Esta “crónica de provincia” como la subtitula su autor Jaime Esponda, va más allá de eso. Es un relato minucioso de la etapa juvenil de Salvador Allende en Valparaíso, pero abarcando el ámbito más complejo de la realidad nacional e internacional en ese tiempo, realidades que se hacen presente como un encuadre dentro del proceso de maduración que condujeron al personaje por los ásperos caminos de la vida pública.
Es llamativa la forma en que el autor combina esas dos dimensiones, los sucesos nacionales y los internacionales, sin separarlos a lo largo del relato sino mostrando los hechos tal y como sucedían en esos tiempos tempestuosos que precedieron al auge del nacismo y a la segunda guerra mundial. Creo que gracias a la afición del autor por la música logra ese acorde narrativo que va subiendo en intensidad hasta que el protagonista, convertido en uno de los líderes nacionales del partido socialista, debió aceptar el “distanciamiento físico”, pero no afectivo, de su querido Valparaíso y de la “ciudad jardín”, Viña del Mar , ciudades donde vivió intensamente su vocación de médico y político hasta que fuera designado ministro de Salubridad por el presidente Pedro Aguirre Cerda durante el gobierno del Frente Popular en el año 1939.
Uno de los méritos destacables de la obra de Jaime Esponda es mostrarnos a través de la línea del tiempo – con estricta objetividad y sin dar un paso que no tenga un respaldo comprobable – cómo fueron surgiendo en el joven Allende las inquietudes que se anunciaban tempranamente y que lo llevaron a dirigir sus pasos hacia el espacio de lo público que parecía esperarlo para que pudiera dar todo de sí mismo, como lo hizo hasta el trágico final de su vida.
La ciudad y el territorio son participantes activos del relato: el puerto anclado en la bahía y su lento progreso urbano; la otra ciudad, emplazada arriba, en los cerros, con su pobreza y enfermedades a cuesta; Viña del Mar y los pueblos que van convirtiéndose en ciudades bordeando las montañas; el talante de la gente porteña, su bohemia, sus carencias y sus entretenciones; la tragedia del terremoto de Chillan, el pujante comercio; la aristocracia local con su distinción provinciana y sus prejuicios, y las luchas a veces cruentas que se libraban en la arena política, fueron acompañando al joven médico titulado con honores en la Universidad de Chile de Santiago, Salvador Allende Gossens, “el Chicho”, nacido en la capital, hijo de madre católica y padre masón, porteño de corazón, evertoniano, nieto de ilustres antepasados, batalladores, laicos , seculares y masones , como también lo fue el mismo, que llegó a ser Presidente de Chile.

Pese a su disciplinada objetividad, es inocultable la simpatía con que el autor observa los primeros años del joven Allende participando en la dura lucha partidista que se libraba en las calles, incluso a puñetazos si era necesario, contra las tropas de asalto nacistas. A mí me pasó lo mismo que al autor, recordando que en mi infancia vi pasar a Allende con su uniforme de las milicias socialistas, encabezando una marcha por la Avenida Libertad esquina ocho norte en Viña del Mar observado por sus vecinos, ante el espanto de mi abuela, que se persignaba, porque para ella todos los que pasaban eran “comunistas y ateos irremediables”. Los prejuicios y el miedo eran y siguen siendo una herramienta que no se desgasta con los años.
A mi juicio, la lectura de esta obra permite confirmar con creces que Salvador Allende reunió desde muy joven los atributos para ser considerado un genuino arquetipo de lo que debe entenderse como un político auténtico, dotado de cualidades morales y de coherencia, siempre fiel a sus principios.
Trataré de resaltar aquellas capacidades políticas que fueron surgiendo desde el comienzo de su juventud y que se fortalecieron con la práctica constante y el exigente apego al deber de responsabilidad que es inherente a un verdadero liderazgo. Me atendré solo a los límites temporales en que se mueve la obra: la juventud de Allende, ese período clave en toda vida humana, ya que lo más decisivo y determinante en nuestras vidas comienza a vislumbrarse en los albores de nuestra juventud.
Desde muy joven en Allende se manifestó su vitalidad a toda prueba, sin la cual no habría sido posible cimentar su larga trayectoria política que lo llevó al gobierno del país. Es sorprendente constatar la determinación con que esa energía, que provenía no solo de sus capacidades físicas y su voluntad, sino de lo más íntimo de sus convicciones como médico, se enfocaba directamente en las tareas que asumía y en lo que veía por su propia experiencia, lo que le permitió aquilatar la magnitud del estado de pobreza y abandono en que se encontraba la mayor parte de la población que vivía en los cerros de la ciudad. Allende no perdió esa fuerza vital con que sostuvo sus principios hasta el último momento de su vida, como a todos nos consta.
Otra capacidad que demuestra cabalmente esos rasgos arquetípicos en Allende fue su natural propensión para asumir la realidad fáctica y adoptar decisiones eficaces. El tan vilipendiado Macchiavello consideró con razón que este atributo del carácter, consistente en mirar de frente la realidad y no quedarse en cavilaciones sobre lo que debería idealmente suceder, es el signo distintivo de la eficacia en el accionar político.
El “sentido de la realidad” permitió a Salvador Allende leer el tiempo en que le tocó vivir desde que inició su camino en la vida pública. En esa etapa, tres grandes acontecimientos de la realidad perturbaron por completo al mundo entero y azotaron con especial crudeza a nuestro país: la gran recesión de 1929, con su secuela de pobreza y precariedad económica que se mantuvo muchos años; el ascenso del fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, que encontró fervorosos adeptos en nuestro país ocasionando, entre otros efectos, la proliferación de la violencia y la militarización de la política partidista y la segunda guerra mundial, el acontecimiento más sangriento de la historia de la humanidad , antecedida por la guerra civil española, dando paso a la guerra fría y a las nuevas instituciones que priorizaron el multilateralismo, que en esos días y hasta hoy , siguen enfrentando la embestida renovada de la ultra derecha conservadora.

