La muerte del periodismo, la izquierda y el país de los medios masivos

por Luis Breull

En Chile, la televisión abierta dejó de narrar el país. Ahora lo produce, lo modela, lo hipertrofia y lo convierte en un simulacro emocional continuo desde matinales, entrevistas, debates y noticieros. Lo evidente se volvió su ideología, la plantilla su método, la emoción su coartada. El oficio destinado a ampliar el mundo se convirtió en una coreografía de clichés para públicos agotados, sin incomodar a nadie y sin producir una sola idea nueva, incluso cuando se confrontan posiciones argumentales, espectacularizadas a costa de gestos, polémicas agresivamente superficiales y diálogos de sordos. Atributos que valen también para una izquierda que homologó sus liderazgos clientelares a esas narrativas y estilos, vaciando sus proyectos y su praxis, reducida a corales de ingenuos conversos sin poder. 

Periodismo como prescindible industria de lo obvio

El periodismo televisivo chileno no está en crisis, solo culminó su caída en forma terminal bajo el patrocinio de la búsqueda de audiencia y masividad a bajo costo. La obviedad es su doctrina, la plantilla su método, la emoción su coartada moral. Lo que antes fue un oficio de análisis e interpretación que aspiraba a consistencia y profundidad, ahora es una pedagogía de lugares comunes que ofrece consuelo afectivo en vez de un mínimo pensamiento crítico, espuma emocional en vez de análisis sistemático o bien fundado, y sensación de compañía en vez de búsqueda de verdad.

Se radicó en una dictadura del lugar común. Si ocurre un portonazo, “los vecinos están cansados”. Si el narco avanza, “la comunidad vive con temor”. Si la economía se contrae, “las familias aprietan el bolsillo”. No hay investigación. No hay contexto. No hay causalidad. Solo reproducción automática de un país que se explica a sí mismo en titulares prefabricados, como si cada hecho fuera una copia del anterior y que, como tragedia, se debe a sí mismo. 

El filósofo francés Jean Baudrillard lo anticipó hace décadas. El sentido colapsa por saturación, no por ausencia y la televisión chilena reitera tanto sus relatos que ya no informa nada; como espacio de pura cercanía afectiva que cobija su incompetencia y su impúdica carencia formativa. La empatía se volvió método, estética y salvavidas editorial, con noteros que tocan el brazo, conductores que dicen “estamos contigo”, panelistas frecuentes que suspiran con solemnidad impostada. Y mientras tanto, la humanidad se redujo a coreografía o parte de un set donde la emocionalidad se convirtió en el permiso para no saber nada y angustiarse por todo.

Esa “sensibilidad televisada” cumple una función comunicativa y política inconsciente, que consiste en mantener a la audiencia infantilizada, calmada, distraída y emocionalmente ocupada, al mismo tiempo que se le angustia mediante agendas rebosantes en amenazas o peligros cotidianos en las calles para asegurar su fidelización desde la cartografía de peligros cotidianos. Un completo contrasentido y círculo perfecto, anclado en un paisaje social de crimen organizado que provee permanente material a costa del fracaso de las políticas de seguridad de la administración de Gabriel Boric.

Para infantilizar a la ciudadanía, las preguntas están formuladas en nivel pre-kínder… ¿Cómo se siente? ¿Tiene miedo? ¿Está triste? ¿Hasta cuándo cree que podrá soportar esta situación con su familia? ¿Ha pensado en irse? No hay estructura, no hay diagnóstico, no hay historia. La realidad se reduce a sensaciones e impulsos. La política se vuelve cuento moral. La economía, juego de mesa.  La filósofa alemana Hannah Arendt habría visto aquí su concepto más inquietante, la banalidad del pensamiento en un país que deja de pensar porque los medios dejaron de hacerlo.

Sobre la compulsión por estirar el vacío, el dispositivo más transparente de decadencia intelectual es la obsesión por estirar el punto muerto. Desapariciones de personas convertidas en telenovelas sin guión; turbazos, abordazos y encerronas repetidos cual suspirada plegaria nacional a la Virgen de Lo Vásquez; las protestas de los toldos azules de Meiggs como escenografía crónica del descontrol; coleros ilegales denunciados por el comercio como fauna urbana despreciada; operativos de fiscalización de motos televisados como adrenalina prestada y alerta para cazar al primer indocumentado de acento extraño; imágenes de crímenes por ajustes de cuentas mostrados una y otra vez, informes del tiempo eternos y teatralizados para rellenar bloques que renuncian a informar de modo claro y conciso; dramas de famosos tratados, retratados y recreados como si tuvieran trascendente valor cívico.

