Tragicomedia, candidez intelectual y restauración autoritaria

por Luis Breull

Mientras el sociólogo Alfredo Joignant documenta con precisión el derrumbe del intelectual público, el Presidente Gabriel Boric se resigna a administrar el poder con cortesía, envuelto en la liturgia de un Estado que lo sobrepasó hace tiempo, y José Antonio Kast capitaliza la escena con la simple promesa de orden y mano firme. Chile, en su infinita capacidad de ironía, convierte la decadencia en un ritual burocrático autoinmune que se reproduce a sí mismo, sin ideas y sin rumbo, pero con un reglamento perfectamente foliado y absurdas metas de programas de mejoramientode gestión que solo sirven para engrosar los bonos trimestrales.

En Chile restan cerca de doscientos días (seis meses y medio) para que Gabriel Boric entregue la banda presidencial y, sin embargo, el país ya vive con la respiración cortada el síndrome del pato cojo. La política se mueve como si el gobierno hubiese terminado, como si la cuenta regresiva se llevara por delante la capacidad de incidir. Lo paradójico es que el propio Presidente llamó en marzo a trabajar “hasta el último día”, pero nadie en el Congreso, ni siquiera dentro de sus coaliciones, actúa como si ese mandato tuviera sentido. El Ejecutivo arrastra iniciativas que flotan en un aire cargado de elecciones, y la atmósfera de campaña ya colonizó hasta la respiración de los proyectos más urgentes.

Los números, además, se empeñan en recordarlo; los sondeos de agosto muestran a José Antonio Kast liderando o empatando en primera vuelta y con ventaja clara en el balotaje. Lo llaman expectativa de triunfo, que en buen castellano se traduce en la percepción instalada de que Chile se encamina a un gobierno de derecha dura, moralmente conservadora, neoliberal en economía y con inclinaciones autoritarias en el uso del poder. El escenario no es seguro, pero sí altamente probable. Y esa probabilidad funciona como motor invisible de las decisiones políticas, empujando a cada actor a moverse en función del futuro presidente y no del actual.

En medio de esta transición anticipada, Alfredo Joignant publicó en El País un artículo que pone el dedo en la herida: El declive del intelectual público. Su tesis es brutalmente incómoda porque reconoce que la derecha internacional ha producido y exportado intelectuales de nueva generación –Curtis Yarvin, Nick Land y la fauna que orbita Silicon Valley– mientras la izquierda ha preferido replegarse en columnas “ilustradas” que se disipan en polémicas de corto aliento. La asimetría no es solo de ideas, sino de infraestructura. La derecha cuenta con think tanks, plataformas y capital financiero que multiplican sus discursos; la izquierda parece atrapada en sus rituales, convencida de que un artículo de opinión es suficiente para torcer el rumbo del mundo.

La incomodidad se amplía cuando Joignant recuerda que El otro modelo, texto fundacional de la autocrítica progresista, ha envejecido mal. No lo dice con rencor sino con la honestidad de quien admite que el libro no se actualizó frente al giro a la derecha de la sociedad chilena. Esa obsolescencia es, en parte, la explicación de por qué el progresismo se volvió incapaz de dotar de sentido la vida cotidiana de millones de trabajadores regulares e informales, que hoy miran con indiferencia los discursos que se limitan a enumerar identidades fragmentarias y debates woke, más preocupados de tallar su pureza en mármol que de resolver problemas básicos como transporte, salarios y seguridad.

Papers indexados, irrelevancia y góndolas de soberbia

Los partidos progresistas, mientras tanto, funcionan como clientelas enquistadas en cargos estratégicos en el Estado. Pequeños ejércitos de militantes devenidos “servidores públicos” cuyo principal objetivo no es transformar la vida social, sino proteger su propia permanencia y sobrevivir a las alternancias de gobierno, debido a que no saben ganarse la vida por si mismos si un partido no los apalanca. El progresismo ha terminado reduciéndose a una maquinaria que se reproduce a sí misma, que “reparte pegas” más atenta a la liturgia interna de cupos y salidas que al país. Y, como si fuera poco, el refugio de los expulsados de los gobiernos se encuentra en universidades que les reservan cupos si este empeño fracasa. Instituciones que han mutado en cámaras de eco academicistas y fuertemente polarizadas en sus niveles de ingreso y tipos contractuales.

