Al término de la Primera Guerra Mundial se estableció la Sociedad de las Naciones con el ánimo de que no volvieran a repetirse las atrocidades vividas en esa guerra. Por debilidad de muchos, arrogancia de las potencias totalitarias y ausencia de otros, este primer experimento de primera alianza mundial en pro de la paz fracasó rotundamente.
Luego sobrevino la Segunda Guerra Mundial, más atroz que la primera, la que culminó con la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se transformó en la columna vertebral de la arquitectura institucional que ha regido el orden internacional en los últimos 80 años. Se le puede criticar desde muchos puntos de vista, pero sin duda ha tenido la gran virtud de establecer ciertas líneas rojas que las grandes potencias no habían tenido el coraje de cruzar, a fin de evitar una nueva conflagración mundial. No fue establecida con el propósito de amparar a los “buenos” contra los “malos”, sino para proteger a los débiles conteniendo a los poderosos. Este orden internacional se basaba en tres pilares fundamentales: a) aspiración a ser una institucionalidad verdaderamente universal en la que participaran todos los países del mundo a través del principio democrático de “un país, un voto”; b) importancia de promover la cooperación internacional entre todos a través de un sistema en el que primara el multilateralismo; y c) crear las condiciones para que prevaleciera la paz y se buscaran soluciones pacíficas a los conflictos. El gran talón de Aquiles del sistema fue dar a las grandes potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Unión Soviética y China) derecho a vetoen las grandes decisiones políticas, lo que en definitiva terminó haciendo ineficaz a la ONU en los temas que afectaban a la paz.

Con la intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de Venezuela el 3 de enero de 2026, el orden internacional ha saltado por los aires. El 7 de ese mes Estados Unidos tomó la decisión de retirarse de 66 organizaciones internacionales, de las cuales 31 pertenecen al sistema de la ONU. Al respecto, el Secretario de Estado de los EE.UU., Marco Rubio, afirmó que estas organizaciones son “desperdiciadoras, ineficaces y perjudiciales”, asegurando que “son redundantes en su alcance, están mal administradas, son innecesarias, derrochadoras, están mal gestionadas, se dejan llevar por los intereses de actores que promueven sus propias agendas contrarias a las nuestras, o representan una amenaza para la soberanía, las libertades y la prosperidad general de nuestra nación”. Incluso Rubio fue más allá al proponer teorías conspiratorias agregando que “lo que comenzó como un marco pragmático de organizaciones internacionales para la paz y la cooperación se ha transformado en una extensa arquitectura de gobernanza global, a menudo dominada por una ideología progresista y desvinculada de los intereses nacionales” (de Estados Unidos).
Una nota distintiva de la actual política del gobierno estadounidense es el no disfrazar tras palabras de buena crianza sus objetivos políticos y económicos. Se dice que lo que les interesa es el control del petróleo de Venezuela (la nación con las mayores reservas petrolíferas del mundo) y no se hace referencia alguna al retorno a la democracia en ese país. Más aún confirman a la cúpula madurista como los administradores de Venezuela, la que opera bajo control directo de los Estados Unidos. Era una hipótesis impensable antes de que estos hechos ocurrieran.
Algunos analistas comienzan a hablar del “imperialismo desnudo”. No es sino la reformulación actualizada de la Doctrina Monroe acuñada en 1823 y que afirmaba que “América era para los americanos”. Originalmente era una forma de oponerse al colonialismo europeo en la región de las Américas y considerar cualquier intervención extranjera proveniente de otros continentes como un acto hostil contra los Estados Unidos. Salvo algunas voces aisladas, la formulación del Presidente Monroe fue bien recibida por los países latinoamericanos, que recién iniciaban en ese entonces sus procesos de independencia de potencias europeas.
Con el correr de los años, América dejó de ser para todos los americanos y fue solo para los estadounidenses. En 1904 el Presidente Theodore Roosevelt hizo aprobar un corolario para interpretar la doctrina Monroe, según el cual se reformula la política exterior de Estados Unidos y se da inicio a la era del “Gran Garrote” inspirada en un proverbio africano: “Habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”. Con esta política se justificó el uso de la fuerza como medio para defender los intereses de EE. UU., lo que se manifestó en innumerables intervenciones políticas y militares en América Latina. Se hace explícito que Estados Unidos ya no tiene amigos, sino solo intereses que defender.

