Estoy dormido y mi mente flota,
desprendida en el inframundo,
contemplando la extensión de mi cuerpo
como si fuera un mapa
con sus secretos escondidos.
Cabeza de cabellos blancos
y pronunciada calvicie,
que delatan una edad
más allá del límite de los vivos.
Ojos un poco bizcos,
pero fijos en un solo punto,
denotan una concentración férrea.
Una nariz roma con aletas
que vibran al aliento
de un último viaje.
Patas de gallo en los bordes,
caminos a otra vida y otro tiempo,
labios delgados que aún sonríen,
y un mentón pronunciado
que se despliega en la papada
que desciende indecorosamente
hacia el cuello.
La cabeza descansa en un cuerpo grande,
desproporcionado en su forma,
con sus presas rendidas
a las leyes de la edad,
y en el pecho un tatuaje antiguo
con un nombre semi borrado,
que el tiempo no pudo olvidar.