Un crimen pasional, un bombazo y un fatal accidente aéreo enlutan a uno de los más grandes escenarios de Latinoamérica.
El Teatro Colón de Buenos Aires está terminando su año de celebración por el centenario de la creación de sus Elencos Estables, una apuesta que hizo del emblemático recinto la cuna de grandes artistas argentinos ya no solo alimentándose de compañías extranjeras. Es el Colón una de las muestras plausibles de las grandes apuestas culturales de la Argentina moderna, con una arquitectura monumental y una acústica reconocida a nivel mundial. Abrió sus puertas el 25 de mayo de 1908 con la obra de Guiseppe Verdi, Aida, y cuenta con 8.200 metros cuadrados –con una superficie total de 58 000 m²– y su salón principal, de 75 metros de profundidad y 28 de altura, con una rica decoración en dorado y escarlata, está dividido en siete niveles, con capacidad para 2.487 espectadores sentados; y cuyo escenario, de 35 metros de profundidad y 34 de ancho, ha recibido a los artistas más importantes de la historia contemporánea.
Pero como toda obra monumental, lleva en sus paredes la sangre de quienes lo habitan, destacando en su historia tres tragedias que marcaron su construcción, elencos y vida diaria; haciendo del Colón una obra de arte de la arquitectura que se forjó en torno a la tragedia.
Crimen pasional que descabeza la edificación

La historia del Colón, como la de toda obra destinada a la grandeza, no se levanta únicamente sobre planos y materiales nobles, sino también sobre las fisuras humanas que la atraviesan. Su construcción, extendida por más de dos décadas, fue una coreografía interrumpida una y otra vez por ausencias abruptas, como si el destino exigiera su cuota antes de permitir que el telón se alzara.
Francesco Tamburini, quien imaginó su forma inicial, no alcanzó a verlo erguido. Su muerte dejó el proyecto suspendido en una suerte de silencio arquitectónico, retomado luego por Víctor Meano, cuya sensibilidad técnica terminaría abruptamente en una escena de violencia doméstica que desbordó lo íntimo para inscribirse en la historia pública.
Aquella mañana de junio de 1904 no fue distinta a otras, salvo por un detalle mínimo, casi insignificante: el regreso inesperado. Meano volvió a su casa antes de lo habitual, interrumpiendo un orden clandestino que se había vuelto rutina. Lo que encontró no fue solo una traición, sino el instante exacto en que el deseo, el miedo y la violencia se entrelazan sin retorno.
El disparo no solo atravesó su cuerpo; también detuvo, por un momento, el pulso mismo de una obra que parecía avanzar pese a todo. La escena, brutal y breve, condensó en segundos lo que la arquitectura demora años en construir: una historia que ya no puede corregirse.
Carlos Passera, joven, inquieto, desbordado por una mezcla de audacia y torpeza, quedó atrapado en una trama que lo superaba. Su fuga, su posterior confesión y el juicio público que se desató en torno a su figura no hicieron sino amplificar el eco de un crimen que, en su núcleo, era profundamente humano: amor, celos, poder y desamparo.
Cuando finalmente Jules Dormal asumió la tarea de concluir el edificio, no solo añadió una impronta estética distinta —más cercana al refinamiento francés—, sino que cerró, sin saberlo, un ciclo marcado por pérdidas irreversibles. El Colón se completó, sí, pero ya llevaba inscrita en sus cimientos una memoria trágica que ninguna ornamentación podía ocultar.
La explosión de la fila 14

Dos años después de su inauguración, cuando el teatro comenzaba a afirmarse como un símbolo cultural de la Argentina moderna, otra irrupción violenta vino a quebrar la ilusión de continuidad.
Era 1910, año de celebraciones, de discursos, de una nación que se miraba a sí misma con orgullo en el centenario de su revolución. En ese contexto, el Colón funcionaba como vitrina de civilización y progreso. Pero bajo esa superficie, el país también vibraba con tensiones sociales profundas, difíciles de contener.
La explosión, breve y contundente, ocurrió en medio de la música. Un instante antes, la escena transcurría con la armonía esperada; al siguiente, el orden se fracturó en gritos, cuerpos en movimiento, miradas desorientadas. No hubo muertos, pero sí una herida simbólica: el teatro, ese espacio destinado a la belleza y la elevación, se convertía en escenario del conflicto.
La respuesta fue inmediata y, en cierto modo, reveladora. Mientras el público buscaba una salida, la orquesta interpretó el himno nacional. No era solo una forma de contener el pánico; era también un gesto político, una manera de recomponer, aunque fuera momentáneamente, el sentido de comunidad frente al caos.
Las investigaciones nunca lograron disipar completamente las dudas. ¿Un acto anarquista? ¿Una señal en medio de la disputa social? Lo cierto es que el episodio dejó al descubierto una verdad incómoda: ni siquiera los espacios más elevados están a salvo de las tensiones que atraviesan la vida colectiva.
El Colón, nuevamente, absorbía el golpe. Y seguía.
En el Río de la Plata

Décadas más tarde, cuando el teatro ya era una institución consolidada, la tragedia adoptó otra forma, más silenciosa, más distante, pero no por ello menos devastadora.
No ocurrió dentro de sus muros, sino en el aire, en ese espacio intermedio donde el arte viaja para encontrarse con otros públicos. El ballet estable, orgullo del Colón, se desplazaba hacia una función que prometía ser una extensión natural de su excelencia. Pero el trayecto, breve en apariencia, se transformó en un punto de quiebre.
El accidente no dejó margen para la interpretación. Fue abrupto, definitivo. La caída al Río de la Plata selló el destino de una generación de artistas que había llevado la danza argentina a un nivel de reconocimiento inédito.
José Neglia y Norma Fontenla no eran solo figuras destacadas; representaban una forma de entender el arte, un rigor, una entrega que trascendía la técnica. Junto a ellos, otros nombres, otras trayectorias, otras historias quedaron suspendidas en ese instante final.
El duelo se trasladó al propio teatro. Allí, donde tantas veces el movimiento había sido celebración, el silencio adquirió un espesor distinto. El Salón Dorado, colmado de flores y de una multitud que buscaba despedirse, se convirtió en un espacio de recogimiento colectivo.
Miles de personas se acercaron no solo a rendir homenaje, sino a participar de una pérdida que sentían propia. Porque el Colón, más que un edificio, ya era un organismo vivo, capaz de contener y amplificar las emociones de una comunidad.
El Teatro Colón permanece. Sus muros siguen en pie, su acústica intacta, su programación viva. Pero en cada función, en cada aplauso, hay algo que resuena más allá de la música: una memoria hecha de belleza y de fractura, de disciplina y de azar, de vida y de pérdida.
Quizás allí radique su verdadera grandeza. No en haber evitado la tragedia, sino en haber sabido, una y otra vez, seguir adelante pese a ella.