La guerra forma parte de las relaciones humanas desde siempre. Tiene como una constante el ser un esfuerzo económico en que los contendientes vuelcan al máximo sus recursos para alcanzar sus objetivos, ya se trate de un cúmulo de equipamiento o inmensos contingentes de vidas humanas. Hasta ahora, la capacidad de allegar más recursos a la guerra aseguraba bastante el resultado.
A lo largo de la historia, el ejercicio de la guerra ha supuesto tensar al máximo las capacidades económicas de una nación. Generalmente hablamos de la infraestructura que se ve comprometida y en riesgo de destrucción; de la capacidad fiscal para asumir los costos involucrados en una campaña bélica, sea con holgura presupuestaria o con capacidad de endeudamiento. Pero ciertamente, el activo de mayor valor que se pone en juego es el capital humano, al punto que, para muchas sociedades, las pérdidas de vidas jóvenes en los conflictos han supuesto un golpe irrecuperable; su impacto en el tiempo es una menor contribución productiva y un efecto demográfico que lo multiplica.
El enfrentamiento entre Tebas y Esparta en la batalla de Leutra en el año 371 a.C. es un ejemplo. Esparta había triunfado hacía pocas décadas frente a Atenas en la larga guerra del Peloponeso (431 a.C. a 404 a.C.). En el papel, los tebanos eran un rival muy inferior a Esparta; sin embargo, las fuerzas comandadas por Epaminondas y sus nuevas tácticas de combate barrieron con los hoplitas de Esparta. Según Aristóteles, los espartanos nunca pudieron recuperarse de las pérdidas sufridas y, tras algunos años, su población ya no superaba los mil individuos.[1]
Una tragedia similar enfrentó Paraguay en la guerra contra la Triple Alianza de Brasil, Argentina y Uruguay, entre 1864 y 1870. De los 150 mil soldados que pudo movilizar, hacia 1870 solo quedaban 500, lo que supuso una pérdida de entre el 60% y el 70% de toda su población.[2] Inevitablemente, la muerte de un joven de 20 años supone la pérdida de su contribución productiva de los siguientes 40 o 50 años.
No podemos saber qué pudo haber motivado la primera guerra entre humanos, pero sí contamos con un amplio registro arqueológico que nos muestra las huellas de brutales batallas, probablemente por el control de un territorio, y en que destacan múltiples casos de enfrentamientos entre sapiens y neandertales. En una sociedad de condición tan precaria, el costo fundamental fue el humano, llevando, muchas veces, a los grupos derrotados al abismo de la extinción. Ese fue el caso de denisovares y neandertales, que no sobrevivieron a su encuentro con los homo sapiens.[3]

Catorce mil años después encontramos otra forma de guerra que había dejado atrás el enfrentamiento primitivo. Hasta la guerra de Troya (siglo XII a.C.) el peso del combate recaía en una masa de infantería que se enfrentaba sin un orden establecido contra un grupo opuesto de similares características. Para ello recurrían principalmente a piedras, otros objetos contundentes y alguna que otra arma blanca. Mientras esto ocurría, la aristocracia, con su mejor indumentaria compuesta por un yelmo emplumado y una coraza de bronce, escudo, espada corta y una lanza, buscaba su lugar en la lucha. Debía encontrar un rival de similar estatus y también dispuesto a hacer valer su honor en un duelo singular. Es Paris contra Menelao o Aquiles frente a Héctor. Homero relata la gesta heroica de esa aristocracia que pasaba toda su vida cultivando esas aptitudes para alcanzar el momento de la gloria.[4] Ciertamente no iba a detenerse en relatar un choque entre el vulgo, que no distaba mucho de lo que ocurre entre dos barras bravas a la salida de un estadio.
Ese mundo sufrió un cambio brusco con una innovación procedente de Asia Menor, alrededor del siglo VI a.C.: la indumentaria del soldado hoplita. El costoso equipamiento de una infantería pesada era asumido por los ciudadanos que contaban con los recursos suficientes. No solo adquirieron nuevos escudos más grandes (hoplón), yelmos, corazas y tobilleras. También se hicieron de largas lanzas para el combate a distancia y nuevas espadas de hierro. Además, hubieron de destinar tiempo para aprender y entrenar las nuevas tácticas de combate, como es la formación en falange, un muro inexpugnable para esa antigua infantería que actuaba sin preparación alguna. Sin embargo, lo más importante es que el ciudadano hoplita, que adquiría un rol protagónico en la defensa de los intereses de su polis, podía demandar ahora nuevos derechos políticos, abriendo la puerta al periodo clásico de los griegos y a la democracia como forma de gobierno.
Ahora, las pérdidas de la guerra iban más allá del capital humano involucrado. Había un equipamiento, para el cual, en muchas ocasiones, las familias invertían grandes sumas, en tanto era una vía de ascenso y legitimación social.

