Los libros y yo, algunas anécdotas

por Dante Cajales Meneses

Las experiencias de vida son muy diferentes de una persona a otra. No solo está definida por la familia de origen, sus hábitos, ritos y aspiraciones. También está el tiempo vivido entre una persona y otra. 

Me formé en una época diferente a esta que estamos viviendo. El rápido desarrollo de las tecnologías convencionales y digitales transformó nuestra forma de pensar, modificando la cultura desde dentro. La imagen que tuve de los libros cuando niño no es la misma que un niño de hoy puede tener sobre sí mismo y los libros. Los cambios de los últimos cincuenta años aventajan con mucho a cuanto fue moderno, vigente y aceptado por todos, durante siglos. 

Crecí en un hogar lleno de revistas y libros. Recuerdo a mi madre firmando letras de pago por una enciclopedia que compró en cuotas. Tengo en la retina el mueble del comedor con una colección de enciclopedias de lomos dorados: Salvat; Monitor; Historia del saber. Ya en los ochenta, el mueble se terminó de llenar con la colección de Los mejores libros de la literatura universal y española de la revista Ercilla que mi madre encargaba al señor del quiosco de la esquina de su trabajo, en el centro. Soy parte de una de las últimas generaciones que comprendió el valor intrínseco de los libros.

En mi adolescencia temprana, los sábados que mis amigos elegían jugar a la pichanga en medio de la calle, con arcos improvisados de piedra, o asistir a la catequesis y los scouts, yo prefería ir al centro en bicicleta y encerrarme toda la tarde leyendo en la Biblioteca Nacional de Santiago. Fue en la Biblioteca Nacional, leyendo sobre la Revolución Francesa, que conocí la Encyclopédie de Denis Diderot y D´Alambert. Leí tanto, que me convertí en el adolescente más “grave” del grupo. 

En mi época de estudiante universitario exploré otros géneros literarios. Abrí el horizonte en cuanto a editoriales, autores y temáticas. De algún modo, pues, estuve preparado para continuar después en la Universidad. Varias veces dejé de comer y utilicé el dinero que me daba mi madre para almorzar y la micro, para comprar libros. Recuerdo haber empeñado en Plaza Almagro un reloj Casio CA-53W por La naturaleza y causas de la Riqueza de las naciones de Adam Smith. Nunca lo recuperé. Mis primeros libros de literatura marxista se los compré a un señor que se instalaba a la salida del metro, estación Los Héroes. Aluciné con el clásico Manual breve de historia y economía de Mitropolski y Kuznetsov. Al mismo vendedor, en una oportunidad le pagué con un completo un libro del poeta Vladímir Mayakovski.

Una vez visité a mi tío Hugo Meneses, hermano de mi madre, en su pequeña parcela de calle Gabriela, hoy La Pintana. Me entusiasmé con el libro El Estado y la Revolución de Lenin. Me lo prestó con el primer casete de Víctor Jara que tuve en mis manos. De regreso a mi casa, a la altura de Gabriela con avenida Santa Rosa, los carabineros estaban deteniendo las micros. Fue tanto el miedo que sentí y que revisaran mi bolso, que bajé antes y me fui caminando hasta Conchalí. Ese día anduve unos 30 km aproximadamente. En otra oportunidad compré con un dinero que tenía ahorrado para las fotocopias de la universidad una edición que parecía de lujo de Hojas de hierba de Whitman. Cuando llegué a mi casa, le saqué el plástico con el que estaba protegido. Comencé a hojearlo, el libro traía casi cien páginas en blanco. El vendedor nunca más se instaló en calle Moneda con Bandera. Por el año 2010 fui testigo como el vendedor de entonces de la librería Metales Pesados de José Miguel de la Barra le lanzó un tomo de El Capital de Marx a un asaltante solitario. Fue tan preciso el tiro que el libro le golpeó el rostro. El delincuente huyó. Nos quedamos mirando con el vendedor por mucho rato. El libro permaneció en un lugar especial de la librería. 

Me entristece ver que los libros han perdido el lugar que deberían ocupar en la vida de las personas. Me resulta difícil imaginar a veces los libros lejos de cómo he vivido la vida hasta ahora. Recupero el aliento y me conmueve cuando los libros se convierten en un refugio en medio de la barbarie de la guerra. El poeta bosnio Itzet Sarajlic sobrevivió entre libros al asedio a Sarajevo. O qué motiva a un grupo de niños gazatie rescatar libros entre los escombros de los bombardeos del ejército israelí (video).

En el Día Internacional del libro y la Lectura, esta nota no es más que mi declaración de amor a los libros, mi relación y algunas anécdotas con ellos. Sin embargo, pienso y siento que en tiempos de barbarie los libros llenos de palabras no pueden ser neutrales. Libros que permitan devolver al mundo la humanidad que la guerra nos arrebata.

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1 comment

Miguel Angel abril 23, 2026 - 1:16 pm

Clarísimo tu amor por los libros. Mis saludos.

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