A comienzos de este mes, apareció la columna de un destacado analista de la plaza, el señor Cristián Valenzuela. La titulaba: “Se quieren robar la elección”. Tratándose de uno de los principales asesores políticos de la candidatura de Kast, un titular así no era trivial ni mucho menos ingenuo. Al leer el texto completo, queda en evidencia que se trata de una acusación al gobierno y a la candidatura de Jara. ¡Es impresionante! Está realizando una acusación política de la mayor gravedad y, que yo sepa, no se produjo un escándalo nacional como el que, me parece, amerita. El asunto es tan grave que llegué a preguntarme si este señor de verdad sabía lo que es “robarse una elección”.
Porque robos de elecciones hemos visto y algunos muy recientemente. Incluso más, no habría sido raro que su candidato o su partido hubiesen levantado la voz frente al simulacro de elección realizado por Maduro en Venezuela. ¿Lo habrá tenido a la vista antes de escribir su nota? Una elección sin medios de comunicación opositores, un colegio electoral enteramente domesticado por el poder ejecutivo, líderes opositores presos, interdictos o exiliados. Y, así y todo, tuvieron que esconder las papeletas donde constaba el resultado electoral, porque si las sumaban, perdían. ¡Eso es robar una elección!

En Chile, probablemente, lo más parecido a aquello en la historia reciente sea el plebiscito del 80, cuando se aprobó la constitución de Pinochet: sin registros electorales, sin partidos políticos, sin prensa opositora, sin propaganda excepto la oficial, etc. Seguro este señor era chico en ese tiempo y no lo vivió. Probablemente, tampoco se acuerde del plebiscito del 88, cuando perdió Pinochet, y tuvieron que pasar muchas horas de silencio oficial –ya se conocía el resultado- hasta que, en un descuido frente a los periodistas del general Matthei, este reconoció que habían perdido. ¡Eso es robar una elección!
Hoy, con la irrupción de las comunicaciones digitales, los mecanismos de incidencia ilegítima en una elección democrática son mucho más sofisticados. Están más asociados a la manipulación de la verdad y a la construcción de mensajes falsos, que a la burda manipulación de los procesos mismos. Sin ir más lejos, por ahí pasaron las estrategias electorales de dos connotados dirigentes que se sitúan entre los amigos de Kast, su jefe: me refiero a Trump y Bolsonaro. Si hacemos memoria, recordarán que ambos candidatos, mientras estaban en campaña y las encuestas permitían avizorar sus derrotas, levantaron la idea de que les “iban a robar la elección”. En esto, la columna no es nada original: repite la estrategia de sus correligionarios del más al norte. La receta parece simple: si se logra instalar a priori la idea de que las elecciones serán robadas, porque de lo contrario ganarían, entonces desconocer la legitimidad de un eventual “otro gobierno” es permitido y es posible rebelarse contra él. Fue lo que ocurrió en el Capitolio, cuando fue asaltado por las huestes de Trump, y lo que pasó en Brasilia, cuando los seguidores de Bolsonaro se tomaron el parlamento, los tribunales de justicia y la sede del gobierno, o sea, ni más ni menos que los principales sitios donde radica el poder simbólico de la República. ¿Estará pensando el señor Valenzuela que, si logra que la ciudadanía le crea que le quieren robar la elección y pierden, se debiera asaltar la Moneda en Santiago y el Congreso en Valparaíso? Porque eso sería robarse una elección.