Hacia el siglo II a.C. los romanos dieron la forma final a lo que sería su particular ordenamiento militar: la legión romana. Por primera vez aparecía una fuerza profesional que cuando no estaba luchando en defensa de la República o por expandir las fronteras del Imperio, estaba entrenando para ello. La fuerza militar de Roma era una maquinaria sofisticada que disponía de sistemas logísticos avanzados y preparaba diferentes tipos de fuerzas para distintas tareas.[5] Además, implementaba en el siglo IV d.C. sistemas que son parte de la prehistoria de la seguridad social, como era el programa de retiro de los legionarios. Esta fuerza fue el instrumento fundamental que permitió la expansión del Imperio romano. Sin embargo, involucraba un costo tan alto para el erario público que llegó un momento en que, sin poder extender las fronteras, el ejército romano se convertía en una policía extremadamente cara.[6] Invertir en una fuerza militar como las legiones obligaba a mantener un alto rendimiento en cuanto a beneficios. Por esa razón, al final se convirtieron en un activo caro y poco rentable.

Hacia finales del siglo VI, llegó desde Asia central otra innovación que cambiaría el cariz de la fuerza armada y de la guerra: el estribo. Hasta entonces los caballos servían principalmente para tirar de carros de combate (instrumento de escasa difusión) y para transportar al jinete hasta el campo de batalla. Sin estribos, resultaba difícil mantener el equilibrio sobre la montura y más aún para cabalgar a cierta velocidad o tener que liberar una mano para empuñar la espada. El estribo permitió la aparición de una nueva arma, la caballería pesada, que vino a consolidar algunos siglos después el rol social de la nobleza feudal.
Un caballero medieval era un arma formidable: montaba una cabalgadura de batalla que desplazaba una masa de mil kilogramos; portaba una armadura y equipamiento que, unido a su peso, agregaba ciento veinte kilos más al desplazamiento. En los metros finales de una carga de esta caballería, golpeaban una línea de infantería a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, lo que equivale al impacto de un vehículo mediano sobre una persona a esa misma velocidad.

Si bien se trataba de un arma de gran potencia, tenía como contrapartida su rigidez y escasa versatilidad. Contrario a la imagen de las películas de época, servían de poco en una refriega estática, y su gran contribución real no iba más allá del choque brutal contra una línea fija. El peor de los mundos comenzaba cuando el caballero perdía su caballo, porque era un combatiente que se movía lenta y torpemente. Aunque no se podía pedir mucho más a alguien que debía luchar cargando, además de su espada (8 kg), un equipamiento de 30 a 40 kg. Equivalía a moverse con un saco de cemento a la espalda. Según Shakespeare, el grito postrero de Ricardo III, agotado de lanzar mandobles con su espada y tratar de moverse con su armadura en medio del fango que cubría la pradera de Bosworth, fue: “Mi reino por un caballo”.

Por esa razón las hordas mongolas que arribaron hacia finales del siglo XIII a Occidente derrotaron ampliamente a las fuerzas de los francos, extendiendo el imperio mongol hasta hacerlo el más grande de la historia. Alcanzaba desde el mar Báltico y la actual Polonia, hasta Vladivostok en el océano Pacífico. En la parte occidental, iba desde Finlandia hasta Siria, y en oriente, desde el círculo Ártico hasta el centro de China. Su principal fuerza era una caballería ligera, que utilizando veloces monturas podía realizar maniobras imposibles para los caballeros medievales. Los jinetes iban casi de pie sobre los estribos, y manejaban un arco asimétrico que era más corto en la parte inferior, permitiendo que el jinete pudiera moverlo en 180 grados sin tropezar con el lomo del caballo. Las fuerzas de la Horda Dorada eran el propio pueblo mongol. En cada campaña se desplazaban los guerreros con sus familias, tiendas de campaña y ganado. Era una fuerza que no necesitaba de una logística especial, pues la familia del guerrero lo mantenía, funcionando como en tiempos de paz.[7] Cada combatiente llevaba a la guerra hasta diecinueve caballos, que tenían una talla más pequeña que los caballos de guerra francos, pero eran mucho más resistentes. Estaban acostumbrados a escarbar con las pezuñas el hielo de la tundra en la búsqueda de forraje, con lo cual no había que alimentarlos. Por esa razón, cada batalla de los mongoles era del pueblo completo.

