O vivir con honor o morir con gloria: el dilema de los derrotados.

por Antonio Ostornol

Si parto del supuesto que pertenezco y me siento parte de una centro izquierda, progresista y democrático, que además conserva con total orgullo haber resistido la peor dictadura de la historia política de Chile –una dictadura real y no imaginaria como la que teme la derecha-, y haber sido actor fundamental de la recuperación democrática del país y de la conducción de uno de los períodos más fructíferos para el progreso y bienestar de los chilenos, solo puedo considerar que los resultados de la elección del fin de semana pasado constituyen la consumación de una derrota que se prolonga desde hace algunos años. Constatar esta realidad consumada en medio de una de las más mentirosas campañas electorales montada por la derecha, no nos exime de mirar la realidad y profundizar en las causas más profundas del nuevo escenario político que se ha venido consolidando en Chile y, no hay que dejarlo a un lado, en el mundo entero.

Kast, Kayser y Matthei (en orden descendente de votos), instalaron un relato del país que es esencialmente falso. No fue la construcción comunicacional de un día, sino el trabajo de varios años para atribuir algunos de los problemas más críticos que vive Chile, la seguridad, la migración y el débil crecimiento económico, como responsabilidad de la izquierda (léase FA y PC) y la obsecuencia del Socialismo democrático. Sin embargo, el gobierno de Boric no ha sido en estas materias peor que los anteriores. Es de consenso entre los especialistas de los más diversos sectores, que los problemas de crecimiento estructural y baja productividad en la economía provienen de muy atrás (¿10 o 15 años por lo menos?); respecto a la migración, el actual gobierno la recibió en un completo descontrol y con serios conflictos entre extranjeros y nacionales, especialmente en la zona norte del país; y en relación a la seguridad, ya se había verificado un aumento de los homicidios, el despliegue del crimen internacional en el territorio y un incremento significativo de la violencia y el terrorismo en la llamada macro zona sur del país.

En todos estos ámbitos, el gobierno de Boric ha tenido respuestas. A veces a contrapelo de su propio discurso ideológico, demorándose quizás por si la propuesta de la primera convención constitucional pasaba, pero al fin y al cabo asumió su principal responsabilidad que no era necesariamente hacer grandes y revolucionarias transformaciones del país, sino gobernar y asegurar a los chilenos y chilenas mejores condiciones de vida. Para las campañas de la derecha, este gobierno no ha hecho nada frente a estas situaciones. Más aún, asegura que el país “se cae a pedazos”, que “Chile vive en estado de emergencia”, que hemos vivido el “peor gobierno de la historia”. No menciona la reforma a las pensiones, ni la jornada de 40 horas, ni el aumento del salario mínimo. 

Tampoco reconoce el mejoramiento de las policías (en todos los ámbitos) como nunca se había hecho antes; ni los cambios del ordenamiento institucional para mejorar el funcionamiento de organismos estatales que deben actuar juntos y coordinados (Gobierno, Ministerio público, Tribunales, Policías, Aduanas, etc.) para enfrentar delitos nuevos en nuestro país; ni tampoco se habla de la más ambiciosa agenda legislativa, gestada en un acuerdo transversal con parte de la derecha, para dotar de más herramientas institucionales al combate contra la delincuencia, el crimen y la migración irregular; y por supuesto se mira hacia el lado cuando se mencionan los principales éxitos policiales y judiciales liderados por este gobierno: una muestra, los principales cabecillas del famoso “Tren de Aragua” fueron detectados, se les detuvo, se generaron las pruebas, están en prisión y se encuentran en proceso; algo similar ocurre con algunas de las principales organizaciones responsables de la violencia en el sur del país, como la CAM.  Respecto a lo económico, hace unos días, Francisco Vidal comentaba en Instagram unos datos que en sí mismo dejan sin argumentos la tesis del desastre, la emergencia o el peor gobierno de la historia: el año 2024, las 700 empresas más grandes de Chile reportaron utilidades por 23 mil millones de dólares, lo que equivale al 25% del presupuesto del país, y para fines de este año, se proyectan utilidades por 28 mil millones.

Señalar estos logros evidentes, recalcar que somos uno de los países del continente con más bajos índices de delincuencia y violencia, aunque tengamos las tasas más altas de sensación de inseguridad, relevar que, si bien la economía no está en los suelos y se defiende con honor (tasa de crecimiento en torno al 2%, inflación tendiendo a la meta del 3% y disminución del incremento de la deuda externa), no nos permiten decir que el país está en su mejor momento y que no hay nada que mejorar. Solo un par de datos: cuando el ingreso promedio de un trabajador chileno es de 895 mil pesos y la mediana, de 611 mil pesos, o sea, lo que gana la mitad de los trabajadores en nuestro país, por supuesto que aún falta mucho por hacer. Hay un desempleo alto, especialmente en jóvenes y mujeres que no se ha recuperado desde la pandemia; la caída de la natalidad proyecta una crisis aún peor a mediano plazo frente a la cual hay que actuar ahora; a pesar del mejoramiento de los indicadores de desempeño de los estudiantes chilenos, todavía estamos muy lejos de dar un salto en la calidad en la formación de nuestros jóvenes, lo que se vuelve uno de los ejes críticos del aumento de la productividad en el país. Y enfrentamos, qué duda cabe, una profunda crisis en la salud pública y privada (no olvidar el rescate a las Isapres), y un déficit alarmante de viviendas. Falta mucho, pero debemos reconocer que estos temas son bastante endémicos de nuestro país.

