A propósito del documento 14 Tesis: por qué la izquierda chilena necesita resetear su forma de pensar para conducir —y no solo padecer — el cambio de época.
Comienzo con una cita de Eugenio González: «Para ser eficaces, las ideas políticas tienen que ceñirse al ritmo del devenir social; cuando así no sucede, dejan de ser factores dinámicos para convertirse en estériles dogmas, en fórmulas muertas, en mecánicas consignas.»
Sin ánimo polémico, afirmo que hoy la formulación de nuestras propuestas se encuentra en una encrucijada.
Sin duda estas 14 tesis son un buen incentivo para impulsar la reflexión. Hay que volver a pensar muchas cosas antiguas y nuevas, como dice el adagio. Dentro y fuera del Partido Socialista.
Dejo aquí algunas reflexiones motivadas por la invitación a participar en un panel de presentación y comentarios del documento. Las propongo para continuar el ejercicio colectivo de dialogar, entender y descubrir. Tienen, por tanto, la condición de lo provisorio.
I.
Deberíamos estar más perplejos que sorprendidos ante las transformaciones de la era digital, que se han acelerado últimamente con el impacto de la inteligencia artificial (IA).
El cambio de época está sucediendo a nuestros pies desde hace un buen tiempo. No se puede ignorar, aunque la política reacciona con lentitud y parsimonia.
Hay que asumir una actitud de perplejidad, no de resignación o escepticismo. No hay respuestas claras a la mano para los nuevos desafíos. Nadie las tiene. Pero esa anomia juega a favor de quienes se suman ciegamente al movimiento en curso, encontrando sintonía fácil con algunos postulados neoliberales o anarcocapitalistas; simplifican los problemas y apelan a ese espacio donde se entrecruzan la racionalidad y las pulsiones humanas, como la ansiedad que provoca la incertidumbre.
Al hacerlo patean el tablero sin miramientos: Musk llama a expulsar a todos los migrantes si uno comete un delito. Arremeten contra «el sistema», «la casta» o «la elite global», de la cual son hoy sus mayores exponentes enarbolando las banderas de «la libertad individual».
Eso explica en parte el auge electoral de la nueva derecha extrema, que denunciando la inseguridad promete el orden, como si fuera algo al alcance de la mano. Pero además se presenta como portadora de un progreso tecnológico ilimitado.
Tocan las trompetas frente a una supuesta emergencia, fruto de una prolongada decadencia. Señalan culpables, cuando no enemigos a abatir, y en su discurso se mezcla la promesa tecnológica con la guerra cultural.
II.
El progresismo debe mirar la crisis de frente y asumir una actitud de reflexión y búsqueda desprejuiciada, como la duda metódica de Sócrates. Para resetear su forma de pensar, restableciendo la vigencia de los logros obtenidos, pero sobre todo elaborando los nuevos paradigmas del cambio de época.
El problema es que la acción política supone la afirmación de certezas, la fijación de un rumbo. En nuestro caso, de un nuevo camino, nacido de la experiencia vivida, los valores humanistas y los nuevos problemas. La renovación —tal como ocurrió al final de la dictadura— no es meramente académica: nace de la acción política.
III.
Es evidente que las experiencias progresistas del siglo XX no lograron sus objetivos. No me refiero a la versión humanista del socialismo de los orígenes, sino al propósito de superar el capitalismo a corto plazo: fracasaron en la URSS, o se transformaron en 180 grados en China y Vietnam. Y la sucesión de reformas exitosas que dieron origen al Estado de bienestar de la socialdemocracia topó con límites provenientes de la globalización, que frenaron su proyección y mermaron su apoyo electoral. Los procesos de liberación colonial también han agotado su impulso inicial.
En EE. UU. las políticas del Partido Demócrata no resistieron la embestida del movimiento MAGA, dos veces encabezado por D. Trump. Ese país, tan gravitante desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, aparece hoy sumido en una fuerte lucha interna y buscando impulsar una reestructuración mundial según los postulados neoconservadores o «libertarios».
En América Latina asistimos al callejón sin salida en que se encuentran la revolución cubana y la sandinista, para no hablar de la anomalía venezolana. Se expanden las políticas neoconservadoras hasta la decisiva contienda electoral de octubre en Brasil. Difícil que en tales condiciones la región pueda perfilar su identidad en el nuevo escenario mundial.
IV.
La reestructuración global del sistema internacional y de la sociedad aparece impulsada por quienes Giuliano da Empoli califica de «depredadores», en una estrecha alianza con el poder tecnológico privado.
El progresismo aparece hoy a la defensiva. No basta una crítica ética a la concentración del poder y sus efectos disruptivos en la democracia, la cohesión social y el sistema internacional. Hay que entender los cambios en curso y aspirar a conducirlos. El desafío es pasar de la denuncia a la acción eficaz.
Solo con una nueva perspectiva se recuperará la confianza de la gente y se podrán despertar las energías positivas de una generación desconcertada, pero que aspira a una sociedad mejor donde poder construir una vida con sentido.
V.
Hay que reiniciar la marcha por un nuevo camino, diferente al de la vieja izquierda y al de la nueva derecha. Tenemos a nuestro favor — como dice el documento— un ciclo político democrático exitoso, que sentó las bases de nuestro desarrollo. Es un punto de partida que otros países quisieran tener.
Chile y su gente pueden y deben impulsar un nuevo ciclo de progreso y desarrollo.
VI.
Todo movimiento político de cambio social debe tener un proyecto de mediano plazo que responda a las necesidades, urgencias y desafíos de la época, y un horizonte de principios que dé sentido a su actuar en la sociedad.