Un par de siglos después tuvo su consagración un arma de guerra que marcaría un punto de inflexión en las tácticas militares y en la propia economía de la guerra. El asedio otomano a Constantinopla en 1453 consagró a la artillería en el campo de batalla. Aunque cargarlo era una faena de doscientos hombres durante tres horas, era capaz de efectuar hasta ocho disparos al día con proyectiles de piedra que pesaban casi una tonelada.[8] Su precisión era prácticamente nula, pero con paciencia se podía esperar que acertara más de una vez en el mismo lugar. Esto ocurrió, y finalmente supuso la destrucción de una parte de un muro de veintiséis metros de grosor por donde se colaron las fuerzas del sultán Mehemet IIhasta capturar la sede del imperio romano de Oriente, al mismo tiempo que la época de las fortalezas de piedra comenzaba su fin. Por vez primera, se incorporaba un activo de gran valor al campo de batalla, y la guerra comenzaba a importar un esfuerzo económico para los Estados que superaba con mucho el pago de los mercenarios o el equipamiento de soldados propios.
La evolución de la guerra en los siglos posteriores estuvo muy determinada por los desarrollos de la artillería. Desde que Alejandro Magno usó su fuerza militar montada en Gaugamela para causar desorden en las filas persas del rey Darío, el uso de armas combinadas había tenido un desarrollo muy lento. Ciertamente Mehemet había derribado las murallas de Constantinopla, pero su infantería recién actuó cuando se produjo la brecha. Hubieron de pasar varios siglos antes de observar una influencia decisiva de la tecnología en el desarrollo de las tácticas de la guerra, puesto que, en última instancia, los mosquetes no tenían un efecto distinto al de una flecha propulsada por un arco galés o una ballesta. Ambas podían atravesar una armadura. Incluso, la cadencia de tiro del arco continuaba siendo mayor que la de un mosquete.
Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX, en la guerra de Crimea, para observar transformaciones significativas en la táctica militar y en el uso de la tecnología.[9] Una caballería ligera actuaba sobre una rígida formación de la infantería al tiempo que la artillería reconducía las posiciones del enemigo, generando el mejor escenario para una infantería que avanzaba a la carrera, mientras que a sus espaldas, y por encima de sus cabezas, los cañones continuaban disparando sobre las filas enemigas.
La tecnología comenzaba a tener un peso creciente por sobre los recursos humanos, en las acciones militares. Ya no era factible un campo de batalla sin las baterías de cañones que diezmaban la fuerza del enemigo, como bien comprobaron los Boers y la nación Zulú cuando quisieron enfrentar al imperio británico en las últimas décadas del siglo XIX. O en la misma época, los mapuches en el cono sur de América, frente a los ejércitos de Argentina y Chile.

Otro momento importante ocurrió con la Primera Guerra Mundial. Se agregó una nueva arma a las campañas militares, la fuerza aérea, que involucraba a la naciente aviación civil. Desde las tareas de exploración y avistamiento de las fuerzas enemigas a descargar granadas sobre ellas, hubo poco. El paso inmediato fue que los pilotos portaran un arma para, en un duelo decimonónico en los cielos, poder abatir al avión enemigo. Si esa adquisición desde el mundo civil fue importante para el esfuerzo bélico, blindar un tractor montado sobre orugas y con un cañón pequeño en la parte superior, no lo sería menos. El volumen de dinero en equipamiento por cada soldado movilizado en las campañas crecía con las innovaciones que se aplicaban a la tecnología militar. Esto, sin contar con los desarrollos metalúrgicos que permitían la diversificación de naves en el océano: fragatas con capacidad media de fuego para labores de escolta, cruceros para misiones de larga duración, destructores con gran potencia de fuego para misiones de ataque y defensa, o submarinos para tareas de reconocimiento y vigilancia.

