A instancias del gobierno de Israel, que ve a Irán como la mayor amenaza a su seguridad, Donald Trump le declaró la guerra al país persa, sin pedir la autorización al parlamento, como mandata su constitución, pensando que sería una embestida bélica corta y fácil de ganar, tal como lo sostenía Benjamín Netanyahu. Ambos se equivocaron. Pese a las reiteradas declaraciones del presidente norteamericano adjudicándose la victoria, Irán no tan sólo fue capaz de resistir la ofensiva conjunta de EE.UU. e Israel, sino también golpeó duramente a la economía mundial con su bloqueo del estratégico estrecho de Ormuz, por donde pasa un porcentaje muy significativo del petróleo que exportan los países árabes, elevando su precio por sobre los 100 centavos de dólar el barril.
Muy rápidamente el conflicto se extendió a los países vecinos, generando severos daños y miles de víctimas, amenazando con un conflicto regional generalizado. Asumiendo su grueso error de apreciación, que podría significarle una severa derrota en las elecciones de la mitad de su mandato, Donald Trump, en contra de la opinión de su aliado israelí, intentó encontrar una salida lo menos dañina posible a través de una negociación, bajo la amenaza de destruir una civilización en la alternativa que Irán desechara esa opción.

La negociación fue larga y dura, pese a las amenazas y ataques. Al final, se logró un acuerdo preliminar que está muy lejos de los ambiciosos objetivos que se propusiera el presidente norteamericano y su aliado Israel, de terminar con el régimen teocrático de Irán y la revolución Islámica, además de la pretendida renuncia al programa nuclear de ese país con la entrega del uranio enriquecido en su poder. Un acuerdo que deberá suscribirse el próximo 19 de junio, poniendo plazos para culminar una muy compleja negociación que, ciertamente, está muy lejos de cumplir con las expectativas del régimen de Netanyahu.
A la hora de señalar a los ganadores y perdedores de este conflicto, es más que evidente que Donald Trump no tan sólo ha perdido credibilidad y prestigio, dañando la imagen de los Estados Unidos. Ha gastado miles de millones de dólares en una guerra inútil, afectando a la economía mundial, que tardará años en recuperarse. También ha hipotecado su capital político y el de su partido, con imprevisibles consecuencias en las próximas elecciones de mitad de mandato.

Irán ha salido fortalecido, pese a los cientos de víctimas (incluido el ayatola Alí Jamenei) y los graves daños a su infraestructura civil y militar. Ha logrado resistir a una gran ofensiva militar de la principal potencia mundial y no ceder en una muy dura negociación. El régimen teocrático, que arrastraba severos problemas económicos, políticos y sociales, parece afirmarse. Y sigue siendo la peor amenaza para Israel y sus afanes expansionistas.

Con este conflicto ha perdido la economía mundial, que mira con aprehensión el feble acuerdo alcanzado y que pudiera ser desechado en la eventualidad que Benjamín Netanyahu decida seguir adelante con su cruzada en contra del mundo árabe y su pretensión de ocupar todo el territorio palestino. “Estás jodidamente loco” le espetó Donald Trump al mandatario judío, que insiste en llevar adelante la guerra hasta la victoria total. Hasta la caída del régimen teocrático y la instalación de uno nuevo que pudiera convertirse en aliado. Incluso tienen un candidato a encabezar ese nuevo gobierno en la persona del hijo del Shá de Irán, el expríncipe heredero Reza Pahlavi, que ha llamado a un alzamiento del pueblo iraní frente a un régimen supuestamente colapsado.
Entre los ganadores de este conflicto están los países árabes, incluyendo Irán, que se han beneficiado con el alza del petróleo. Y por cierto los fabricantes de armas, que se frotan las manos con las nuevas perspectivas que se le abren a su lucrativo negocio.
¿Qué viene para adelante Donald?
Es más que evidente que este frágil acuerdo alcanzado entre EE, UU e Irán no es el fin de un muy largo conflicto que enfrenta a Israel y su rechazo a la propuesta de dos estados en Palestina, con el mundo árabe. Con toda razón Irán recela del gobierno norteamericano y continúa negándose a reconocer a Israel.

Antes de cumplir la mitad de su mandato, Donald Trump sigue siendo un gobernante impredecible, obsesionado en competir con China por el liderazgo mundial. Que no duda en imponer aranceles arbitrarios a aliados y adversarios al menor pretexto. Que ha revivido la vieja doctrina Monroe, hoy bautizada como la doctrina Donroe, adjudicándose la hegemonía del hemisferio. La victoria que no consiguió con su fallida guerra en Irán pretende alcanzarla en Cuba. Qué duda cabe. Idealmente a través de una toma amistosa. Sin descartar una acción armada, que bien puede superar las previsiones de Donald Trump.
El régimen cubano está más que consciente de la amenaza y ha prometido resistir hasta el último hombre y mujer para defender su soberanía. Las recientes reformas económicas anunciadas por Díaz Canel parecen demasiado tardías e insuficientes, dada la profundidad de la crisis que enfrenta, si no van acompañadas por un diseño político de apertura, que tenga el aval y apoyo no tan sólo de sus aliados sino también de países europeos y latinoamericanos. Ningún país puede vivir de la solidaridad internacional, ni el inmovilismo o la mera resistencia pueden resolver la crisis casi terminal que hoy vive la Isla. El gobierno cubano está desafiado a proponer un diseño de transición que bien pudiera apuntar a mantener un régimen socialista democrático, con pluralismo político y pleno respeto a los derechos humanos. No parece ser Díaz Canel el líder adecuado para encabezar una nueva etapa. Eso no sería una “toma amistosa” por parte de Estados Unidos, sino una forma inteligente de enfrentar la crisis. Habrá que ver si existe el tiempo la voluntad para implementarla.
¿Qué viene en los próximos dos años que le restan de mandato a Donald Trump? Mucho depende de los resultados de las próximas elecciones legislativas de fin de año. Y del humor con que el mandatario se levante cada día. Por de pronto ha amenazado con imponer nuevos aranceles a aquellos países que importen productos de fabricación China (entre ellos Chile), con el pretexto que se fabrican con trabajos forzados. Habrá que ver si insiste en comprar o tomar Groenlandia, recuperar el canal de Panamá, o convertir a Canada o Venezuela en el estado 51 de la Unión. Con Trump nunca se sabe.