Hoy el Presidente Trump ha vuelto a reflotar la doctrina Monroe designándola como “Donroe”, contracción de Donald y Monroe, que representa una peligrosa normalización de las intervenciones militares de Estados Unidos en América Latina, sin preocuparse mínimamente de las consecuencias de dichos actos. Esta nueva doctrina pretende legitimar una política exterior agresiva y sin contrapesos que, por una parte, debilita el papel de organismos multilaterales como la Organización de Estados Americanos (OEA) o la ONU, y también pone en riesgo a alianzas regionales como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), al imponer una lógica de dominio unilateral que transgrede todas las normas actuales del derecho internacional.
Un importante objetivo estratégico de la intervención en Venezuela es expulsar a China de América Latina y el Caribe como socio económico en muchos de los países de la Región a la que las autoridades norteamericanas consideran su patio trasero. La reacción del gobierno chino fue de condena a la acción estadounidense al calificarla como “abuso hegemónico”. El ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, afirmó que China “no aceptará que ningún país se proclame juez del mundo” y reiteró su defensa de la Carta de las Naciones Unidas. Los dirigentes chinos están conscientes de que, a pesar de su innegable poder económico, enfrentar a Estados Unidos en este nuevo contexto internacional es altamente complejo. Hoy se va consolidando en América Latina un frente de países gobernados por partidos de derecha y de extrema derecha (Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras y ahora Chile, entre otros) que son mucho más proclives a alinearse con Trump que a defender el liberalismo económico. Además, este año habrá elecciones en Colombia y Brasil en las que Estados Unidos tratará de influir de manera directa, tal como lo hizo en las últimas elecciones en Argentina y Honduras.

En este contexto, muy probablemente China seguirá actuando con su proverbial cautela, basada en los principios de la no injerencia, el beneficio mutuo y la cooperación, tratando de proteger sus inversiones (además de los miles de millones de dólares otorgados en préstamos y que están pendientes de devolución), aplicar el pragmatismo por sobre la ideología, y preparase ante la eventualidad de que un escenario similar al de América Latina se pudiera reproducir en África. Lo más probable es que China evite una confrontación directa con Estados Unidos. En teoría, su prioridad debería seguir siendo interna y no debería actuar de manera precipitada en Taiwán, aunque continúe amenazando con una posible intervención. Pero no está dicho que Xi Jinping descarte una respuesta militar en la que pudiera considerar “su” región. Es una hipótesis muy improbable, pero no se puede obviar el hecho de que el orden internacional se ha convertido en una brutal contienda de poder.
No es preciso ser muy agudo para comprender que las consecuencias de lo que sucedió en Venezuela tiene claras repercusiones no solo en China, sino también en otros lugares del planeta. Rusia sin duda se siente fortalecida en su particular conflicto con Ucrania y en su empeño de establecer líneas rojas con la NATO que le permitan mantener un colchón de seguridad con el resto de Europa. Está por verse también que sucederá con la NATO si Trump materializa su amenaza de ocupar Groenlandia. Tampoco parece factible que la Unión Europea asuma una defensa coherente del orden internacional basado en normas que decía proteger, mientras da un tímido apoyo a Dinamarca y dice muy poco sobre Venezuela, con el fin de evitar una confrontación con Trump. Y, mientras tanto, tiemblan Canadá, México, Colombia, Cuba y Brasil, entre muchos otros. Y quedan sin resolver los desastres creados o favorecidos por el Gobierno de Estados Unidos en Siria, Irán, Irak, Afganistán, Gaza y otras latitudes.
Menudo año 2026 nos queda por delante. Y allí estaremos los escritores y escritoras de PEN Internacional, levantando nuestra voz contra el socavamiento del derecho internacional, escribiendo literatura para fomentar el diálogo y la empatía, defendiendo el ideal de una humanidad que quiere vivir en paz e igualdad, rechazando la retórica del odio y del racismo, defendiendo la verdad y apoyando a las y los escritores perseguidos, y exigiendo a los gobiernos que rindan cuentas por sus actos.