Si la guerra era un esfuerzo social en que la variable central estaba puesta en la demografía de las naciones, progresivamente la potencia económica pasaba a determinar las posibilidades del enfrentamiento. El uso de grandes volúmenes de recursos y equipos en el frente, suponía una logística compleja y un flujo cada vez mayor de suministros. Se estima que la Operación Barbarroja que movilizó cuatro millones de soldados alemanes para atacar a la Unión Soviética en 1941, supuso la utilización permanente de 600 mil camiones para abastecer el frente.[10] Cada una de las casi 200 divisiones alemanas necesitaban 330 toneladas diarias de suministros. No solo hay que alimentar a los soldados que están combatiendo; además hay que reponer cada bala que disparan, y ello hay que hacerlo diariamente.
La guerra evidenciaba cada vez con mayor claridad que se trataba de un esfuerzo económico de los contendientes, donde no solo contaba el volumen de equipamiento que una nación podía conducir al campo de batalla, sino, además, la capacidad de sostener en operaciones esos recursos y reponer sus pérdidas. Un salto cualitativo en esa dirección ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial.
El desarrollo del proyecto Manhattan, que dio lugar al primer artefacto capaz de fisionar un átomo provocando una reacción en cadena que, en una explosión, liberaba una cantidad inmensa de energía en la forma de luz, calor y radiación. El proceso de creación de este artefacto, el llamado proyecto Manhattan, tuvo un presupuesto de dos mil millones de dólares, que en moneda actual alcanzaría los treinta mil millones.

Junto al inicio de la Guerra Fría, se producía una segmentación importante entre las naciones. El poder militar absoluto quedaba en manos de un selecto club nuclear que, para mediados de la década del sesenta, había incorporado a China y, diez años más tarde, a India. Luego venía una pléyade de naciones de altos ingresos que podía financiar un equipamiento suficiente para una destrucción masiva. La guerra profundizaba su carácter de enfrentamiento económico. La probabilidad de que una nación pequeña y con recursos limitados pudiera plantarse ante una gran potencia económica era remota, teniendo como destacada excepción lo ocurrido en la Guerra de Vietnam, donde Estados Unidos invirtió cerca de 230 mil millones de dólares y tuvo alrededor de 360 mil bajas entre muertos y heridos graves, antes de emprender la retirada.[11]

En el contexto de los enfrentamientos asimétricos podemos mencionar a la Primera Guerra del Golfo, en que la operación Tormenta del Desierto tuvo un costo de 120 mil millones de dólares, invertidos en desplazar soldados y una ingente cantidad de equipamiento a una distancia de 10 000 kilómetros para actuar durante 42 días.
La guerra parecía seguir una senda que se dirigía inexorablemente a escenificar las asimetrías económicas de la sociedad capitalista. Una potencia militar debía contar con una fuerza aérea capaz de actuar en cualquier rincón del planeta para bombardear blancos con una desviación no mayor a la decena de metros, y una contrapartida de dispositivos de defensa antiaérea para protegerse de una amenaza equivalente; también una fuerza naval capaz de desplazar decenas de miles de toneladas de navíos para tener bases móviles de lanzamiento de misiles, como son los submarinos de propulsión nuclear que pueden navegar y estar sumergidos indefinidamente; una fuerza terrestre con capacidad de ocupar un territorio, protegida por destacamentos blindados de carros de combate (tanques) y carros para transporte de tropas.
La guerra de Ucrania iniciada a principios de 2022 parecía profundizar ese derrotero. Cuando el ejército ruso cruzó la frontera ucraniana en dirección oeste, lo hizo apoyado en un gran número de carros de combate, principalmente los modelos T-72, a los que se sumarían posteriormente versiones más modernas como los T-80 y T-90, que tienen un costo de 4 a 5 millones de dólares la unidad. El costo del equipamiento es referencial, pues varía según se trate de piezas nuevas, modelos antiguos sin uso, usados pero modernizados o usados simplemente, y que son un excedente en los arsenales.
Las tropas que se desplazaban hasta el frente lo hacían en transportes blindados BMP2 y BMP3 cuyo costo es cercano a 1,2 millones de dólares. Todas las operaciones y el desplazamiento de esas tropas eran monitoreadas mediante satélites. Estos satélites pueden tener un costo que va desde los 600 000 dólares hasta los 600 millones, mientras que los satélites que proveen comunicaciones seguras, alcanzan hasta los dos mil millones de dólares.[12]
Por su parte, Ucrania esperaba la invasión con toda la información de inteligencia de la OTAN y sus plataformas de monitoreo que operan desde la Guerra Fría. El mismo origen tenía el armamento pesado que usaba, como eran las baterías autopropulsadas M777 de 155 milímetros de USA, cuyo valor es de 5 millones de dólares, los carros de combate soviéticos T-62 y T-64 modernizados con un precio de 1 a 3 millones de dólares. Luego llegaron los carros ingleses Challenger 2 de 7,5 millones de dólares, y los alemanes Leopard 2, cuyo precio oscila entre los 8,5 millones de dólares la versión 2A2, y cerca de 30 millones la más moderna versión 2A8.
Al momento de la invasión, Ucrania tenía una fuerza militar de entre 700 000 y un millón de soldados, mientras que en la ofensiva rusa participaron 140 000 soldados. Salvo ese diferencial de recursos humanos en el punto de inicio de la guerra, las capacidades materiales y los recursos tecnológicos enfrentados entre Rusia y la OTAN resultaban equivalentes, excepto, en cierta medida, el dominio aéreo de Rusia.

