como cuando llueve no todos se mojan, existen marcadas diferencias entre distintos grupos en cuanto a su capacidad de combatir el calor extremo. Un pastor en Mauritania se mantendrá en cuclillas, haciendo un pequeño toldo con la tela de su turbante para conseguir algo de sombra en el desierto y poder resistir los 50º del día. Seis mil quinientos kilómetros al este, en línea recta, en ese mismo instante, una mujer en las oficinas de un banco en Kuwait hace esfuerzos desde el interior del ventanal por apuntar el control de su automóvil para encenderlo a distancia y poder poner en funcionamiento el aire acondicionado del vehículo, de modo que solo deba atravesar la decena de metros que los separa, bajo los mismos 50º, y volver a un ambiente tolerable.

También es distinto el caso de quien obligatoriamente debe desempeñarse en el exterior por su trabajo, de aquel que lo hace en un recinto con climatización. Por no hablar de aquellos que disfrutamos de un aparato de aire (y lo usamos), de aquellas personas que no pueden permitirse encender un ventilador debido al precio de la electricidad, lo que es una realidad en las ciudades mediterráneas. Finalmente, en el origen de esta situación, los que menos han contribuido a ella son los que más sufren sus efectos. Por catastrófica que pueda presentarse la realidad inmediata, no podemos olvidar que es hora también de la justicia climática.


[1] La leyenda urbana cuenta que para cocinar las ranas hay que ponerlas vivas en una olla con agua fría, la cual se calienta a fuego bajo. El lento incremento de la temperatura del agua haría que las ranas no se dieran por enteradas de lo que ocurría hasta cocerse por completo. Si se pusieran en agua hirviendo, las ranas saltarían fuera de la olla. En realidad, no he encontrado evidencia alguna de que alguien haya hecho tal cosa alguna vez, pero la historia se ajusta bastante bien a nuestra propia respuesta frente al cambio climático.

[2] https://seatemperature.info/es/mar-mediterraneo-temperatura-del-agua-del-mar.html

[3] https://www.lavanguardia.com/vida/20250702/10846997/calor-extremo-mata-43-personas-ultimos-9-dias-junio-catalunya.html

[4] https://es.euronews.com/green/2024/08/05/la-huella-que-dejo-en-francia-la-letal-ola-de-calor-de-2003

[5] https://www.isciii.es/w/calor-y-exceso-de-mortalidad-momo-y-kair%C3%B3s-facilitan-el-estudio-de-estimaciones-de-riesgo-y-posibles-alertas-por-altas-temperaturas

[6] https://www.meteo.cat/wpweb/climatologia/canvi-climatic-i-evolucio-futura-del-clima/el-canvi-climatic/

[7] https://conversesacatalunya.cat/es/cambio-climatico-es-necesario-volver-a-situar-la-agricultura-en-el-centro-de-nuestro-interes/

[8] https://www.almazara.net/cuales-son-los-olivos-mas-antiguos-del-mundo/

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1 comment

Andrea julio 24, 2025 - 12:11 pm

Muy completa reflexión, desde distintos ángulos, y que apuntan a demostrar que esto es solo la punta del iceberg…y seguimos pasivos. ¡Gracias Patricio por contribuir a sacudir el letargo!

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