Día y noche:  El sol y la luna. Rudolf Nureyev y Erik Bruhn

por Cristina Wormull Chiorrini

Fueron los mejores de su tiempo y superaron rivalidades y diferencias logrando congeniar, no sin turbulencias, trabajo y romance. Ambos fueron tremendamente exitosos en la danza clásica, Nunca pudieron vivir juntos porque el trabajo los ubicaba en distintos escenarios, uno con personalidad primitiva y el otro de perfil bajo y refinado. Algo que coincide con el lugar donde descansan los restos de cada uno.

Rudolf Jamétovich Nuréyev nació el 17 de marzo de 1938 a bordo del tren que trasladaba a su madre a Vladivostok, donde estaba destinado como comisario del ejército su padre. Sus padres eran tártaron musulmanes. Su infancia, que él recuerda como muy dura, transcurrió en un pequeño pueblo próximo a Ufá, en la república soviética de Bashkordostán.

Durante su infancia vivió la pobreza y el hambre junto a sus cuatro hermanas.  Los hermanos debían turnarse el uso de los zapatos que tenían para poder salir de la casa y su madre adecuaba la ropa usada por las niñas para vestir al pequeño Rudolf.

En la escuela destacó muy niño como intérprete de danzas folclóricas, aunque la pobreza y la Segunda Guerra Mundial demoraron sus estudios de ballet hasta 1955, cuando pudo ingresar en la Academia Vagánova, dependiente del Ballet Kirov de Leningrado, en donde lo descubriría   el maestro Alexander Pushkin, que vio en él al bailarín más talentoso que la escuela hubiera conocido a lo largo de su historia.

“Nunca tuve lugar para estirarme por completo en mi cama”, Rudolf Nureyev.

Erik Evan Belton Bruhn, nació en la Copenhague, Dinamarca en 1928, se destacó por su baile sutil, con pasos precisos y la representación máxima de la suavidad. A los 9 años ingresó a la Escuela del Real Ballet Danés, la misma que con el correr del tiempo le ofrecerían dirigir, pero que rechazó no una sino dos veces.

Bruhn se destacó no solo por su técnica perfecta sino por el cuidado y apoyo a los jóvenes bailarines. Empezó a bailar para refugiarse de su incapacidad de relacionarse de forma normal con los niños de su edad. Esta incomunicación le hizo que se centrara más en el ballet y estudiase hasta el más mínimo de sus resortes. En la adolescencia parecía saberlo todo, estudiado todo y a los 18 ya era bailarín titular de la Royal Opera de Copenhague, en plena II Guerra Mundial.

El «mejor danseur noble” de su generación -según se lo calificó- tuvo su debut internacional en Londres. Se lo consideró uno de los últimos “exponentes puros” del método Bournonville, una técnica de ballet clásica danesa, creada por August Bournonville, que se caracteriza por su ligereza, alegría y naturalidad.

Posteriormente a su estreno en la isla europea, Bruhn desarrolló su carrera en el American Ballet Theatre, de Nueva York. En aquella institución grabó una película que llegó de forma clandestina a la tierra natal de su futura pareja.

El soviético Rudolf Nureyev, uno de los bailarines clásicos más famosos del mundo, y el danés Erik Bruhn, quien dirigió el Ballet Nacional de Canadá y el Ballet Real Sueco, se conocieron cuando el primero tenía 23 años y el segundo 32.  Fue amor a primera vista y una pasión que perduró con altos y bajos hasta que la muerte los separó en 1987.  El primero era el sol, el segundo la luna.

Contrario al mito de que Nureyev se presentó en la puerta de la casa de Bruhn, en realidad se conocieron en Copenhague por intermedio de la bailarina Maria Tallchief. El joven ruso, para este primer encuentro, ya había desertado de la URSS en París.

“Nunca vi a un hombre en el escenario tan grandioso e inspirador, y creo que yo significo lo mismo para él”, dijo Nureyev refiriéndose a Bruhn.