Para proyectar la cultura progresista se requiere definir los nuevos parámetros capaces de orientar la acción política. Como diría Marx, esos criterios no caen del cielo, sino que surgen del dinamismo histórico en que estamos inmersos. Nos movemos en un escenario en plena transformación, donde laten las diversas posibilidades de cambio. También los gérmenes de socialismo, gratuidad, libertad y solidaridad que con frecuencia no sabemos ver.
Una cosa es clara: un nuevo esquema de lo común, de los bienes compartidos y de la sociedad en su conjunto, abre paso a una relación diferente entre sociedad, mercado, Estado y medio ambiente, a nivel nacional e internacional. Hay que combinar creatividad y regulación en el marco de un derecho amable y democrático.
VII.
Las nuevas tecnologías bien empleadas pueden favorecer esos valores; mal usadas, en cambio, podrían dar origen a formas autoritarias y controladoras de la sociedad, provocando nuevas divisiones, segregaciones, desigualdades y discriminaciones.
Algunos se preguntan si podrá sobrevivir la democracia a la complejidad del cambio climático, de la inteligencia artificial, los algoritmos y los productos financieros. Nuestra respuesta, no solo espontánea sino sobre todo política, debe ser afirmativa. Sí: se puede y se debe proyectar la democracia en la era digital, a nivel nacional y en el campo internacional, haciendo prevalecer los principios del derecho internacional.
No aceptamos que exista una contradicción entre democracia y libertad, como afirma Peter Thiel, ni el decálogo de Palantir en favor de una tecnopolítica autoritaria global. No debemos transitar ingenuamente hacia una suerte de colonialismo tecnológico: el 90% de los modelos de IA relevantes se desarrollaron en 2025 en EE. UU. y China. Se trata, además, de un conocimiento opaco. Tampoco nos doblegamos ante la lógica de la fuerza en las relaciones internacionales.
Sin caer en un idealismo ingenuo, podemos converger con otros sectores en un realismo de principios. Para lograrlo hay que renovar las instituciones democráticas y el propio derecho internacional.
Como bien afirmaba El Principito, es una locura renunciar a todos tus sueños porque uno no se realizó. Pero esta vez —como lo hicimos para recuperar la democracia— con los ojos bien abiertos y los pies en la tierra.
VIII.
En el Chile actual tenemos por delante tres años sin elecciones, en que el mundo progresista — ese espacio plural e histórico en que nos movemos, actuamos y pensamos—, junto con cumplir las tareas propias de una oposición responsable, debe:
- Reconectar con el sentido común de la gente, el espíritu de nuestro tiempo.
Algunos definen el estado de ánimo de la población como una mezcla de expectativas de progreso con incertidumbre, agotamiento y desconfianza, donde prima la adaptación permanente y la prioridad está puesta en el ámbito personal y familiar, sobre todo frente a la inseguridad, la violencia difusa y el crimen organizado. La política aparece como lejana e incomprensible.
Hay una nueva mentalidad de izquierda (Gen Z) que busca contrastar las dificultades de la vida cotidiana con la crítica a la concentración de la riqueza, la falta de acceso a la vivienda, el desconcierto ante la inteligencia artificial y la precariedad laboral. El fenómeno se manifiesta en EE. UU. y Europa, mientras América Latina gira a la derecha: según Latinobarómetro, la proporción de latinoamericanos que se identifican como de derecha es la más alta en más de dos décadas.
- Levantar la mirada e impulsar un proceso de renovación cultural y política a partir de los avances logrados desde el retorno a la democracia, pero con la mirada puesta en el futuro.
- Ampliar así la convocatoria necesaria para abrir un nuevo camino de mayorías.
No hay que caer en el vértigo de la impaciencia. Los pilares del gobierno actual son débiles y sus propuestas, en gran medida regresivas, corresponden más a un ideario preconcebido que a un diagnóstico de la sociedad, y están destinadas a chocar con la realidad. El disenso cundirá en sus propias filas.
Tampoco se puede esperar pasivamente, confiando en que el péndulo volverá a inclinarse en sentido opuesto: los votantes frecuentemente castigan a los gobiernos si los perciben débiles, desorientados y sin resultados a corto plazo.
La apuesta actual es de mayor envergadura. Chile tiene que recuperar su capacidad de desarrollo para todos. Se requiere que el progresismo tenga un perfil claro y que su accionar opositor sea coherente con el proyecto. De eso dependen su credibilidad y su capacidad de convocatoria.
No da lo mismo cualquier fórmula alternativa al actual gobierno. Chile tiene que permanecer inmune ante el populismo en cualquiera de sus fórmulas. Para eso hay que desechar la polarización, el esquema amigo-enemigo y la demagogia.
El documento de las 14 tesis está llamado a converger con otras voces, múltiples y diversas, hasta cristalizar en una propuesta común: clara, entendible, a la vez esperanzadora y realista. Como bien señalan sus autores, «es un punto de partida para un debate que consideramos urgente. Una invitación a quienes, dentro y fuera del Partido Socialista, comparten la convicción de que nuestro punto de llegada puede y debe volver a ser una fuerza transformadora, capaz de construir mayorías, gobernar bien y ofrecer a Chile un proyecto de futuro a la altura de su tiempo».
Resetear es sinónimo de volver a empezar, de limpiar y adoptar nuevas herramientas para reiniciar la marcha con nuevo impulso por tierra ignota. No será fácil, pero no hay otra alternativa.
Repetimos la afirmación de Eugenio González con que iniciamos este escrito: «Las ideas políticas tienen que ceñirse al ritmo del devenir social.»