Es así como Chile fue quedando suspendido en una pantalla donde nada avanza, nada se explica de una vez y todo se repite. Algo que ya en la década de los 60 Guy Debord lo habría caracterizado como espectáculo y Baudrillard en los 90, con más brutalidad, lo llamaría simulacro y pasaje directo a la hiperrealidad, porque la pantalla de TV abierta ya no refleja la realidad; la sustituye. La inseguridad se vuelve hiperreal, siempre omnipresente, siempre total.
La migración irregular se vuelve hiperreal, más simbólica que estadística. El narco -con sus fuegos artificiales, sus barras bravas y sus artistas urbanos subsidiados- se vuelve hiperreal, dotado de recursos, poder, estética, mística y ubicuidad. La pobreza se vuelve hiperreal, al ser visualizada desde una emocionalidad totalizante que se contenta con mostrar y lanzar empáticas denuncias al vacío. Algo como los hiperinflados actos de demolición de casas narco y animitas de recuerdo a sus muertos.

Los medios construyen un país más efectista y dramático que el país real. Y ese país ficticio gobierna emocionalmente al verdadero.

Noticias, signos y mapas.

Al concebir su teoría del consumo en 1970, Baudrillard explicó que las sociedades no consumen objetos sino signos con los que las gentes tratan de “vestirse” de los atributos aportados por este.

Tomando prestado este marco, la televisión chilena no vende información, vende sensación de saber, sensación de peligro, sensación de participación, sensación de acompañamiento. El consumo informativo es también simbólico y el periodista lo sabe (o debería saberlo). El público hoy no consume noticias; consume signos y construye mapas.

Complementario con lo anterior, la televisión chilena vive en un estadio pre-edípico de regresión emocional como terapia de coaching ontológico. Abandonó el principio de realidad para abrazar el principio de placer. Ya no pregunta, acompaña; ya no indaga, valida; ya no incomoda, acaricia; ya no revela, consuela mediante la fabricación de noticias en modo “terapia grupal sin método”. Una contención/entretención/compañía emocional de baja intensidad, sin pensamiento y sin consecuencias, pero aún rentable para los rostros encargados de ejecutar esa tarea.

La triste deriva al espejo de la política

La izquierda y el progresismo chileno con su derrota electoral/comunicacional autoinducida es otro punto estructural que explica por qué el país está dominado por un ecosistema mediático superficial y emocional (porque no sabe, no quiere y no entiende cómo construir medios de calidad). Durante dos décadas, la izquierda se limitó a administrarse como caja pagadora de cargos a sus militancias insertas en el Estado, a predicar sensibilidad y diversidad performativa, y luego al acompañamiento moral; pero fue totalmente incapaz de apalancar un solo medio masivo influyente, profesional y sostenido que pudiera disputar agenda, marcos de interpretación o poder simbólico en el largo plazo. Se acomodó en su poltrona a dejar pasar el tiempo. 

Mientras las élites tradicionales de otros mundos e ideologías saben que los medios no transmiten realidad, sino que la producen, la refuerzan, le dan marcos interpretativos y conforman la agenda temática de la que los públicos terminan hablando; la izquierda trata a los medios como un accesorio de campaña, un lujo prescindible, un gasto inútil, un residuo del “viejo paradigma”. Resultado de esto… queda fuera de la conversación nacional y compite reactivamente en un tablero que nunca supo jugar y que otros dibujaron. 

Un caso paradigmático de esto es la administración gubernamental que cierra su ciclo. Esta es una de las derrotas de alcance político más profunda y menos asumida. Como correlato, el progresismo -entre ceguera, impotencia, renuncia y terquedad-, se acomodó y adoptó la emocionalidad representacional como proyecto político para reemplazar la lectura estructural del poder económico, institucional, geopolítico y empresarial, suplido por una gramática moral de acompañamiento/reconocimiento simbólico. Su objetivo fue validar identidades, contener sensibilidades, expresar apoyo emocional, celebrar diversidades, condenar/cancelar actitudes y personas fuera de estos márgenes, y narrar todo en clave afectiva, en perspectiva de género o de derechos humanos. Como si ese solo hecho bastara para redistribuir ingresos y modificar las estructuras económicas.

