El cínico actual considera que es el perfecto opuesto al ingenuo. Está seguro de saber cómo es la realidad de las cosas y la verdad de los seres humanos, por oposición al ingenuo, que se pasa películas para no ver la crudeza de lo real a la cara.
El cínico sabe que las personas son paquetes de conveniencias y nada más, aunque el ingenuo crea que sus motivaciones más hondas son convicciones valóricas y principios morales. Y entiende a las cosas simplemente como instrumentos útiles para satisfacer sus conveniencias, aunque el ingenuo crea que las hay sagradas que tienen valor en sí mismas. ´Ingenuo´ es un término insultante para el cínico, quizás el peor. El cínico sabe que todo lo que ocurre es por una razón de la que no se hace ilusiones: la conveniencia de alguien. Es un racionalista que entiende bien que la única razón – siempre operativa – para lidiar con otros seres humanos es el intercambio de conveniencias, la transacción de satisfacciones mutuas. ¿Qué más? La verdad es que no hay más motivaciones que esas.

Hasta que el cínico se encuentra con seres humanos con convicciones. Pasó en grande en Vietnam, ocurre en Irán, ocurrió hace poco en Afganistán. Pasa todos los días con el juez, el político y el funcionario probos, que no se corrompen, que respetan normas éticas. Quizás son menos de los que querríamos, pero los hay. En estos encuentros el cínico normalmente falla, y lo hace creyendo que se encuentra ante fanáticos perturbados, engañados, ´bastardos locos´, al decir del Cínico en Jefe actual. Gente que no entiende cómo son realmente las cosas e incluso ignora cuáles son sus verdaderas conveniencias.
El cinismo no puede aceptar que además de las conveniencias, y sin necesidad de apechugar con los valores y principios elevados del ingenuo, a los seres humamos los puede mover el orgullo, la dignidad, la rabia ante la ofensa, sostener desafiantemente su autonomía. Motivaciones que no tienen más razones de ser que ellas mismas, que definen a quienes las tienen poniendo en su lugar las conveniencias. Pueden ser traicionadas, por supuesto, pero solo mediante traición. No pueden ser intercambiadas por conveniencias sin traicionarlas. Un lenguaje y un comportamiento que para el cinismo es sinónimo de locura.
El cínico está seguro de que somos conveniencias hasta la médula. Pero una creencia, esa como otras, no es una conveniencia, no tiene otra razón de ser que ella misma. No se hace la pregunta ¿cuál es la conveniencia de la conveniencia?, porque cree que es algo evidente que la conveniencia es conveniente, aunque eso, obviamente, no le agrega nuevos condimentos al caldo. El cínico simplemente la acepta como razón definitiva que no necesita mayor justificación. Es lo que lo hace fatalmente ingenuo, preso de sus creencias sin razón tanto como el despreciado ingenuo es preso de las suyas.
La gran diferencia es que mientras las ingenuas creencias del ingenuo son elevadas, acercando al humano a los ángeles, la ingenuidad de las creencias del cínico es baja y lo acercan a los oscuros espíritus subterráneos. Despreciadores ambos de lo terrestre, no atinan a afirmarse en la tierra con firmeza. Mientras uno flota en las alturas, el otro subterranéa con pesadez. Lo malo es que la ingenuidad del cínico lo deja habitualmente inerme ante gente con convicciones.