La capacidad de misiles cuyos costos varían entre 1,5 y 8 millones de dólares la unidad, favorece a Rusia, que cuenta con modelos balísticos y de crucero hipersónicos. Con todo, es difícil estimar los costos de este tipo de armas, puesto que su utilización efectiva requiere de unidades de radar para detección y localización de blancos y satelitales para georreferenciación y corrección de trayectorias.
La primera etapa de la guerra, para efectos de nuestro análisis, estuvo marcada por un predominio ruso con un rápido avance, pero que evidenció ciertas debilidades en su línea de abastecimiento, que acabó en una retirada de los alrededores de Kiev y de la ciudad de Kherson, a orillas del río Dnieper. Hasta ese momento, la infantería ucraniana, que se preparaba desde el año 2014 para este escenario, mostraba mayor capacidad de utilización de las defensas preparadas y del territorio, mientras que las pérdidas de equipamiento eran relativamente equivalentes. La segunda fase estuvo marcada por una contraofensiva ucraniana de eficacia muy limitada en junio del 2023, la reorganización del ejército ruso y especialmente la masificación de una nueva arma de combate que fijaría otro punto de inflexión, el dron de ataque.
En un principio, estos vehículos se utilizaban con fines de seguimiento y monitoreo, hasta que se comenzaron a agregar dispositivos artesanales capaces de transportar una granada de contacto, que principalmente era efectiva contra la infantería enemiga, piezas de artillería que eran avistadas, y circunstancialmente algún carro de combate cazado con la escotilla superior abierta. Dicha etapa rápidamente fue superada con la creación de drones de mayor capacidad para transportar proyectiles de más poder explosivo y alcanzar mayores distancias. Su utilización abrió una nueva etapa marcada por un acelerado desarrollo de la guerra electrónica destinada a interferir las señales que guiaban estos dispositivos, ejercicio que ha resultado extremadamente complejo, caro y de resultados limitados. Con el mismo objetivo, se encontró una solución eficaz, pero poco elegante: el uso de extensas líneas de fibra óptica entre el controlador y el aparato que evitaban la intercepción de señales, aunque hacían del campo de batalla una gigantesca telaraña con millones de metros de la delgada fibra cubriendo el terreno.
Este tipo de equipamiento tiene precios variados, pero los de uso militar, como es el Lancet ruso, puede alcanzar los 30 000 dólares, el Shahed-136 iraní 20 000 y el dron chino Matrice entre 600 y 6 000 dólares, valores que no distan mucho en el caso de la producción occidental que utiliza Ucrania.