Las universidades públicas más prestigiosas, otrora centros de producción intelectual con incidencia real, hoy se dedican -igual que las privadas- a engordar la góndola de papers indexados que aseguran acreditaciones y financiamiento. Una burocracia académica obsesionada con rankings y métricas ha reemplazado la vocación de dialogar con el país. Los exdirectivos de gobiernos de turno encuentran allí un cómodo asilo senior, engrosando rectorías, decanatos y centros de investigación que funcionan como supermercados de irrelevancia y cajas pagadoras a la espera del retorno a cargos directivos en el Estado. Estantes repletos de productos perfectamente embalados, inútiles para la ciudadanía, pero aptos para justificar ingresos y mantener intacto el clivaje de un poder académico desconectado. De estudiar a fondo la vida social y la cultura para difundirla y enseñarla, han transitado a decantarse en una subcultura cuyo principal objetivo es visibilizarse, autopromoverse y autojustificarse.

Gabriel Boric y la inercia de un Estado que lo sobrepasó

Este vaciamiento del pensamiento crítico en universidades y partidos abre un espacio fértil para que Kast y su coalición planteen sin pudor que gobernarán por la vía administrativa, esquivando el Congreso y ensanchando los márgenes del presidencialismo. Lo insinuó y lo repite… el Parlamento es un obstáculo menor, y el Ejecutivo puede avanzar con decretos, reglamentos y medidas directas. Joignant lo subraya con alarma, porque sin contrapesos intelectuales y políticos vigorosos, la deriva autoritaria encuentra campo libre.

José Antonio Kast ha sabido articular un estilo intelectual simple pero eficaz, esto es, reducir la complejidad de Chile a un relato único en torno al orden. Consciente de que la izquierda se deshilacha en identidades fragmentarias y que el progresismo universitario se refugia en papers irrelevantes, Kast se presenta como el político que interpreta con frases cortas y contundentes la ansiedad social por seguridad y control. Su estrategia intelectual no es erudita ni refinada, sino performática para instalar un diagnóstico total que convierte la inseguridad en metáfora de todo lo que está mal. El crimen organizado, la delincuencia cotidiana y el desborde migratorio no son solo problemas específicos, sino símbolos de un Estado que, según él, perdió la capacidad de gobernar.

La eficiencia de su campaña radica en cómo entrelaza esta narrativa con gestos de autoridad política. Kast se apropia del lenguaje de la inmediatez con promesas de “ordenar la casa”, “cerrar fronteras”, “devolver calles a la gente”, y lo hace en formatos mediáticos veloces, donde la frase lapidaria pesa más que el debate técnico. La estrategia comunica control, incluso antes de ejercerlo, porque cada aparición pública se construye como un acto de autoridad anticipada. Frente a un gobierno debilitado por el síndrome del pato cojo y partidos oficialistas enredados en clientelismos, Kast aparece como quien no duda, quien no titubea, quien enuncia sin adornos la agenda de seguridad que la ciudadanía exige.

La campaña ha sido quirúrgica en su capacidad de colonizar el sentido común. Cada asalto viralizado, cada crimen asociado al narcotráfico, cada noticia sobre migración irregular es reconvertida en insumo propagandístico que refuerza el guion de que Chile requiere “mano firme”. Kast no habla solo de leyes o programas, habla de un “nosotros” sitiado por un “ellos” difuso que mezcla delincuentes, inmigrantes irregulares y élites progresistas complacientes. La estrategia, más que programática, es emocional y simbólica; convierte el miedo en certeza y el descontento en promesa de autoridad. Allí radica la ventaja que hoy lo instala como probable triunfador.

Chile enfrenta hoy una paradoja mayor. El gobierno aún existe, pero se desangra en la inercia del pato cojo. En 2021, Gabriel Boric construyó una campaña que se apoyó en un discurso de renovación generacional y ética, con un eje en derechos sociales y en la promesa de superar el modelo neoliberal a través de un nuevo pacto social. Su narrativa se enmarcaba en la épica de la revuelta de 2019 y en la sensibilidad del progresismo europeo. La fuerza de esa estrategia residía en su capacidad de seducir a un electorado cansado de las élites tradicionales y abierto a experimentar un salto hacia un Chile distinto. Sin embargo, su énfasis en derechos culturales, sostenibilidad y diversidad convivía con una debilidad; la ausencia de un relato contundente sobre seguridad, crimen organizado y migración irregular, asuntos que ya asomaban como demandas sociales emergentes.

Cuatro años después, “Anton” Kast -como le dicen sus amigos desde el Colegio Alemán hasta los años 80 en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica, época en que coincidimos como dirigentes estudiantiles-, aprendió la lección contraria. Su campaña 2025 no busca enamorar a las élites culturales ni prometer pactos abstractos, sino ofrecer respuestas directas al malestar inmediato de la delincuencia, el narcotráfico, los barrios secuestrados y las fronteras desbordadas. Mientras Boric apelaba a la esperanza de cambios estructurales a largo plazo, Kast colonizó el presente con un lenguaje de urgencia. La estrategia es deliberadamente anti-intelectual, porque no ofrece modelos ni grandes marcos teóricos, sino certezas breves que el votante puede repetir en una conversación cotidiana. Cercar las fronteras, aplicar implacable mano dura, reordenar la casa… cada consigna funciona como antídoto al desgobierno percibido.

