Esta nota debió coincidir con el Día Internacional de la Poesía. Pero ya, salió cuando tenía que salir. Se trata de mi primera lectura de poesía. Esos recuerdos que se declaran en la lectura o el recuerdo de poemas, más bien de versos aislados en el movimiento de la memoria.
Hablo de mi experiencia. He pensado que detrás de un poema siempre hay una contingencia, un evento que pasa por alguien que está allí, se detiene e intuye eso que sucede o sucede como un tropezón. Algo fortuito ocurre, captado por la atención: una escena conmueve, se instala con el vértigo que implica vivir esa experiencia, una pregunta asecha, una respuesta se descubre.
No fui un niño precoz, pero no más de 7 años tenía, cuando oí por primera vez la voz de Gabriela Mistral leyendo Los sonetos de la muerte, poetizando sobre la muerte, cuando trataba de comprender, a esa edad, por qué las personas se morían. El año 72 había muerto mi abuela materna, el 73 asesinado un amigo sacerdote de mi madre, y el 74, mi abuelo, su esposo, murió, de mucha pena. Fue en plena instalación de la dictadura, a 4 meses del bombardeo al Palacio de la Moneda. Para ser preciso, el 10 de enero de 1974, cuando un canal de televisión, no recuerdo cuál, transmitió en medio de los más infames horrores de nuestra historia, un programa especial conmemorando la muerte de Gabriela Mistral. Recuerdo su voz: pausada; sombría; áspera. No sé si leyendo o recitando el poema, pero lo que yo escuchaba y lo que ella describía me impactó profundamente a esa edad. Dos son los versos que trazaron mi poética, si es que puedo decir que tenga una: Del nicho helado en que los hombres te pusieron / Sólo entonces sabrás el por qué, no madura / para las hondas huesas, tu carne todavía. Una escena, una imagen conmueve, se instala con el vértigo que implica comprenderla. Del nicho helado en que los hombres te pusieron. Mi abuela, mi abuelo y el amigo sacerdote de mi madre, el p. Joan Alsina, iban a ser colocados en un nicho. Eso oí en las conversaciones que mantenían los adultos de mi casa. A partir de ese momento, mi madre supo leer lo que me sucedió y comenzó a leerme poesía.

[…] no más de 7 años tenía, cuando oí por primera vez la voz de Gabriela Mistral leyendo Los sonetos de la muerte […]
Creo que uno se acerca a la poesía por esa capacidad de conmover que tienen algunos versos. Por esa cantidad de palabras que pareciera que arden en todas las direcciones, y alguna te podría quemar. Palabras, versos y significados que se organizan en imágenes que podrían llegar a ser muy potentes para un niño pequeño. Eso fue lo que me motivó de la poesía, y lo que me entusiasmó escribirla. Qué era lo que yo veía y cuál era mi lugar en ese paisaje. Descubrí que la poesía no se impone, la poesía, digamos, se mece en uno, y va dejando en cada uno toneladas de misterio y de sorpresas. La poesía me ayudó para dibujar y precisar una identidad. Una identidad que, por esos años, sabía que el mundo está a medio hacer. Que estaba muy mal amarrado, muy mal pintado, muy poco amable. Entendí entonces que la poesía es aquello que nosotros necesitábamos; para amarrar de nuevo, para dibujar y habitar de mejor modo, este mundo. Mis lecturas fueron esa luz que está en el fondo, ese reflejo íntimo y colectivo, que uno va encontrando a medida que van apareciendo nuevos poetas por leer y conocer, y que me ayudaron a mapear obsesiones, miedos, sueños, deseos, injusticias y todo aquello que, en un momento, incluso, se dice contra uno mismo. Vivo la pasión de la lectura de un poema porque mi lectura ocurre en un punto equidistante entre el momento en que se escribió el poema, y la voz de mi propio momento.

Me he sorprendido a menudo estar suspendido, tocado por ese acontecimiento que puede ser minúsculo, pero que irrumpe como un terremoto, que deja una interrogante, como un desbordamiento de la riqueza que reside en el mundo, hechos que nos dejan suspensión, en un afuera del tiempo continuo. Pero vivimos una precariedad intelectual tan grande que mirar y conversar en profundidad estas cuestiones nos hace daño, nos incomoda, nos aburre, nos da sueño. Dejémonos de las caricaturas que encarnan ser poeta en una sociedad como la nuestra. El escarnio permanente del oficio de poeta. No se puede ser poeta si antes no se lee poesía, mucha, pero mucha poesía.
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1 comment
Cada palabra escrita por usted querido amigo Dante, dependiendo del estado en que nos encontramos, ecoa como si estuviera en un viaje pasado, presente y…
Comovente, maravillosa reflexión, gracias