Primera parte.
Es tan vasto, variado y complejo el afrontamiento que la encíclica Magnifica Humanitas despliega sobre la realidad actual de la humanidad y tan cuantioso lo que en solo diez días se ha escrito sobre aquella, que parece más útil abordar algunos capítulos que pretender, en pocas páginas, un análisis integral del texto. Desde luego, la carta pontificia no se refiere exclusivamente a la Inteligencia Artificial (IA) sino, como lo anuncia el subtítulo, a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA”, desafío que aborda desde las perspectivas teológica, filosófica, antropológica, moral, política, jurídica, económica, sociológica, educativa, ecológica y comunicológica.
León XIV considera, a lo largo del texto, “cuan rápida y profundamente la digitalización, la IA y la robótica están transformando nuestro mundo” (4)[1] y, aunque su razonamiento a partir de las verdades de la Fe, de la espiritualidad y del magisterio eclesiástico, así como la gran reflexión cristológica de la Conclusión son parte inseparable del documento, la encíclica expone un diagnóstico de la realidad contemporánea que trasciende lo eclesial.
Pensando en un lector creyente o no creyente me he permitido, en esta primera parte, tratar una vertiente de Magnifica Humanitas que es heredera directa de Rerum Novarum, de León XIII, que dio inicio en 1891 a las encíclicas sociales. Me refiero a la situación de las y los trabajadores en esta era de la revolución digital. En consideración a la elocuencia del texto papal, que se basta a si mismo, he renunciado en gran medida a exponer innecesarios pensamientos propios, lo cual explica la abundancia de citas textuales.
El contexto de la aproximación a quienes solo tienen como capital su fuerza de trabajo física o intelectual es, según la constatación del Papa, la expansión y consolidación de una “cultura del poder” que relega “el bien común de la humanidad a un segundo plano”, en la cual “los extremismos religiosos y los fanatismos identitarios se alían con un economicismo irracional alimentando el deseo de posesión, la voluntad de dominio, las ambiciones hegemónicas, los abusos de poder” (206).
León opta por enfrentar esta realidad desde las personas, “desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes (…) con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos (…) desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo” (244) y “de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales”. (81). A su juicio, esta es la única perspectiva viable para “que, en lugar de las desigualdades, haya más justicia” (240).

Al abordar la Inteligencia Artificial, que equipara a la Revolución Industrial, aunque “con consecuencias aún mayores”[2], la encíclica se inspira en el irrenunciable principio de custodiar la primacía de la persona humana frente al poder, cualquiera sea su índole. Por cierto, no hay un rechazo a priori ni total a la IA, puesto que se debe reconocer, en principio, su aporte a la democratización del acceso al conocimiento, al avance de la ciencia, especialmente en el ámbito sanitario, y al alivio de trabajos desgastantes[3]. Pero es evidente que, en el decurso del análisis, el Papa enfatiza los peligros que esta nueva tecnología representa para toda la humanidad y, especialmente, para los más vulnerables (240). Lo cual no es algo novedoso, puesto que “todo gran avance tecnológico (…) tiende a aumentar sobre todo el poder de quien ya dispone de recursos económicos, competencia y acceso a los datos”, de suerte que en el caso de la IA “pequeños grupos muy influyentes pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en las dinámicas económicas en beneficio propio, contradiciendo la justicia social”[4].
Por esta razón, León proclama que la IA no es neutral y “exige ser desarmada, liberada de las lógicas que la convierten en un instrumento de dominación y muerte”[5]. Si no se adoptase con valentía esta decisión radical, los efectos negativos de la nueva tecnología superarían ampliamente sus beneficios.
Es a partir de este desafío que Magnifica Humanitas presenta un dilema emblemático de la contemporaneidad, entre levantar una nueva torre de Babel, fundada en el poder anónimo de la uniformidad tecnocrática sobre toda la humanidad, construida sobre la acumulación capitalista sin control, que rinde culto idolátrico al lucro y sacrifica a los débiles (10), o bien, edificar la nueva Jerusalén, una ciudad “construida en libertad” como escribiera Esteban Gumucio (sscc), donde se respete la diversidad y se supedite el poder a los derechos de las personas.