Son múltiples los ejemplos que se leen en el libro que demuestran que el joven Allende seguía con atenta mirada esos hechos, fijándose metas concretas, con realismo y sentido práctico, para contribuir como persona y militante socialista, para hacer posible los cambios que exigía la crisis social y política que se vivía en el país en la década de los años treinta. Es así como aplicó “a concho” su energía en tres ejes centrales, muy bien destacados por el autor: En primer lugar: instalar y fortalecer el partido socialista de Chile en Valparaíso, Viña del Mar y las demás ciudades de la provincia, extendiendo su influencia territorial y electoral, dotándolo de las capacidades de movilización y autodefensa y así contribuir decididamente a fortalecerlo a nivel nacional como herramienta que juzgaba insustituible para la lucha social, democrática y popular, contra el avance del nacismo y contra la persecución de que fue objeto el partido por parte del gobierno del presidente Alesandri.
En segundo lugar: promover la unidad de los partidos de oposición y del movimiento sindical, participando activamente en la creación y desarrollo regional del Block de Izquierdas y de la futura Confederación General de Trabajadores (CGT) para terminar con la fragmentación y las divisiones que restaban eficacia al movimiento popular y a su capacidad de movilización.
En tercer lugar, organizar en Valparaíso y también en el país, ya alcanzada una notoriedad nacional siendo diputado, el Frente Popular, que logró reunir a los partidos, radical, socialista, comunista y otros sectores en la dura campaña electoral que culminó con la elección del presidente Pedro Aguirre Cerda en el año 1938, que alcanzó la más alta votación a nivel país en la provincia de Valparaíso.
Jaime Esponda ha logrado demostrar con ejemplos concretos la intensidad y energía con que Allende llevó a cabo esos desafíos, con su estilo de trabajo colectivo, su disciplina, su capacidad de organización y su reconocida “muñeca” para encontrar acuerdos, unidas a su potente oratoria que lograba convertir los anhelos dispersos en un impulso común.

Allende fue reconocido como figura nacional de su partido y fue designado poco después por el presidente Aguirre Cerda como ministro de Salubridad del gobierno del Frente Popular. Su vocación como político y como médico encontraron así un cauce para desplegarse en plenitud.
Pero esa nueva etapa lo obligó a trasladarse a la capital, aunque cada vez que pudo hacerlo, volvía a su querida provincia, a su casa en Viña del Mar, en que vivió sus años de juventud. Pasado un tiempo, volvería a menudo como senador, ya consolidada su trayectoria política, sembrada de triunfos y derrotas, hasta culminar en la Moneda como presidente del país. Allí entregó su vida defendiendo la democracia, sin claudicar de las convicciones que se fraguaron cuando, siendo un joven lleno de energía y anhelos por cumplir, recorría las calles de Valparaíso.
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Excelente complemento y analisis de la obra y del personaje.