El momento clave de su deserción está en la escena de El bailarín (The white crow, dirigida por Ralph Fiennes, 2018) que ocurre en el aeropuerto parisino de Le Bourget y donde jugó un papel decisivo la joven chilena Clara Saint, novia de Vincent Malraux, que había fallecido días antes en un accidente de tráfico y era hijo del escritor André Malraux, por entonces ministro francés de Cultura. Clara fue una de las personas que convenció a Nuréyev de la necesidad de pedir asilo político en Francia.  Desgraciadamente, ella nunca dejó que se publicara alguna foto y no es posible conocer su rostro.

 “Saber lo que es hacer el amor como hombre y como mujer es un conocimiento especial”Vanity Fair.The Last Days of Nureyev.

Nureyev era un vendaval de pasiones e infedilidades.  No diferenciaba a los hombres de las mujeres, no discriminaba de forma alguna. Pero el vínculo con Bruhn fue el más duradero y una constante entre ambas estrellas pese a las frecuentes peleas motivadas por el “apetito sexual voraz” de Nureyev.

Intentaron convivir en varias oportunidades, pero la carrera de cada uno los mantenía separados. También las rupturas que originaban apasionados reencuentros.  Extraordinariamente, compartieron escenario en el verano de 1975 en Nueva York con la obra Coppélia. 

“Si me escribes o me llamas, para decirme que tu amor por mí sigue siendo fuerte, me devolverás la energía, la confianza y la esperanza”, Erik Brhun en carta a Rudolf durante una de sus rupturas. 

Nureyev se benefició con la precisión extra de Bruhn, y éste con la intensidad y pasión del bailarín ruso. Claro que Nureyev era un hombre insaciable y pronto quedó claro que su relación, más que sexual, era romántica. “Es el amor de mi vida”, decían siempre el uno del otro y se sabe que la fijación de Nureyev fue tal que aseguró que no quería sentirse tan vulnerable nunca más y se negó volver a enamorarse.

 “Si hubiésemos tenido la misma edad, no sé si hubiésemos podido aguantarlo, pero yo era diez años mayor así que nuestras perspectivas siempre fueron diferentes”, confesó Bruhn.

Como ocurre ahora con Messi y Cristiano, había quien los quería enfrentar, elegir entre ellos, pero Bruhn era listo y sabía cómo torear a la prensa. Él era Cristiano, la perfección técnica, el estudio, la gracia. Nureyev era Messi, el instinto, el talento natural, la magia, la locura. Ellos dos nunca eligieron, sólo se robaron todo lo que pudieron el uno del otro, incluido su corazón.

Bruhn abandonó la danza para centrarse en ser director creativo y coreógrafo del Ballet Nacional de Canadá, aquejado de un cancer de pulmón del que morirá a los 57 años en Toronto (1986), convertido en absoluta leyenda de la danza. Nureyev pierde su norte con el fallecimiento del danés, pese a que su círculo social incluía figuras como Jackie Onassis, Andy Warhol, Mick Jagger que cenaban frecuentemente entre pinturas y esculturas en sus departamentos de Nueva York o París. 

Al momento de la Muerte de Erick, Nureyev ya ha enfermado de sida, pero se niega a reconocerlo ni a comenzar ningún tratamiento. Él es Nureyev, un genio, y los genios no mueren como todo el mundo. Ya no cuenta con los consejos de Bruhn y poco a poco se va apagando. A principios de los 90 los rastros de la enfermedad son evidentes, pero él no se oculta. Él es siempre Nureyev, enfermo o no, y, a principios de 1993, también fallece dejando por completo huérfano al mundo de la danza. Entonces tenía 54 años.

«Era como un adicto. Me temblaba el cuerpo si descansaba dos o tres días», confesó Erik en una entrevista rescatada por el New York Times.

Los restos de Nureyev se encuentran en el cementerio ruso de Sainte-Geneviève-des-Bois, cerca de París, con una tumba que sobresale por: un manto colorido y único, separado de la desapercibida y clásica tumba de Erik en el cementerio de Mariebjerg, Copenhague.

“Cuando empecé, la unanimidad sobre mi talento me abrumó.  No sentía estímulos.  Pero entonces llegó él, con una técnica totalmente diferente, y él se convirtió en mi competición” Bruhn refiriéndose a Nureyev,

 El amor, en definitiva, nunca bailó tan bien.

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