La novela “Perro mundo” de Sergio Marras.

por Rodrigo Atria B.

“Perro mundo” es una novela sugerente, que propone distintos niveles de lectura. Su originalidad parte por el género literario. En apariencia, se trata de una novela policial. Tiene sus elementos básicos, pero no es exactamente un thriller. O lo es de manera atípica.

Hay un crimen que desencadena la historia y es el motor que mueve a los personajes; sin embargo, importa menos que la historia y cómo esta se va tejiendo.

En seguida, el investigador a cargo no agota en sí mismo el campo de los personajes; al contrario, es parte de una rica galería de protagonistas. Y el adversario tampoco es uno, sino varios.

El investigador es Jhonatan Pazmiño, un tipo que tiene observación analítica, deductiva, a la manera de un Holmes o de un Poirot, pero no es su rasgo descollante. Es también un sujeto de orígenes marginales, procedente de Guayaquil, con una rama de ancestros africanos. No es un hombrón recio, a la manera en que lo son los detectives de la novela policial norteamericana.

Tampoco es menos original el vehículo en que se monta la historia. Tiene el extraño nombre de “vexilología”, una disciplina que estudia las banderas, y en la que Pazmiño es experto. Hay novelas que utilizan la heráldica: desde El Quijote hasta El código da Vinci. Hay novelas que nos sumergen en lazos familiares: Cien años de soledad y La casa de los espíritus son buenos ejemplos. Sin embargo, las novelas que exploran la vexilología son solo dos y una es “Perro Mundo”.

Su trama gira en torno a un crimen cometido con el asta de una extraña bandera. Y aquí parte la historia.

El contexto en el que se sitúa es el siguiente: el mundo se caracteriza por el colapso del West (Occidente) y el ascenso Han (China) sin contrapeso. Este cambio del paradigma geopolítico o el “gran vuelco”, como se lo llama en la novela, genera un escenario donde imperan nuevos autócratas.

Se trata de un escenario de futuro y, siendo así, sería una distopía. Pero el rasgo central de una distopía es el de una construcción futurista lejana, un horizonte en lontananza. La razón es simple: para ser verosímil, o creíble, la advertencia sobre el mundo que toda distopía contiene no puede contrastarse con un futuro próximo, del que tenemos hoy datos disponibles. En este sentido, la distopía de “Perro mundo” no es distópica. En sus páginas, la advertencia respira muy cerca. De aquí que el futuro diseñado en la novela sea, más bien, un pronóstico.

Hay otro rasgo característico de la distopía literaria: es una construcción oscura y seria. Si vamos a creer que un mundo de porquería, enajenado, opresor y arbitrario, es posible, entonces su diseño literario tiene que sugerirnos que la cosa puede ir en serio. No ocurre así en “Perro mundo”, donde el futuro propuesto es tratado con buenas dosis de humor y absurdo.

Es en el contexto descrito donde se mueven los personajes. Digamos que se trata de un ramillete de hombres y mujeres, todos con una identidad bien delineada. El grupo central tuvo, alguna vez, relaciones muy próximas fundadas en la militancia política cuando eran jóvenes universitarios. Son personajes lo suficientemente potentes como para hacer olvidar al narrador omnisciente, en tercera persona, que, en pocas páginas, abre y cierra la novela. El protagonismo no es suyo, sino que lo cede a los auténticos narradores: los personajes mencionados.

El hilo de la narración pasa de uno a otro y así se obtienen distintas perspectivas sobre una misma situación, una misma circunstancia. Esta fórmula se inscribe en una tradición literaria que produjo insignes obras en el siglo XX, de las que el referente más próximo a “Perro mundo” es la novela de Bolaño “Los detectives salvajes”. Al igual que “Los detectives…”, la novela de Sergio Marras es una historia coral.

Construir una novela de estas características exige al escritor mantener el control de la trama, sin que haya despistes de continuidad, como a veces ocurre en el cine. En “Perro mundo” no los hay. Pero en una novela de trama compleja esto supone, obviamente, una disciplina máxima.

Marras lo ha hecho con gracia, con buen lenguaje y con dosis importantes de imaginación.

Hay gracia en la incorporación del humor y el absurdo; también la hay en el buen lenguaje y en el ejercicio imaginativo.

Es interesante que lo imaginado que se materializa en cierto momento se pueda colar como elemento de un nuevo ejercicio de imaginación, en este caso narrativo. Por ejemplo: los lectores de “Perro mundo” se encontrarán con la descripción de un juego de casilleros, dados y tarjetas de suerte o destino que tuvo existencia real en la revista APSI y que fue imaginado y creado por sus periodistas para mofarse de una dictadura que les prohibía informar de lo que pasaba en el país.

Se podía censurar la pluma, pero no clausurar la imaginación, porque la imaginación es “inencerrable”.

Finalmente, detrás de la lectura inmediata de “Perro mundo”, detrás de la historia que leemos, hay otro nivel de lectura. Es el de la reflexión crítica sobre el pasado, el presente y, desde luego, el posible futuro.

Una distopía, aunque sea atípica, se funda en una dislocación y se propone como una solución, oscura, autoritaria, autocrática, pero solución a aquella dislocación. ¡Y cuánta dislocación hay a nuestro alrededor!

Vuelvo a las banderas.

Coincido con el desdén al fetichismo asociado a las banderas, pero no con el desdén a las banderas en sí, porque los símbolos son consustanciales al ser humano. Traigo a mi memoria la imagen de la bandera de Chile, izada en el mástil frontal de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, siendo consumida por las llamas después del bombardeo de los Hawker Hunters de la FACH. Esa bandera es el símbolo de cómo se destruyeron las bases de nuestra democracia y de la república. Un símbolo cuyo valor colectivo, nacional, debió ser restablecido en la reconstrucción democrática y la restauración republicana.

Pero hay otras “banderas” -ideales políticos, convicciones, que pueden o no ser representadas también en telas, pero que son enarboladas en las astas de la inflexibilidad, de la rigidez, sostenidas a ultranza y nunca puestas bajo el lente de la reflexión crítica.

¡Cuánta de la dislocación que nos rodea es de cargo de estas “banderas”, las propias y las ajenas!

“Perro mundo” se hace cargo del tema y, en la voz de los personajes, nos propone estas interrogantes: “¿Tenía algún sentido lo que hacíamos?”, “¿Cómo llegó a cambiar tanto el mundo?”, “¿Ningún club vale la pena?”, “¿Qué sentido tiene ser humano en el alba de este milenio?”, “La pregunta es si todo esto nos hará más libres o nos dará más oportunidades de ser felices, que no es lo mismo”.

En el prolongado tiempo de la novela, los personajes que compartían ideales en la célula universitaria han cambiado. Algunos, por una honesta revisión del pasado; otros, por una conversión oportunista para acomodarse a las condiciones imperantes.

Pero las preguntas que Marras incorpora en la ficción se pueden extender a la realidad: ¿Hemos cambiado, si es que hemos cambiado? ¿Y hacia qué rumbos? ¿Hemos puesto las convicciones que sostenemos a ultranza fuera de nosotros mismos para revisarlas críticamente? Muchas, quizás el grueso de ellas, para ser reafirmadas; algunas podrán ser modificadas y otras serán desechadas. También es legítimo reemplazar las convicciones en su conjunto por otro conjunto en las antípodas, pero en este caso, creo yo, lo decente no es asumir la compostura del converso que hace alarde público, sino la actitud del neófito que opta por el mutismo y la humildad.

Son cuestiones como estas -acaso incómodas- las que el mundo perro de la novela de Sergio Marras, en última instancia, deja picando en nuestra propia área chica.  

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