Esa profunda misericordia por el vencido

por Dante Cajales Meneses

Cuando el familiar de una persona desaparecida no puede vivir el luto tal como lo conocemos, recibe el nombre de “duelo suspendido”. Es esa imposibilidad de cerrar el ciclo del dolor de la pérdida del ser querido por la incertidumbre de no saber si está vivo o está muerto.

La humanidad es un inmenso cementerio de criptas, catacumbas y sepulturas sin nombres, fosas comunes. Ahí están los desaparecidos de las guerras mundiales, las guerras civiles, los desaparecidos del narcotráfico, los que quisieron cruzar la selva del Darién, el Río Bravo o el desierto de Sonora en busca de una mejor vida. Los desaparecidos de las dictaduras cívico-militares latinoamericanas de los años setenta, los desaparecidos de los genocidios étnicos. Lo cierto, lo real, es que hay alguien en “duelo suspendido”.

Me pregunto si no enterrar a tus muertos es acaso volver a un estado anterior a la humanidad. En literatura hay casos de profunda misericordia por el vencido, donde se pausa la hostilidad mutua. Hay un acto básico, y que no solo está en la Ilíada, en que Aquiles mata a Héctor y lo humilla, y lo arrastra. Y el padre, Príamo, rey de Troya, padre del héroe muerto en manos de Aquiles, le ruega para que le devuelva el cadáver de su hijo. Aquiles se apiada y se lo devuelve. Ese acto de misericordia no es exclusivo del relato cristiano cuando los romanos devuelven el cadáver de Jesús; también está en Antígona de Sófocles, en la Araucana de Ercilla, en el Popol Vuh, el libro sagrado maya.

Me conmueve especialmente el relato en La Araucana. El hablante en La Araucana está de guardia. Después de una ofensiva, el campo está lleno de muertos. En el transcurso de la noche ve una sombra que se mueve entre muertos mapuches. La sombra que el protagonista divisa entre los muertos lo coloca en alerta. Piensa que alguien se ha infiltrado y va por él decidido a matarlo. Se da cuenta de que es una mujer. Esa mujer es Tegualda. Está buscando el cadáver de su amado, Crepino. Quien relata el episodio se apiada, incluso ayuda a la mujer a buscar el cadáver. Lo encuentran casi de madrugada y ordena a unos Yanaconas, que los vayan a dejar a los límites del bosque para que le puedan dar sepultura. 

En el relato literario, el cadáver se devuelve. Si tú no entierras a tus muertos. Los muertos no terminan de morir y tú tampoco puedes completar tu vida. Eso es lo inhumano, lo infinitamente cruel.

El motivo literario donde un personaje solicita el cuerpo sin vida de un ser querido a su enemigo (quien suele ser el responsable de la muerte) es un tema clásico que resalta la humanidad, la piedad, el honor y el duelo por encima de la venganza. Humanización del enemigo: La piedad de Aquiles, al ver el dolor de Príamo o de Guacolda en la Araucana de Ercilla, demuestra que la muerte iguala a los combatientes. 

Ante estos relatos, lo humano parte en el momento en que alguien se da cuenta de que lo que le pasó al de al lado, en una cacería, en un campo de batalla, también va a suceder con él. En ese momento, la humanidad del sobreviviente descubre su vulnerabilidad ante la muerte. Pareciera que en la muerte se comprende la dimensión del otro, como un igual.

Sin la mediación de la escritura, la fuerza y vitalidad de lo oral tienen una influencia inmediata, potente, sobre los seres humanos. Leer el libro de Job, leer el Cantar de los Cantares, leer a los griegos, los textos Anales de los Kaqchikeles, principal pueblo indígena de Guatemala. Aun así, de ser tan distintos en contexto y geografía, tienen al mismo tiempo la fuerza impresionante de lo que describen sobre la devolución del cadáver en manos del enemigo. Un acuerdo entre las palabras y las cosas. La palabra agua fue inseparable del agua. Hoy día, todas las palabras significan otra cosa. Incluida la muerte.

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