Había una vez una gaviota voladora
que se transportó al país de Nunca Jamás.
Allí, sin necesidad de diccionario,
aprendió el melodioso y cristalino lenguaje de los elfos;
un hablar sin dobleces,
sin muros ni contramuros de ninguna especie.
Pero un día pudo más la nostalgia
del hogar perdido allende el horizonte y,
como si fuera pan comido,
emprendió el regreso con sus alas como equipaje,
volando sobre el inmenso mar,
cual Ulises en busca de su Ítaca imaginaria.
Al cambiar de paisaje, su memoria le falló:
no pudo recuperar el mundo de su infancia mágica.
Tuvo que luchar con las trampas de la gramática
y orientarse en un laberinto de palabras resbaladizas,
que no se encuentran en ningún diccionario.
Ante tal adversa situación,
sintió nostalgia
por el mundo perdido de Nunca Jamás
y emprendió el vuelo de regreso;
pero ¡oh sorpresa!,
había olvidado el idioma transparente de los elfos.
Y así, enredado en un lenguaje equívoco
el pájaro errante tuvo que
componérselas con un nuevo hablar mestizo
ajeno a todo diccionario,
para poder volar aquí y allá,
fuera de todo compromiso.