La diferencia de fondo es que Boric ganó en 2021 interpretando un ciclo abierto por el estallido, cuando el clamor ciudadano pedía refundar. Kast, en cambio, cabalga el ciclo de desencanto con esa refundación fallida, y lo hace transformando el miedo en estrategia. Su relato convierte la inseguridad en columna vertebral de la política, y su estilo busca transmitir autoridad antes que deliberación. Allí donde Boric se presentó como la voz de una generación que soñaba con cambiarlo todo, Kast se presenta ahora como el guardián que promete impedir que todo se derrumbe. En ese tránsito, el progresismo quedó atrapado en la contradicción de haber abierto expectativas sin resolver las urgencias, dejándole a Kast un terreno fértil para erigirse en probable vencedor. 

Cámaras de eco sin sentido versus nuevo sentido común

La izquierda aún habla, pero lo hace desde trincheras cada vez más irrelevantes, dedicadas a liturgias identitarias o a llenar góndolas de papers que nadie lee fuera de los integrantes de comités de acreditación. Y mientras tanto, la derecha prepara un proyecto de poder que crece y se robustece, con ecos globales y con la certeza de que la competencia de ideas ya la ganó hace rato.

El aporte de Alfredo Joignant -potencial y justo candidato para el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales-, es advertirnos de ese desbalance estructural. Su figura articula academia rigurosa con participación mediática, uniendo reflexión crítica y vocación pública. Pero lo suyo es más que una candidatura; es una llamada de atención de regreso al sentido y la reflexión crítica fundada. Si la izquierda no asume su derrumbe intelectual y su incapacidad de mirarse críticamente a sí misma y al país, si no reconstruye un ecosistema de ideas con valor de uso, que hable de seguridad y crimen organizado, de pobreza y salarios dignos, de educación con futuro, de viviendas en barrios debidamente protegidos y transporte eficiente, entonces la gobernanza autoritaria no tendrá más resistencia que la melancolía de los viejos debates. Como un ritual de letanías a repetir diariamente al atardecer en un senior suite.

El progresismo se aferra a liturgias mientras la ciudadanía pide certezas. Y en ese terreno de nadie, José Antonio Kast avanza con paso firme hacia La Moneda, no porque haya seducido al país con un relato luminoso, sino porque sus adversarios abandonaron hace tiempo la tarea de pensar lo común.

Chile como vacía opereta burocrática de lo público, declive intelectual y restauración de orden autoritario 

El artículo de Alfredo Joignant en El País permite articular un marco interpretativo nítido para comprender el devenir inmediato de Chile hacia 2026; la erosión del intelectual público progresista, la consolidación de la política como gestión de clientelas burocráticas y la colonización del espacio público por discursos de orden securitario y exclusión. Metodológicamente, la evidencia comparada muestra cómo la asimetría entre derechas con plataformas organizadas (think tanks, financiamiento transnacional, dispositivos comunicativos) y una izquierda encapsulada en cámaras de eco universitarias o en identitarismos fragmentarios, genera un vacío de capital simbólico que se traduce en ventaja electoral para proyectos autoritarios y neoliberales. 

En el corto plazo, Chile se encamina a un gobierno conservador con inclinaciones presidenciales expansivas, mientras la burocratización del pensamiento crítico —reducido a indicadores de productividad académica o a la administración de cargos— condena a la esfera pública a la irrelevancia. Lo distópico no es que los nuevos gobernantes impongan su orden, sino que ya no exista resistencia intelectual con densidad suficiente para disputar el sentido de lo común. Y si alguna vez las universidades fueron ágoras de ideas, hoy parecen supermercados de papers intrascendentes salvo para los comités de acreditación universitaria. 

El progresismo se aferra a liturgias mientras la ciudadanía pide certezas y la derecha chilena más tradicional avanza con paso firme hacia La Moneda. La gran ironía es que, mientras la pseudointelectualidad burocrática progresista se pierde en la siutiquería de discutir citas bibliográficas en revistas indexadas (abandonando hace tiempo la tarea de pensar lo común desde la política real y la vida cotidiana de la población), José Antonio Kast ya escribe, en letra gruesa y sin pie de página, el próximo capítulo presidencial de la historia política chilena.

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