La realidad cotidiana del frente muestra un control de 24 horas mediante drones de vigilancia que vuelan a gran altitud, y proveen información sobre movimientos de tropas, equipos (tanques, artillería, radares o plataformas de misiles) o cualquier actividad sospechosa. Esto dio lugar a la desaparición prácticamente de los carros de combate de varios millones de dólares de las operaciones a campo abierto, incapaces de protegerse de un dron kamikaze que cuesta solo mil. En el océano ocurre algo similar, al punto que la flota rusa del mar Negro tuvo que abandonar su base de Sebastopol en Crimea, para guarecerse en la base naval de Krasnodar más al este. En este caso hablamos de equipamiento cuyo valor es de decenas de miles de millones de dólares que puede ser severamente dañado por un vehículo de superficie de veinte mil.[13]
Otra transformación de gran calado impuesta por esta tecnología está en el uso de la fuerza terrestre. La vigilancia permanente impide las concentraciones de tropas y, por tanto, dificulta las grandes campañas. Las operaciones ofensivas que en el pasado movilizaban nutridas columnas de tanques, camiones y carros blindados para transportar personal, hoy constituyen un riesgo imposible. Las operaciones ofensivas se llevan a cabo con unidades de dos a cinco soldados que deben desplazarse con varios metros de separación para evitar convertirse en un blanco para los drones kamikazes. En ese contexto, las operaciones se ralentizan, y cada metro de terreno es una conquista ardua, sin poder contar con las viejas tácticas donde un tanque bombardeaba una posición hasta abrir una brecha por donde se colaba la infantería.
En las actuales condiciones, un ejército que deseara usar la “Blitzkrieg” (guerra relámpago) de la Wehrmacht alemana, pondría a disposición del enemigo todo un banquete de equipamiento y personal que sería arrasado. Con unos pocos misiles y enjambres de drones se podría acabar con grandes concentraciones de tanques y de tropas, esfumándose en cosa de minutos, no solo personal entrenado, sino todo el presupuesto de defensa de un país.
La gran inflexión en el ejercicio de la guerra es que esta se puede desarrollar con una fracción muy menor del presupuesto que era necesario hace solo dos o tres años. Se estima que cerca del 80% de las bajas es resultado de explosiones de artillería y drones de ataque, lo que significa una peligrosa igualación de las fuerzas a escala mundial. No solo países con muy escasos recursos pueden desafiar a grandes potencias. No es necesario profundizar en el caso de los hutíes de Yemen que, sin controlar siquiera la totalidad del territorio, obligaron a Estados Unidos a negociar una tregua en el mar Rojo, al tiempo que han logrado bombardear Tel Aviv con misiles balísticos. Después de todo, un portaaviones tiene un costo de 40 000 millones de dólares, lleva una tripulación de 3 200 marineros y puede irse al fondo del mar con un misil de 1,5 millones de US$.
A escala local, la idea de una insurgencia que trata de enfrentarse a un ejército moderno y profesional, que ayer era una excentricidad juvenil, hoy ya no lo es tanto. Una guerra continúa decidiéndose sobre el terreno, y quien logre su dominio puede dar por alcanzados sus objetivos. En ese entendido, vuelve a ser un acto en que el capital humano resulta el gran componente del esfuerzo social realizado; sin embargo, la innovación en el plano militar ha puesto en manos de los débiles, infinitos más recursos para enfrentar a los fuertes. Con el inevitable efecto de nuevos y más cruentos conflictos en el futuro cercano. Esto, sin contar con la multiplicación de las capacidades de las organizaciones delictivas frente a los Estados.
[1] Aristóteles (2022) “Política” Alianza Editorial. Barcelona. Pág. 124.
[2] Ruigómez, Carmen (1988) “La guerra de la Triple Alianza: un conflicto regional” Ed. Quinto Centenario, Universidad Complutense. Madrid, España. Pág. 268.
[3] González Ruibal, Alfredo (2023) ““Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del paleolítico al siglo XXI” Editorial Crítica. Barcelona. Pág. 112.
[4] Spawforth, Tony (2019) “Una nueva historia del mundo clásico”. Ed. Crítica. Barcelona.
[5] Soto Chica, José. (2023) “Imperios y bárbaros” Ed. Desperta Ferro. Madrid, España. Pág. 98.
[6] Torrado, Xerardo (2025) “Ejército romano” Erasmus Editores. Madrid, España. Pág. 139 ss.
[7] Favereau, Marie (2024) “La horda” Ed. El ático de los libros. Madrid, España. Pág. 62.
[8] Crowley, Roger (2018) “Constantinopla 1453” Ed. El ático de los libros. Madrid, España. Pág.286.
[9] Parker, Geoffrey. (2020) “Historia de la guerra” Ed. AKAL. Madrid, España.
[10] Bellamy, Chris (2013) “La guerra absoluta”. Ediciones B. S.A. Barcelona. Págs. 144 ss.
[11] Hastings, Max. (2022) “La guerra de Vietnam” Ed. CRÏTICA. Barcelona.
[12] www.defensa.com
[13] www.defensa.com Fue el caso del buque insignia de la flota rusa en el mar Negro, el Moskva.