Desde hace dos décadas, la izquierda chilena ha optado por levantar candidaturas presidenciales sin vínculo directo con altos cargos en sus estructuras partidarias. Ha instalado figuras sin poder interno para ordenar a sus colectividades al llegar a ser gobierno, sin capacidad para conducir la tramitación de leyes, sin incidencia en la elaboración de sus programas y sin ascendiente intelectual para dejar un legado ideológico acorde con la época y que se separe del mero carisma. Son rostros populares, pero no líderes orgánicos. Ese es el punto cero del derrumbe actual. La izquierda no está perdiendo simplemente una elección; está perdiendo la capacidad histórica de conducir el país. Lo que viene —aunque incomode admitirlo— no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un proceso que nadie dentro de este mundo asociado históricamente a la densidad política ideológica quiso enfrentar.
De izquierda de minorías a minoría de izquierda
La izquierda progresista del siglo XXI -esa que va desde la socialdemocracia hasta el comunismo chileno- se aferró crecientemente a que la política fundada en cosmovisiones de sociedad racionalmente construidas podía reemplazarse por emociones, empatía y cercanía entregada a la contingencia. Construyó un aparato simbólico donde la praxis empática importó más que cualquier estrategia, donde la autenticidad fue más relevante que la competencia y donde los liderazgos se medían por su capacidad de conmover y no de dirigir desde la esencia de lo político como racionalidad de un proyecto ideológico mayoritario sobre el que no se tenía un verdadero consenso en sus límites, alcances y prioridades. Mientras tanto, la derecha operó en el sentido inverso. Renunció a la búsqueda compulsiva de simpatía y reconstruyó la noción clásica de poder como mando, coherencia y proyecto. Lo que la izquierda convirtió en una ceremonia terapéutica de pseudochamanismo de lotes, cuotas y minorías identitarias, la derecha lo transformó en un ejercicio racional de autoridad. Dos mundos que hoy se enfrentan no como alternativas, sino como civilizaciones políticas opuestas.
A la izquierda le pasó algo peor que perder votos… perdió su intelectualidad. Es un fenómeno poco descrito, pero absolutamente decisivo. La energía de pensamiento que alguna vez alimentó a la centroizquierda —universidades, centros de estudio, referentes filosóficos, análisis estructural, intelectuales orgánicos— se evaporó. La política del siglo XXI encontró a la izquierda chilena sin teoría, sin marcos interpretativos, sin proyecto de sociedad. Y donde antes existieron conceptos robustos, proliferaron slogans afectivos, relatos de bienestar, microhistorias identitarias y consignas terapéuticas traducidas al lenguaje del coaching. En esa transición, la izquierda dejó de pensar el país; pensó sus emociones, su nostalgia y su memoria desanclada a la idea de futuro. La derecha, por contraste, aprovechó esa retirada para instalar su racionalidad con menos poesía y más orden, menos relato y más estructura, menos vulnerabilidad y más sentido de mando y oferta de seguridad ante algo más inmediato que las reivindicaciones identitarias, parar el crimen organizado.

La debilidad intelectual de la izquierda se volvió insostenible cuando renunció también al conflicto interno. En vez de disputas doctrinarias profundas, eligió la unanimidad afectiva sobre liderazgos por omisión. En vez de debates ideológicos, optó por la cultura de la cancelación, la funa y la denuncia rabiosa en redes sociales. La cancelación no es una anécdota; se volvió su herramienta disciplinaria central. Cuando un dirigente quiere hablar de economía real, es silenciado por no “cuidar el clima interno”. Cuando un intelectual intenta cuestionar la estrategia, es acusado de “violencia simbólica”. Cuando un ministro explicaba su autoridad y sus prioridades sectoriales, con frecuencia lo hacía desconectado de otros ministerios y sin una alineación orgánica, y no sin cometer a veces errores inexcusables. La derecha, mientras tanto, hizo exactamente lo contrario: robusteció el conflicto interno para depurar su oferta. Si la izquierda castiga la disidencia, la derecha la procesa. Si la izquierda expulsa el pensamiento autocrítico, la derecha los recluta. Si la izquierda silencia para proteger identidades, la derecha debate para ordenar prioridades. Dos modelos y hoy, dos destinos.
La compulsión identitaria del progresismo profundizó esa fractura. La izquierda convirtió la política en un mosaico moral de microtribus que exigen reconocimiento permanente, como si la historia pudiera organizarse en torno a sensibilidades individuales. Cada colectivo identitario se transformó en un fin político en sí mismo; cada expresión emocional, en un argumento suficiente; cada reivindicación particular, en un nicho de soberanía (con un clímax en el primer proyecto constitucional rechazado el año 2022). La convivencia democrática dejó de basarse en reciprocidad; pasó a depender de la legitimación constante del dolor propio. En ese mar de subjetividades, la ciudadanía se esfumó y mayoritariamente se retiró de ese horizonte discursivo. Mientras el progresismo hacía malabares para no ofender a ninguna tribu simbólica, la derecha habló transversalmente del clima de inseguridad del país. La izquierda se fragmentó en identidades; la derecha se unificó en un proyecto que escaló sus apoyos sin considerar su origen.