La acusación al gobierno y a la campaña de Jara es gravísima y escandalosa. Si fuera cierta, ameritaría querellas, acusaciones constitucionales, destituciones de funcionarios públicos, etc. Nada de eso ha ocurrido. ¿Sospechoso, no es cierto? ¿Será que no hay como acreditar que alguien en Chile se quiere robar la elección? ¿O será, simplemente, que nunca estuvo la intención de probar nada y que solo le interesa sembrar la duda sobre la legitimidad de los resultados electorales y, con ello, el descrédito del sistema democrático? Paula Walker, en el diario La Tercera, proponía la siguiente reflexión: “No todo vale en las campañas presidenciales. Escribir a 70 días de la elección presidencial, cuando las campañas están desplegadas y con garantías plenas, que el adversario se quiere robar la elección es tirar el mantel democrático. Si no gana mi candidato, en este caso Republicano, hay robo en el proceso eleccionario.” Y refuerza su argumento, señalando que las “Campañas internacionales -y cada vez más las campañas nacionales- utilizan historias que no han ocurrido, pero parecen verdaderas, datos falsos, contenidos gráficos y audiovisuales engañosos, bots, redes automatizadas de cuentas falsas que generan tendencias e impactan en el clima de opinión pública”. Este pareciera ser nuestro caso de marras: afirmándose en tres argumentos distintos, ninguno de los cuales sustenta en sí mismo un intento de robo electoral, saca una conclusión falsa o, al menos, errónea. Veámoslo en detalle.

La primera afirmación que hace el columnista es incluso más tajante e indicativa que el título: hay un “intento desesperado de manipular, alterar y, en los hechos, robarse la próxima elección presidencial”. ¿Cómo se demuestra esta acusación? Primero, dice, que habría una “intervención electoral descarada del Presidente y sus ministros. Todos los días, a cada hora, ocupan La Moneda como una tarima de campaña. La norma de prescindencia, que debiera ser una regla de oro en democracia, hoy es un chiste cruel. Boric convirtió a sus ministros en activistas, de esos que se levantan cada mañana no para gobernar, sino para salir a enfrentar a los candidatos que les incomodan”. Esta afirmación, que luego han repetido parlamentarios de su partido, se refiere a algo tan elemental como el legítimo derecho de un gobierno a establecer la verdad cuando se difunden hechos o noticias falsas, o bien, se intenta revertir parte de lo que ha sido la obra de este mismo gobierno. Es algo sencillo: si alguien dice que los homicidios están descontrolados, el gobierno tiene la obligación de afirmar, como lo hizo recientemente el ministro Cordero, que estos de verdad han disminuido (demostrado por estadísticas confiables validadas al menos por las policías y el Ministerio público). O bien, si se dice que a este gobierno le da lo mismo la seguridad, las autoridades –siempre en honor a la verdad y en defensa de su propia gestión- deben salir a aclarar que, durante este gobierno, se ha aprobado un paquete inédito de leyes que refuerzan la acción de las policías, del Ministerio Público y de las cárceles. Eso no es intervención electoral. Si lo fuera, ya tendríamos sobre la mesa un reclamo a la Contraloría y su correspondiente fallo, o las acusaciones constitucionales que tanto les gustan a los republicanos y que tantas veces han perdido.
El segundo argumento es todavía más atrabiliario. Supuestamente, “la manipulación de la agenda legislativa” sería otra forma de robar la elección. Esto es más difícil de refutar porque es mucho más difícil entender cuál podría ser la conexión entre proponer una determinada agenda legislativa, cuestión que por ley debe hacer un gobierno, con un intento de robar un proceso eleccionario. ¿A lo mejor este columnista quiere que el gobierno proponga las leyes que sean de su gusto y no las que están en su proyecto político? Luego esboza un razonamiento algo falaz: el gobierno debiera actuar y no enviar leyes, porque el país necesita soluciones urgentes. El argumento se contradice consigo mismo: ¿por qué un gobierno no querría ocuparse de los problemas que agobian a la ciudadanía y que, obviamente, deterioran su imagen, pensando que eso le permite robar una elección? Mala reflexión.