En mi opinión, este es un gobierno que ha cometido muchos errores. ¿Muchos más que los anteriores? No me atrevería a decirlo. No sé si los indultos fallidos del gobierno, el mentado viaje de la ex ministra a Temucuicui, la presentación en la Cámara de cifras incorrectas, sean eventos peores que, por ejemplo, el llamado del ministro de Hacienda (Larraín) a comprar las flores que habían bajado de precio en vez de lamentar el alza de productos alimenticios, o del ministro de Economía (Fontaine) que le pedía a los ciudadanos de a pie levantarse media hora antes para aprovechar una rebaja de precios en la madrugada, como si esos ciudadanos ya no se levantaran habitualmente de madrugada. El gobierno de Boric no ha sido brillante, pero tampoco ha sido un desastre. En buena parte de sus indicadores de bienestar y progreso muestra cifras similares o mejores que aquellas que recibió a su inicio.

Entonces, ¿cómo fue posible que se pudiera instalar, a pesar de las evidencias, el discurso alarmista y mentiroso de la derecha? Como en los viejos tiempos del desalojo (¿se acuerdan?) la oposición ha sido consistente en relevar lo negativo, aunque sea puntual, como si eso fuera la norma. Un ejemplo: sin duda han bajado los atentados incendiarios en la macro zona sur. Así lo indican todas las cifras. Pero la derecha relevará el último atentado como si eso fuera lo que ocurre todos los días. Y así con cada tema controversial. ¿Se acuerdan del escándalo de los “parásitos”? Este caso puntual, ilustra una situación donde se mezcla información tanto numérica como cualitativa respecto al aumento del personal del estado.  Algunos extremistas de derecha, tomando mañosa y superficialmente un dato interesante, afirman que hay 100.000 operadores políticos más con este gobierno (por cierto, incluye aumento de los policías, funcionarios municipales, personal de la salud) y lo mezcla con las licencias falsas denunciadas por la Contraloría (tema que afecta a públicos y privados) y, por supuesto, le endosa todo esto a la catástrofe del país.

Desde nuestro sector, la defensa de los ejes más relevantes del gobierno de Boric, liderados por personas cercanas al socialismo democrático, como Carolina Tohá o Mario Marcel, ha sido feble y a contrapelo. Me queda la sensación de que se ha aceptado parte importante de la gestión del gobierno como un mal necesario producto de una deteriorada correlación de fuerzas. Es posible que ese sentimiento sea real e incluso honesto. Es evidente que en la imaginación del FA y del PC el gobierno de Boric debería haber tenido otro derrotero, más parecido al programa inicial de gobierno. Eso podría explicar la falta de fuerza para enfrentar los temas a los que nos obligó a hablar la derecha. O simplemente ha sido una salida de circunstancia. Lamentablemente, desde el socialismo democrático (PS, PPD, PL, PR), la defensa de esta gestión también ha sido tibia. O sea, en la instalación del discurso de la derecha como hegemónico en el país, la verbalización y amplificación de la crisis, las encuestas como espejo del sentimiento real de la mayoría y, propuestas de gobierno que solo hablan de eso, se han alineado mágicamente. Y no ha habido discurso alternativo. ¿Porque no existe? ¿O porque no hemos sabido alinearnos en torno a los esfuerzos comunicacionales?

Nuestro escudo nacional nos propone vivir con honor o morir con gloria. Este lema es, ciertamente, dramático. Entiendo que en su momento se refería a la lucha por la independencia respecto a un imperio que nos tenía colonizados durante 500 años. La contraposición era entre seguir viviendo colonizados o luchar hasta la muerte por conseguir la independencia nacional. En esos términos, parecía un dilema razonable. Hoy hemos perdido en una parte de una elección que todavía no se cierra y que, si llegamos a perder (es lo más probable), volverá repetirse en cuatro años. 

Y para la segunda vuelta, hablemos claro: no vivimos en un país que se cae a pedazos porque hemos gobernado para que no sea así; defendamos lo obrado y reconozcamos los errores; ganemos, en primer lugar, la batalla por la verdad. Si de esta experiencia hacemos una reflexión todo lo honesta que sea posible y si ponemos todo nuestro empeño en entender mejor nuestra realidad, la naturaleza de nuestra ciudadanía, sus intereses y convicciones, y frente a ellas diseñamos nuestra política, podremos vivir con honor y también con gloria.

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