Las credenciales democráticas y los tejados de vidrio

por Antonio Ostornol

Septiembre es un mes que concentra dramáticamente el vía crucis democrático de nuestro país. Si lo pienso en términos de mi propia historia personal, que empieza a registrarse a comienzos de los sesenta, me aparecen las dos primeras elecciones presidenciales de las que tuve conciencia e involucramiento (la de Frei Montalva el 64 y la de Allende el 70), y se me asoma también el lado oscuro del golpe de estado de 1973. Habría que sumarle a eso el 4 de septiembre de hace unos pocos años, donde se rechazó la primera propuesta constitucional. Es decir, bajo el amparo del mes de la patria, lo mejor y lo peor de nuestra trayectoria democrática.

Traigo esto a colación porque de manera obsesiva y recurrente se pone toda la discusión política en términos de definir quién es más o menos democrático en nuestra escena electoral. Esta discusión podría ser apasionante si, de verdad, a quienes enarbolan estos desafíos de pureza democrática les interesara realmente el problema y estuvieran seriamente preocupados de crear en Chile una conciencia del valor indiscutible de la democracia. El último episodio de este fenómeno, que tal vez debiéramos categorizar como de tragicomedia, fue suscitado por las declaraciones de Lautaro Carmona acerca de la salida del ex ministro Marcel, sus comentarios acerca del gasto social versus la responsabilidad fiscal, y esto trajo el recuerdo de la definición del PC como un partido marxista – leninista, según su último congreso. Rápidamente se trasladó esta discusión al ámbito de la campaña presidencial y se ha intentado instalar como gran tema la posibilidad o no de que la candidatura de las izquierdas pueda dar garantías de gobernar democráticamente el país.

Dicho de otra forma, se ha cuestionado la idea de que una alianza multipartidista, de izquierda y de centroizquierda, por el hecho de que uno de sus nueve partidos sea el comunista y que la candidata –entre otras cosas, elegida democráticamente para serlo- sea una militante de sus filas, constituya un actor legítimamente apto para desempeñarse en el espacio de la democracia. Las razones que se esgrimen, principalmente desde los partidos y voceros de la derecha, es que el PC no cree en la democracia liberal, aun postula principios revolucionarios que contienen implícitamente la idea de la dictadura del proletariado y que no se define frente a regímenes evidentemente dictatoriales, como el venezolano o el cubano. Uno pensaría que, a estas alturas del siglo XXI, ese argumento casi decimonónico o, al menos, de la guerra fría, ya no hiciera mella. Pero lo cierto es que influye en mucha gente y no poco. He conversado con personas que históricamente votaron por los gobiernos de la concertación o de la nueva mayoría (PC incluido) y que dudan si votar por Jara o anular el voto. Este es el efecto buscado por la estrategia comunicacional de la derecha: invisibilizar la evidencia de que Jara es candidata de una coalición muy amplia, con un programa de gobierno en proceso de consensuarse para que represente a todos, y no es la candidata del partido comunista. La mayoría de los partidos de esta alianza (mayoría no solo en cantidad de partidos, sino que, probablemente, también en términos electorales) no apoya las dictaduras de izquierda en Latinoamérica ni las de derecha, ni los populismos autoritarios de las diferentes partes del mundo.

A que se forme esta impresión, me parece, ayudan dos factores: una cierta esclerosis ideológica del partido comunista que se reivindica como identidad (el marxismo leninismo) y la carencia de una estrategia comunicacional de la campaña o de una capacidad para traducirla en mensajes claros y accesibles para los potenciales votantes. Las credenciales democráticas de la alianza “Unidad por Chile” son amplias y contundentes; también las del PC. En la práctica, los comunistas tienen una larga tradición de respeto al juego democrático. En una sola oportunidad convocaron al levantamiento armado y organizaron una fuerza militar importante (FPMR), pero en el contexto de un país que vivía una dictadura y un nivel de represión criminal. Por lo tanto, nadie podría enrostrarles que querían vulnerar la democracia porque esta no existía, ya que había sido abolida a través de un golpe de estado cruento. También se le acusa de intentar derrocar a Piñera en el contexto del estallido social. Algo de eso es verdad, pero no pretendían un derrocamiento por la fuerza sino a través de una acusación constitucional, lo que dadas determinadas circunstancias podría ser legítimo y democrático. En resumen, ¿a esta coalición le faltan credenciales democráticas? Por supuesto, no. Pero alguien podría refutar: hay declaraciones ambiguas, viejas proclamas de antaño, países admirados que no son democráticos. Sí, así es. ¿Implica eso que no hay credenciales democráticas?

Entonces la pregunta debiera ser la siguiente para determinar quién sí y quién no: ¿si alguien hizo declaraciones apoyando regímenes dictatoriales, si alguien conspiró para instalar en el país una dictadura de 17 años, de la que fue parte y que todavía defiende o no se atreve a calificar como tal, si alguien quiso hacer guerrillas en los años sesenta al estilo del Che, si alguien hizo la vista gorda en las invasiones de Estados Unidos a varios países latinoamericanos para botar gobiernos e instalar a sus amigos, en fin, hay un largo etcétera? Si ese fuera el criterio, no quedaría títere con cabeza: Evelyn Matthei, dada su curiosa relación con Pinochet y la dictadura, no tendría cómo presentar credenciales democráticas; Kast, con su admiración por la dictadura en Chile, tampoco podría esgrimir esas credenciales; para qué hablar de Kaiser. Entonces, no tendríamos candidatos presidenciales con credenciales democráticas suficientes. Si es por historia, ni Matthei ni Kast son más democráticos que Jeannette Jara.

La candidatura de “Unidad por Chile” tiene un desafío: no bailar al ritmo de la música que le pone la derecha. Hay que discutir de seguridad, economía y migración. Y hay que discutir en serio. Y también hay que discutir de salud, vivienda y educación. Ahí hay que levantar un discurso popular y realista. El tema de la responsabilidad fiscal (que lo aclaró correctamente Jara) no es que se oponga a la transferencia de recursos a los que tienen menos, sino que debe gastarse con tino porque de lo contrario, con fenómenos como la inflación, las pérdidas de poder adquisitivo, la escasez, los países terminan empobreciéndose. Lo vivieron las economías de los países socialistas; en América latina, lo vivimos en parte durante la UP; y lo ha vivido Venezuela, Cuba y la Argentina de los Kirchner. En cambio, con responsabilidad fiscal, Chile logró durante los gobiernos de la concertación mejoramientos efectivos y reales de la calidad de vida de los chilenos.

Como lo escribí hace un tiempo, voy a votar por Jara. No podría hacerlo por los otros candidatos. Por historia, por identidad. Y también por la convicción de que en Chile un gobierno que no sea mesiánico, que tenga carácter popular (o sea, pone el mejoramiento de las condiciones de vida reales como eje de su hacer), que esté dispuesto a construir mayorías que vayan más allá de sus propios partidarios, es el que puede ofrecernos un mejor futuro y es lo que puede hacer esta coalición de izquierdas que, en materia democrática, tiene tanto o menos tejado de vidrio que nuestra derecha criolla.

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2 comments

Guillermo Garay septiembre 4, 2025 - 9:19 pm

Tus credenciales democráticas, son para pressentarselas, a quien?

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José Miguel Barrios septiembre 5, 2025 - 1:34 am

Antonio Ostornol, lúcido como siempre. Impecable en la forma y en el fondo.

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