Este progresismo emocional calza perfectamente con una parte del periodismo chileno actual que vive en la lógica de la sensibilidad como sustituto del análisis, en la moralización como reemplazo del pensamiento estructural, en el acompañamiento como placebo sustituto de la reflexión sobre políticas públicas. 

Esta forma de hacer y concebir la política perdió el vínculo con las estructuras reales de poder que en el pasado definieron su propósito histórico. Esto es, la configuración económica, la conducción efectiva del poder del Estado para paliar la desigualdad estructural, la tensión ideológica entre capital y trabajo, la captura del aparato público. Se abandonó la lectura material de la realidad y se adoptó una lectura terapéutica que dejó el país entregado a quienes sí entienden el poder y lo ocupan en beneficio del orden social que mejor les representa.

Fabricando un país imaginario

El peligro contenido en estas dinámicas de construcción de agenda y de contento con el acompañamiento emocional y representacional no afecta solo a los profesionales de las comunicaciones y la información. Los medios chilenos se vuelven a la vez la fábrica del sustrato perceptivo con el que Chile interpreta su propia existencia, sus miedos, sus ansiedades, sus percepciones de riesgo, sus certezas morales, sus expectativas políticas y sus urgencias.

Cuando la televisión sustituye lo real por un simulacro de compañía emocional continua, recargada de polémicas y debates carentes de contexto analítico estructurante, el país entero pasa a vivir bajo una nube de afectos/odios efímeros y no bajo un pacto racional como alianza de cooperación colectiva que genere capital social. Y cuando la izquierda no disputa ese terreno, renuncia a la historia.

Buen ejemplo de esto último es el perfil político y de campaña presidencial explotado por la militante comunista y exministra, Jeannette Jara, queriendo instalarse casi como una “Santa de los vínculos sociales, la contención emotiva y el acompañamiento”, en contradicción con su rabiosa actitud denunciante de por qué no se debe votar por su rival. Algo que a ratos recuerda las lógicas de la campaña del miedo pinochetista en el plebiscito del Sí y el No, hace 37 años.  

En esta esquina del ring simbólico, Jara ha tratado de situarse como apóstola   del proyecto histórico de los vínculos (si Kast castiga, Jara cuida), como si la política se redujera a dinámicas de pareja o como si la candidatura fuese un taller de vínculos saludables organizado por una ONG de Providencia.

Lo notable es que mientras esto sucede, el país real transita por el lado y necesita básicamente fortalecer instituciones que hace décadas requieren algo más que vínculos; demandan eficiencia, presupuesto, gestión y claridad estratégica para dar soluciones efectivas a una realidad de profundas complejidades materiales, económicas, multiculturales y de seguridad, donde el último factor se volvió la base esencial de la escala. 

El periodismo chileno ya no es un actor en crisis, es un actor que claudicó; la izquierda y el progresismo también. Se dedicaron a fabricar hiperrealidad emocional en lugar de escrutar el poder, a administrar sensaciones en lugar de comprender estructuras; con una izquierda progresista incapaz de construir medios robustos y obsesionada con la moral emocional para edulcorar y acompañar esa decadencia como si fuera su hábitat natural. 

Mientras los medios sigan estirando el vacío, fabricando simulacros y modelando un país imaginario que domina al real, Chile seguirá viviendo atrapado en una democracia sin deliberación, sin pensamiento y sin proyecto. Y mientras la izquierda siga renunciando al poder de los medios y refugiándose en moralinas terapéuticas de chamanismo afectivo sin relevancia histórica, ideológica y política de supina ramplonería, seguirá siendo intrascendente y desechable para un país que ya decidió que el futuro -igual que en el pasado-, no se construye narrando emociones, sino con estructuras y ejercicio de poder junto a una agenda que le refuerce su sentido.

También te puede interesar

1 comment

Juan Carlos Nuñez Navarro marzo 18, 2026 - 1:05 pm

Gracias por esta columna la leí de principio a fin, extrañaba un artículo que hablara sobre la realidad misma de cómo funciona el periodismo, que está tomado por la izquierda, maneja y manipula a las personas con mentiras y deja la verdad en el camino.

Reply

Deja un comentario