Más que una calle en La Reina. María Monvel: escribir contra el olvido.

por Cristina Wormull Chiorrini

Antes de ser María Monvel, fue Ercilia Brito Letelier: una niña nacida en Iquique en 1899, en un puerto donde la luz llega con un atisbo de desierto y el horizonte siempre parece prometer otra vida. Creció entre libros, silencios y una intuición temprana: la escritura sería su modo de existir en un mundo que no esperaba demasiado de las mujeres que pensaban.

Se trasladó muy joven a Santiago, donde la ciudad -rígida y masculina, más que hoy- la recibió con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Pero su voz ya tenía un timbre propio. En Selva Lírica (1917), su primera incursión en las letras, apareció como una poeta que no imitaba: respiraba distinto, con una musicalidad íntima que venía de lejos, de ese norte, del desierto que la marcó para siempre.

En los años siguientes, María Monvel hizo algo que pocas mujeres podían entonces: construyó espacios. Dirigió la revista Para Todos en Editorial Zig-Zag, tradujo, escribió relatos, publicó poesía y, en 1929, levantó un gesto pionero: Poetisas de América, una antología continental hecha por una mujer para visibilizar a otras mujeres. Gabriela Mistral la leyó con atención y la ubicó entre las grandes, un reconocimiento que en su época equivalía a abrir una puerta que casi siempre estaba cerrada.

La mejor poetisa de Chile, pero más que eso: una de las grandes poetisas de América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza del temperamento, a Juana de Ibarbourou por su espontaneidad. Gabriela Mistral refiriéndose a María Monvel

Pero la vida también la quebró. Se casó dos veces: primero con el crítico Armando Donoso, mucho mayor que ella, con el que mantuvo una relación intensa y desigual que dejó marcas profundas; luego con Luis Enrique Délano, en un vínculo más breve, más tenue, que coincidió con el deterioro de su salud. Murió a los 37 años, demasiado pronto, dejando una obra breve y herida, como si hubiera escrito siempre contra el tiempo.

Y aquí aparece la pregunta que atraviesa su figura: ¿por qué sabemos tan poco de ella? La biografía de Monvel está llena de huecos, contradicciones y silencios. Sus matrimonios se mencionan sin detalle y con falsedades; las grandes amistades como Gabriela Mistral, se conocen por las referencias, su deterioro físico se narra sin contexto; su posible amor —o admiración profunda— hacia una mujer queda apenas insinuado en sus poemas finales. No es casual: a las mujeres que escribieron desde la intimidad, desde la herida o desde el deseo, la crítica de su tiempo les impuso un mismo destino.

Lo vivió Gabriela Mistral en escala monumental; lo vivió María Monvel en un registro más íntimo, casi doméstico, pero igualmente decisivo. En ambas, la lectura masculina operó del mismo modo: allí donde había afecto femenino, vio fragilidad; allí donde había deseo, vio enfermedad; allí donde había una mujer hablándole a otra, prefirió la metáfora. A Mistral la convirtieron en madre simbólica para neutralizar su deseo. A Monvel la redujeron a poeta sentimental para no leer la intensidad de su “tú” femenino.

Yo traeré a la obscura soledad de tu vida 

mis sueños, mis canciones, mi juventud en flor. 

Incendiaré en mis llamas la juventud vencida 

y seré entre tus manos una olorosa flor. María Monvel, Comunión pagana

Ese borramiento explica por qué su nombre quedó relegado durante décadas. Pero también explica por qué hoy nos enfrenta: porque la memoria literaria, cuando se repara, ilumina lo que antes se quiso dejar en sombra.

En los últimos años de su vida, la poesía de María Monvel cambia de temperatura. Se vuelve más íntima, más dirigida, más consciente de su propia fragilidad. Ya no escribe desde la luz del norte ni desde la vitalidad de sus primeros libros: escribe desde un borde. Desde un cuerpo que se apaga y desde un afecto que no puede nombrarse del todo.

En esos poemas finales aparece un “tú” femenino que la crítica de su época prefirió no ver. Un “tú” que no es abstracto ni literario: es presencia. Una mujer concreta, cercana, que se vuelve refugio, consuelo, horizonte. Ese “tú” ilumina la voz de Monvel con una claridad herida, como si la poeta encontrara en esa figura femenina la única forma de sostenerse frente al deterioro físico y emocional.

La crítica contemporánea empieza a leer ese gesto no como fragilidad, sino como valentía. No como sentimentalismo, sino como lucidez afectiva. Y en esa lectura, María Monvel deja de ser una figura menor para convertirse en una poeta que escribió desde un lugar que la literatura chilena no estaba preparada para recibir.