En el contexto de la opción preferencial por los pobres, la encíclica enfatiza el grave efecto que la aplicación de la IA puede ocasionar a la vida de los trabajadores y demás sectores vulnerables y enfatiza la plena vigencia del principio, proclamado por Rerum Novarum, de “la primacía del trabajo humano sobre cualquier lógica puramente productiva o financiera, con la consiguiente atención a las personas y a las familias más expuestas a la explotación” (30). La caracterización de aquellos riesgos sobre el mercado del trabajo es lata y el primer efecto que analiza es, junto con el desplazamiento de millones de trabajadores hacia la IA, “una reducción significativa y rápida de los puestos de trabajo disponibles, con un efecto en cadena” (151), debido a que la reducción de costos y el aumento de los beneficios aparece como único motivo de acogida a la innovación tecnológica. Este sacrificio del desempleo ocurriría, principalmente, en sociedades ricas, que “se automatizan rápidamente y de forma caótica, reduciendo la necesidad de mano de obra y generando zonas de desempleo y fricciones institucionales” (153). En cambio, en los países menos desarrollados, el riesgo consiste en “nuevas formas de precariedad y desigualdad, con remuneraciones muy elevadas para una minoría altamente especializada y salarios cada vez más bajos para una gran parte de la población activa” (151), convirtiéndose estas naciones en “reservas de mano de obra precaria y focos de inestabilidad y migraciones forzadas” (153).

Además, el papa León advierte que, en mayor medida que lo históricamente sucedido tras la mecanización de la producción industrial, la electrificación y la electrónica, el actual desarrollo de la IA, al empujar la mano de obra a adaptarse forzosamente “a la velocidad y a las exigencias de las máquinas, en lugar de que estas últimas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan”, paradójicamente, puede “desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas”(150). Profundizando en la situación de quienes trabajan directamente vinculados a la economía digital, el cuadro que muestra Magnifica Humanitas es aún más desolador, puesto que, por primera vez, una alta autoridad de la tierra nos habla de “millones de seres humanos” de “jóvenes, en su mayoría mujeres que trabajan duro a cambio de remuneraciones mínimas”, de un trabajo “invisible”, al cual se suma “la tarea, aún más brutal, de la extracción de los recursos necesarios para la producción de los dispositivos y microprocesadores en los que se basa IA”, hasta el extremo que “en algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras”, exhibiendo “cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa”(173).
Muchas de estas personas vulnerables son, además, objeto de las redes criminales de trata de seres humanos que, utilizando, entre otras, “técnicas de perfilado” captan a las víctimas, incluidos menores de edad, y las trasladan a los centros de operación, configurando “una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta” (173). Con estos antecedentes, el Papa León XIV puede clamar, con rara valentía en nuestros días, la exigencia de “ser directos y firmes a la hora de denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones y de apoyar, paso a paso, junto con todos aquellos que se comprometen con esta causa, caminos reales de prevención, protección, liberación y rehabilitación” (177), una exigencia que se sustenta en el hecho de que “si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad de la persona”(173).
En este punto, naturalmente, León extrema la precaución sobre el futuro, advirtiendo que “el creciente poder de los sistemas digitales corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades, no menos vergonzosas que las del pasado que hoy deploramos, mientras seguimos presentándonos como sociedades ‘avanzadas’ y ‘civilizadas’.” (174). Y ello es tal, porque esas masas de trabajadoras y trabajadores sometidos a una “cadena de explotación oculta” (173) serían víctimas de “una nueva esclavitud” alimentada por cadenas económicas e infraestructuras digitales, que la Iglesia condena con una firmeza que no hace sino recoger toda la tradición de su Doctrina Social, en cuanto el factor trabajo no es un simple costo a calcular por el capitalista, sino la actividad de una persona que es sujeto de derechos y protección del Estado (179).
En su Conclusión, Magnifica Humanitas, tal como las encíclicas sociales que la preceden, desde Rerum Novarum hasta Laudato Si y Fratelli Tutti, transitando por Laborem Exercens, transfigura su sombría denuncia en un luminoso y esperanzador anuncio de la “Civilización del Amor en la Era Digital” (capítulo V), que “no es una utopía ingenua, sino un proyecto exigente”, no limitado a la caridad sino que reclama “traducir la caridad en estructuras de justicia” (186), rescatando contemporáneamente uno de los principios de la encíclica de León XIII, en 1891: “la búsqueda de un orden social más justo”(30).
De este mensaje se desprenden propuestas de acción, como que “las empresas y los inversionistas adopten criterios claros de verificación ética preventiva (due diligence), incluyendo entre las prioridades la protección de los trabajadores, la lucha contra el trabajo forzoso” (179), y que se rompan “las cadenas de las nuevas esclavitudes” que padecen “millones de seres humanos”. Según el Papa “no reaccionar con firmeza o tolerar estas prácticas significa, en cierta medida, hacerse cómplice hoy de las culpas cometidas ayer, cuando la esclavitud se justificaba o se silenciaba” [6].
[1] Magnífica Humanitas, 4. En adelante, todos los números entre paréntesis corresponderán al texto de la Encíclica, prescindiendo de las notas al final.
[2] León XIV, presentación de Magnifica Humanitas. Vatican News, 25.05.2026.
[3]Santa Sede. ANTIQUA ES NOVA, Dicasterios para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación, documento aprobado por el Sumo Pontífice el 28 de enero de 2025.
[4] León XIV, presentación de Magnifica Humanitas. Vatican News, 25.05.2026.
[5] IBID.
[6] IBID