La primera vuelta presidencial muestra el desenlace de esas trayectorias divergentes. El 26 por ciento de Jeannette Jara -exministra comunista que jugó constantemente con la contradicción de cercanía/lejanía de esa militancia y de esa cosmovisión societal-, no expresa convicción política, sino supervivencia emocional que busca generar un efecto espejo donde el peso intelectual da lo mismo. Es el último refugio de un electorado -tan incondicional como residual-, que vota por empatía más que por proyecto, por identidad más que por gobierno y por narrativa más que por dirección. El voto de Kast, en cambio, expresa dirección y racionalidad política en estado puro. No es un voto por simpatía; es un voto por conducción de una oferta acotada a problemas percibidos mayoritariamente como urgentes. Si la izquierda compite por quién siente más, la derecha compite por quién maneja mejor el poder. La ciudadanía simplemente eligió lo que la historia exige en tiempos de crisis, esto es, un liderazgo real.

Y no es casualidad. Mientras el progresismo eligió figuras sustitutas —rostros emocionalmente aceptables, sin peso directivo interno en sus partidos, sin relevar el ascendiente intelectual y sin capacidad doctrinaria que sirva de marcos interpretativos claros asociados a una estructura societal que las izquierdas históricamente bregaron por cambiar o remover—, la derecha consolidó a José Antonio Kast como un líder orgánico, o más bien él se cpnsolidó a sí mismo con un proyecto nacido de su empeño por reemplazar a la UDI con Republicanos. Kast no es un vocero; es un arquitecto. No es una figura prestada; es el fundador de su partido. No es un experimento; es la síntesis ideológica de una derecha que volvió a tener un discurso propio después de décadas de tercerización doctrinaria. Este es el eje de la derrota: mientras la izquierda se desangra internamente para buscar y producir rostros; la derecha -con sus propias y reñidas competencias internas-, produce líderes. La izquierda se esfuerza en generar empatía y la derecha en producir mando. La izquierda habla de “vocaciones de cercanía” y la derecha de dirección urgente. Esa diferencia, que parecía imperceptible hace cinco años, es hoy el núcleo del reordenamiento político chileno.
La lavinización del progresismo coronó ese colapso. El cosismo emocional —esa versión edulcorada de cercanía política heredada del Lavín de 1999— se transformó en la forma natural de comunicación de la izquierda. Ese estilo, que se basaba en empatizar con todos a la usanza de los viejos partidos “atrapatodo” y no confrontar a nadie, funcionó mientras Chile era un país relativamente estable en la inercia de la transición. Pero cuando la inseguridad creció, cuando la inmigración irregular saltó, cuando el Estado empezó a fallar y cuando la confianza institucional colapsó, la política emocional dejó de ser un recurso y se convirtió en una trampa. La derecha lo entendió y la izquierda no. Mientras el progresismo seguía contando historias de afectvidad y superación, celebrando la conquista de cuotas identitarias de minorías, Kast contaba cómo pensaba restablecer el orden frente al creciente crimen organizado y las percepciones colectivas de amenazas. No ganó por un gran descubrimiento; ganó por contraste y eficacia en levantar un diagnóstico que hizo sentido.
Y ese contraste es más estructural que ideológico. La izquierda hoy no mira las estructuras fundantes que históricamente le dieron sentido; con el derrumbe de los socialismos del siglo XX se radicó en relatos identitarios y en sensibilidad política; la derecha piensa en instituciones, seguridad y gobernabilidad. La izquierda cree que la política debe representar emociones colectivas y desde allí generar una gobernabilidad inclusiva; en tanto, la derecha cree que la política debe organizar la vida social. La izquierda desprecia la noción clásica de poder; la derecha la recupera. La izquierda imagina una comunidad terapéutica; la derecha propone un Estado funcional. Y, frente a ese dilema, la ciudadanía eligió lo que el sentido común dicta en tiempos de crisis: lo que funciona.
La izquierda perderá esta elección porque ya perdió su columna vertebral. Perdió su teoría, perdió su liderazgo, perdió su cultura intelectual, perdió su capacidad de mando y perdió el respeto de su propia base. La derecha ganará no por su mérito absoluto, sino porque es la única fuerza que parece haber entendido algo básico: un país no se gobierna desde las emociones; se gobierna desde el poder. Un poder que legítimamente la democracia está a punto de entregarle en contextos de problemáticas muy complejas derivadas de la globalización societal, el globalismo de mercados, la pérdida creciente de poder de los Estados frente a la configuración de economía contemporánea y un ecosistema de medios de comunicación digital crecientemente complejo y concentrado.
La izquierda tendrá que cerrar por fuera. Y lo sabe. Lo demás es trámite.
¿Fin de la historia?