“…la autora supo elegir sus versos y que lo hizo «con tal seguridad, con tal conciencia de su propia labor, que para el que examina el libro, es punto menos que imposible preferir una composición a otra; anteponer esta a aquella; gustar la hermosura de una, sin recordar inmediatamente la belleza de la anterior y de la siguiente« Abel Valdés, en crítica a Los mejores poemas, de María Monvel, El Mercurio. 4 de agosto de 1934.

Volver a María Monvel hoy no es un gesto arqueológico: es un acto de reparación. Su nombre, que durante décadas circuló apenas como una nota al pie, comienza a recuperar el lugar que le corresponde en la genealogía de las escritoras chilenas. No por nostalgia, sino porque su obra dialoga con preguntas que siguen abiertas: cómo se escribe desde la fragilidad, cómo se nombra el deseo, cómo se sostiene una voz cuando el canon decide no escucharla.

La figura de María Monvel emerge entre fragmentos: una vida breve, dos matrimonios, un “tú” femenino que la crítica prefirió no leer, una muerte no aclarada. Su obra, sin embargo, resiste. Y en esa resistencia se abre una pregunta urgente: por qué la olvidamos.

Ese borramiento explica por qué su nombre quedó relegado durante décadas asociado a una calle muy conocida en la comuna de La Reina, Santiago.  Pero también explica por qué hoy intentamos rescatarla.

Mi hija juega en el jardín 

y yo la miro quieta y triste, 

triste de tanta dicha, 

triste porque la dicha tiene fin. Mi hija juega en el jardín, María Monvel

Ensayos recientes sobre María Monvel han destacado de su notable poesía, el poema Mi hija juega en el jardín, en especial, por la reescritura realizada por Nicanor Parra y publicada como En el jardín, en el libro Páginas en blanco. En su version …”Parra cambia la figura de la hija por la de la nieta y modifica unas cuantas palabras, pero mantiene la esencia del poema original«, según Micaela Paredes, que agrega  «el lenguaje depurado y la intención narrativa, combinados con un vuelo lírico sutil, son lo que debe haber llevado al antipoeta no solo a reconocer la calidad del poema, sino a intentar una reescritura del mismo, como manera de hacerlo suyo» (Historia de una dicha extraviada. En Monvel, María. La dicha tiene fin).

Hoy, su figura se ilumina desde otro lugar. No desde la anécdota biográfica, sino desde la continuidad afectiva y estética que la une a otras escritoras: Mistral, Iris, Sara Hübner, las poetas que vendrían después. En esa línea, Monvel aparece como un eslabón que faltaba, una voz que permite entender mejor la trama de la literatura escrita por mujeres en Chile.

Su legado no está en la cantidad de libros -tiene una obra breve ycontundente- sino en la intensidad con que escribió y en la claridad con que abrió caminos que otras mujeres recorrerían después. Fue editora en una época en que casi ninguna mujer podía serlo; fue antologadora cuando la historia literaria aún no imaginaba una tradición femenina continental; fue poeta de la intimidad cuando la intimidad femenina era un territorio vigilado. Su poesía final, con ese “tú” femenino que la crítica quiso volver metáfora, se lee ahora como un gesto de valentía: una forma de decir lo indecible en un tiempo que no ofrecía lenguaje para nombrar ciertos afectos. Y en esa valentía, Monvel se vuelve contemporánea. No porque hable de nosotros, sino porque nos obliga a mirar lo que la historia literaria decidió dejar en sombra, como a tantas mujeres que pavimentaron los caminos de la historia.

Quiero un hueco en la almohada

 donde está tu cabeza. 

¡Quiero ese cielo azul 

donde acaso te encuentras!… 

¡Reza dulces rosarios con tus manos de seda! ¿Dónde se fue mi vida?  Últimos poemas, María Monvel

Reparar su memoria no es solo un acto de justicia: es una forma de ampliar el mapa. De reconocer que la literatura chilena está hecha también de voces que fueron relegadas, de mujeres que escribieron desde los bordes, de afectos que no encontraron espacio en el canon. María Monvel pertenece a esa constelación. Y al volver a ella, no solo recuperamos una poeta: recuperamos una forma de mirar, de sentir, de escribir contra el olvido.

«Dedicados a Laurita Viera Gallo de Alcalde, estos sonetos que debieron ser sesenta y que no alcanzaron a ser sino dieciséis. Directamente traducidos del texto inglés de Shakespeare, con ella y para ella. Homenaje de gratitud y de ternura al Ángel de aquí y al Ángel que es allá.» M. M. Dedicatoria a las traducciones de los sonetos de Shakespeare en Ultimos poemas, María Monvel

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1 comment

Pedro Lastra abril 24, 2026 - 3:57 pm

Excelente el artículo de Cristina Wormull Chiorrini sobre la poesía de María Monvel, una llamada de atención tan necesaria y reveladora por la información que procura como por la trascendencia de su lúcido comentario de una obra esencial.
Pedro Lastra

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