Capitalismo

por Mario Valdivia

(Publicado a pedido del grupo de progresistas retirados Mayulermu, como parte del proyectoQué Hacer Con La Izquierda, presumiblemente desde la izquierda”)

Conviene comprender el capitalismo como incesante acumulación de capital mediante la producción e inversión de ganancias. La herencia inercial de la izquierda lo caracteriza como producción con trabajo asalariado y distribución mediante el mercado. Es mejor dejarla atrás. De un lado, porque el trabajo asalariado y el mercado son realidades que no encajan bien históricamente con la acumulación incesante de capital. Hay acumulación de capital en operaciones comerciales muy antiguas sin trabajo asalariado, y hay trabajo asalariado significativo en viejos imperios esclavistas. De otro lado, porque el trabajador asalariado ha dejado de ser la figura mayoritaria de la organización productiva del capitalismo, como se había pensado que lo sería. Es más, la acumulación capitalista no solo es compatible con otras formas de relación laboral, sino que posiblemente las prefiere. Y, por otra parte, el mercado es comprendido hoy como un sistema de coordinación de la distribución que parece ser imprescindible incluso en sistemas que se proponen superar el capitalismo. 

Esta interpretación invita especialmente a reconocer que la falla de los intentos por superar el capitalismo en el siglo pasado se debió principalmente a privilegiar la superación de estos dos mecanismos. El mercado fue sustituido por un sistema administrativo de distribución, el salario urbano por formas socialistas de remuneración, y el ingreso campesino por el salario para hacer avanzar el mundo rural hacia el capitalismo como etapa previa al socialismo. Estos ensayos históricos produjeron un pantano económico del cual no se pudo salir. Tanto así que el único proyecto de superación del capitalismo que sigue proyectándose con fuerza en este siglo incorpora plenamente el mercado como sistema de intercambio, el salario en la economía urbana y la autonomía productiva de la familia campesina. 

Proyectos transformadores del capitalismo de carácter socialdemócrata que no eliminaron el trabajo asalariado ni la distribución mercantil tuvieron éxitos económicos indudables, pero no superaron a aquel en forma significativa. Las consecuencias negativas para la izquierda de la acumulación incesante de capital terminan por imponerse en su contra.

 La acumulación de capital no tiene más propósito que ella misma, dándole al capitalismo un carácter abierto, sin fin, incesantemente dinámico. Sin norte alguno en este mundo ni en el otro, la conquista de algún Everest, la instalación de una Ciudad de Dios en la tierra o una colonia en Marte, el Conocimiento Absoluto del mundo, el Renacimiento de algún viejo orden perdido, la acumulación procede ciegamente. El capitalismo en una fuerza histórica lineal en constante diferenciación que, aunque a menudo enfrenta grandes crisis que parecen terminales, hasta el momento las ha terminado por superar.

Producir ganancias y acumular capital es la práctica que articula lo social en el capitalismo. Hace girar todo a su alrededor de múltiples maneras, el trabajo, el intercambio, la administración, el manejo del tiempo, la educación, las infraestructuras, la vida cotidiana, el arte, la tecnología, la ciencia. Es un dios único de nombres múltiples como progreso, crecimiento, desarrollo, avance, modernización, productividad, eficiencia, éxito. En voladas líricas, partidarios del capitalismo a menudo apuntan a objetivos superiores – libertad, conocimiento, humanismo -, como si fueran los puntos cardinales que presiden la acumulación. Pero es mejor no engañarse, es ella la gran configuradora. La libertad, el conocimiento y el humanismo son los del capitalismo, los que convienen a la acumulación y que esta produce. Libertad legal para acumular y actuar en el mercado, conocimiento como capacidad tecnológica, humanismo como derecho individual a elegir. 