El tercer argumento que justifica denunciar el intento de robo electoral es como él mismo escribe en su columna, la guinda de la torta: “el presidente de Televisión Nacional, con toda frescura, declarando que “hay que salir a enfrentar a Kast”. ¿Qué puede esperar un ciudadano común de los noticiarios o de un debate televisivo, si el principal ejecutivo del canal estatal se convierte en el vocero principal de la candidata Jara? Neutralidad, cero. Garantías, ninguna”. Este párrafo que asoma como concluyente está construido sobre una relación completamente equívoca y falsa. La declaración de Francisco Vidal es la que fue, dicha a título personal, en su calidad de miembro de la comisión política del PPD.

Por ahí leí que alguien pensaba que, sin ser ilegítima, era imprudente. Eso daría para otro comentario. El problema es que a partir de esa declaración se intenta concluir que TVN no tendría neutralidad ni daría garantías de pluralismo. Esto parece un chiste. ¿Saben quién lo dice? El señor Cristián Valenzuela, participante permanente del principal programa político Estado Nacional de TVN, que además es conducido por el periodista Matías del Río, que no parece ser un instigador de izquierda. Pero eso podría ser anecdótico. Las políticas de TVN son determinadas por un Consejo paritario entre gobierno y oposición, aprobado por amplia mayoría en el Congreso; la dirección ejecutiva recae en profesionales de larga trayectoria, tanto en lo periodístico como en la gestión. Entonces, ¿cómo se puede derivar de una declaración política de una persona sobre una elección la condición de parcialidad de una institución regida por el escrutinio público?
Finalmente, una de las últimas afirmaciones de la columna es rayana en el delirio. Asume que este gobierno pondrá todos los recursos del estado y toda la maquinaria de sus instituciones al servicio de la candidatura de Jara. Es tan absurda su interpretación, que prácticamente termina desacreditándola por sí misma: “La asimetría de poder es tan grotesca que hasta da risa: de un lado, un Estado con miles de millones en recursos, ministerios convertidos en comandos de campaña, un canal de televisión estatal y toda la maquinaria pública; del otro, un gordo tuitero escribiendo en calzoncillos”. O sea, todo un estado (el chileno), con todos sus recursos de todo tipo, al servicio de una campaña, versus otra campaña que se sostiene en un “gordo tuitero” que, entre otras cosas, difundía fake news en las redes. Esto es insostenible, realmente un chiste. Ni Valenzuela se lo cree.
Lamentablemente, y lo digo en defensa del columnista a quien también escucho regularmente en Mesa Central de T13, no creo ni por un segundo que se trate de un chiste ni de cierta ignorancia ni de insuficiente información. Aquí hay un estilo, una forma, un concepto. El corazón de la campaña de Kast es instalar la idea de que vivimos en un país degradado, que se encuentra en emergencia. Incluso no sería raro que al mismo Valenzuela se le haya ocurrido esta idea. Para eso, es necesario decir (y con titular en grande) que tal como están las cosas en Chile se puede robar una elección, que el estado entero está en campaña a favor de un solo candidato, que la televisión nacional es un órgano de propaganda y, aunque no lo dice pero se sobrentiende, acá en Chile el Servel no es garantía de una elección justa y transparente, que los resultados serían dudosos, que no podrían intervenir frente a tamaña flagrancia que se denuncia ni la Contraloría, ni los Tribunales, ni el Parlamento. O sea, viviríamos en un país cuyas instituciones están completamente corrompidas.
La columna que comento es como una radiografía o manual de cortapalos para instalar una fake news. Las instrucciones serían algo así: toma tres hechos que, a lo menos, sean opinables o interpretables con laxitud, mézclalos con harta frase agresiva, irónica y malintencionada, y termina sacando una conclusión que, como se dice en lógica, “no se sigue”. Por último, compártela con Trump o Bolsonaro para que sepan que por estos lados hay buenos discípulos y no nos quedamos atrás.
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Parece una estrategia creada más allá de nuestras fronteras, bien al norte, por asesores pagados con dineto fiscal gringo, materia en la que son expertos y copiadas por criollos pencas que no le llegan n a los talones a los mentirosos de yankilandia.