Para el capitalismo acumular es progresar. La conversión de los entes del mundo en recursos – mineral, planta, animal, paisaje, conocimiento científico, cultura, arte, conducta humana, comportamiento individual, el consumo, el yo, sus deseos y tensiones… – es una fuerza que arrasa con todos los órdenes sociales que no facilitan la acumulación, superándolos por reaccionarios. Tradicionalmente la izquierda se ha dejado ganar, sin más, por el afán de progreso. Ha sido por la convicción iluminista de que el conocimiento avanza en contra de la superstición y la ignorancia, expandiendo así la real autonomía del yo. Hay día es claro que confunde conocimiento con tecnologización, como dice el poeta, tener información con saber, y saber con sabiduría. En su entusiasmo iluminista el Adelantado no previó que el capitalismo tecnologizado terminaría desvaneciendo y profanando lo real mismo, junto con el yo, anulando su esperanza más profunda de que el desencanto del mundo forzaría a los humanos a considerar con serenidad las condiciones reales de su existencia. Afanado por prosperar y consumir, el yo del capitalismo se mueve en el mundo depurado de metafísica sin inquietarse de si hay algo real detrás de su existencia.

Confrontar al capitalismo no significa oponerse a la acumulación, como antes se hacía con el trabajo asalariado y el mercado, ella es inevitable para progresar. Heredera de sus tradiciones, la izquierda se afana por lidiar con las consecuencias negativas a las que es más sensible, las desigualdades, la ausencia de derechos sociales, quizás la destrucción del medio ambiente. Considerando las condiciones en las que ella subsiste en todos lados, eso no parece ser suficiente. Indistinguible en los hechos de la llamada derecha democrática, salvo por diferencias numéricas, de prioridades, de estilos superficiales y maneras televisivas, se ha resignado a no traer nada propio a la existencia. Arrastrada por la tecnologización que desencanta aceleradamente el viejo mundo, se convence de que no hay nada valioso en sí mismo que puede producir, ella ni nadie, maneras de vivir que valgan la pena más allá del progreso tecnológico de todos. La izquierda se hace parte del nihilismo actual con sus secuelas de anomia, cinismo, aburrimiento, afanes suicidas, brutalidad.

A esta fatal desgracia de la existencia acumuladora y tecnologizada actual la izquierda no aporta nada propio, aunque nada la obliga a tamaña resignación. No tiene por qué dejarse arrinconar por la convicción de que todas esas dolorosas desgracias son psicológicas, de salud “mental”, manejables técnicamente mediante millones de terapias individuales. Al   aceptar sin más que el mundo no tiene significado como tal, se resigna a su propia impotencia creativa al tiempo que se traga el iluminismo trunco del capitalismo, con su yo encantado, esa misteriosa espontaneidad subjetiva individual que debe darle sentido a la existencia por su cuenta. Es una tragedia histórica que la izquierda se resigne a un mundo sin significado y cargue al individuo con el peso de un yo encantado perdido en medio de aquel.   

Ella podría zafar de esta suerte de inercia irreflexiva y reclamar para sí el derecho a adoptar una posición, a evaluar lo progresivo, a establecer diferencias entre lo que vale la pena y la brutalidad, lo facilitador y lo invasivo, lo que autonomiza y lo que desuela, lo que libera y lo que entrampa, imaginar, proponer y cultivar una existencia que vale la pena. Difícil, quizás arriesgado, pero inevitable, salvo resignarse a dejarle el campo libre a una acumulación ciega que no se detiene ante nada. Confrontar al capitalismo quiere decir esencialmente no detener la acumulación, pero sí, más allá de atenuar sus consecuencias negativas típicas, asumir una postura sobre su orientación, lo que al capitalismo no le interesa para nada, y para cuya espontaneidad reclama derechos sagrados. Una tarea que reitera la necesidad absoluta de que la izquierda se entienda a sí misma como una fuerza internacional que de alguna manera toma responsabilidad por cuidar el todo, inmersa como los demás en el torbellino de la acumulación.  

La sociedad sin clases del Adelantado que llenó de esperanzas a tantas no consistía en un mejor capitalismo, un nihilismo más igualitario, más inclusivo, con derecho a terapia universal. Era una nueva cultura, una nueva manera de existir de manera significativa. Es claro que los mecanismo políticos y económicos que estaban disponibles para la imaginación de su época no eran los más adecuados. Sin embargo, superar la devastación capitalista debe seguir siendo el propósito medular de la izquierda. Si no, ¿para qué tanto atado?

También te puede interesar

Deja un comentario