Para que sepas. Un cuento por Odette Magnet

por Odette Magnet

Una fuerte ráfaga de viento se lleva mi jockey de cotelé que me había regalado un vecino de San Miguel, en Santiago. Me doy vuelta rápido, giro y desde arriba bajo corriendo las escalerillas del avión, empeñado en rescatarlo. No hay caso: mi jockey vuela alto y se pierde en la multitud de pasajeros que esperan subir lo antes posible, ordenados, silenciosos. En esos tiempos no había mangas de avión y era tradicional tomarse la última fotografía en la escalerilla, levantar una mano como saludo breve y solitario. Me siento al lado de la ventana, y apoyo mi mano izquierda sobre esa superficie surcada por finos hilos de agua que bajan lentamente. Quisiera que mis huellas quedaran impresas sobre este plástico celeste para siempre, para que nadie me olvide, para que sepan que yo estuve aquí sentado en el asiento 8 ventana de Lufthansa un 20 de octubre de 1976 con mi madre. Aún tengo esa foto, que me tomó antes de iniciar ese viaje que no tendría regreso ni para ella ni para mí. Por enésima vez mis ojos se clavan en la imagen color sepia de un niño de pantalón corto de paño café, una chomba verde de punto grueso que, imagino son arvejas crudas. Me la había tejido mi madrina Inés durante un verano largo, sin sorpresas.

Siento un aleteo agitado en mi pecho como si un pájaro herido quisiera escapar de su jaula y tocar el cielo, como lo haré yo en pocos minutos. Tengo seis años y la huida de mi jockey deja al descubierto un par de orejas grandes, salientes. ¡Pailón!, me gritaban algunos cabros del barrio cuando nos juntábamos a jugar una pichanga. Yo era el menor de la pandilla y entonces no me atrevía a contestar, ni a sentir nada. Era un niño invisible, como todos a esa edad.

Una noche a la hora de comida mi madre me dijo que dentro de poco haríamos un viaje largo y lejos. Empezaremos una nueva vida, nosotros dos, dijo, y justo ahí se le quebró la voz y bajó la mirada hacia el plato de sopa que se iba enfriando sin remedio.

– ¿Y el papá? -le pregunté mientras me llevaba la cuchara a la boca.

-No irá-me respondió-con la voz ronca, carraspeando durante unos segundos. Tuvo que viajar por unos negocios y será largo, no tiene para cuando volver. Pero no digas nada, 

Pedrito, me advirtió, si te preguntan dónde está diles que se fue de viaje por trabajo. Nada más. Tampoco tienes que darles más detalles.

Mi padre era vendedor ambulante de enciclopedias y diccionarios. Mi madre, dueña de casa. Yo no dije ni una palabra más, pero intuí que este tema no se volvería a tocar con ella ni con nadie. Menos en mi colegio. Como hijo único mi mundo era reducido a una burbuja, que se reventó el día que perdí mi jockey y mi patria. 

La azafata me entrega otra frazada para que no pase frío y mi madre le dice danke casi en un susurro. Sé que es alemán porque desde hace semanas ella lee un diccionario-español-alemán en sus momentos libres. Nos vamos a la erredeá, me había contado hace poco, y yo la miré fijo y me encogí de hombros, parado, en medio del living.

-La RDA, m’hijito-me dijo. A Alemania, ¿entiendes?

Con el tiempo entendí eso y muchas otras cosas. Mi madre ocultaba algo o mentía para protegerme. Alemania, más bien Berlín, sería mi hogar de vida. Permanente. El nombre de mi padre no se volvería a pronunciar hasta que mi madre supo que tenía sus días contados con un cáncer óseo y los médicos no le dieron ninguna esperanza.  Aunque la trataron con un cariño inmenso y le brindaron el mejor tratamiento posible. Sólo entonces tuvo la certeza de que había llegado la hora de hablar. Me lo dijo una mañana de invierno, con la nieve que comenzaba a ensuciarse, atrincherada en las veredas, y los árboles raquíticos, como mi madre. La verdad, como la llamaba ella, caería esa mañana como un alud de rocas gigantes desde un despeñadero. Nos reunimos en su cocina, cerca del mediodía. Hace quince años vivía sola en un departamento modesto pero confortable, cerca de la estación de trenes. Para entonces yo estudiaba licenciatura en artes y tenía una novia alemana que estudiaba ciencias políticas. Mi madre llevaba una vida ordenada, placentera. Se había adaptado bien. Dirigía un taller literario con siete amigas de distintos países de habla hispana que se reunían todos los lunes en casa de una de ellas. Escribían poco, pero se contaban sus vidas con entusiasmo devoto.

-Yo caí primero-me dijo mi madre- mientras revolvía su chocolate caliente, a la hora de la verdad. Tu papá y yo éramos del partido socialista, militantes desde muy jóvenes. Yo era trabajadora social; él, estudiante de sociología cuando nos conocimos. Embriagados por el triunfo de la revolución y todo lo demás que ya conoces, nos casamos y tú naciste poco después. Pasamos el 11 de septiembre saltando por los techos de casas ajenas, nos sumergimos en la clandestinidad, cambiamos de casa cada semana. La policía secreta nos mordía los talones. A poco andar nos dimos cuenta que estábamos jodidos. Tú tenías apenas tres años y te dejamos con mi mamá. Los compañeros caían como moscas y decidimos separar caminos. Julián, tu padre, fue baleado en San Miguel cuando intentaba escapar por encima del muro de un vecino. A mí me tocó al día siguiente: un despliegue de policías y agentes de la DINA –eran más de 20- irrumpieron en el departamento de mi amiga, donde me daba asilo. Nos llevaron a ambas a rumbo desconocido. De ella no supe más nada. Estuve recluida dos semanas en una casa en Ñuñoa, en Santiago. Eso lo supe mucho después.  Mis recuerdos son pocos y las imágenes, borrosas. Pero si recuerdo que me interrogaba una tipa que olía a cebolla. La llamaban la mujer de los perros, una agente de la Dina, disfrazada de secretaria, como muchas otras. Decía ser experta en equitación y entrenamiento de perros, además de tener cinturón azul de judo. Era violenta, agresiva, no tenía piedad. Adiestraba a perros para que violaran a prisioneros y prisioneras políticas.  Tras intensos días de torturas, la secretaria-criminal participaba en los interrogatorios, los golpeaba, los pateaba, les aplicaba corriente eléctrica y cuando ya estaban en muy malas condiciones, les acercaba la grabadora a sus bocas para no perderse palabra de la confesión. 

Una noche me sacó al casino del lugar donde estábamos me ofreció una taza de téMe dijo que quería conocerme mejor. Se sirvió una cerveza y me contó que ella siempre tenía tres armas: una pistola en la cartera, otra en la mesa de noche y una en el horno de la cocina. De mirada extraviada, sudaba mucho, con un jadeo constante. Me contó que estaba viviendo los mejores años de su vida. Julián cayó en sus manos después que yo. No lo volví a ver nunca más. A mí me liberaron una mañana cualquiera –recuerdo el ruido intenso del paso de los vehículos por una carretera- para arrojarme a un vertedero cuyo nombre desconozco. El olor a comida podrida lo tengo fresco en mis narices. En mis planes nunca estuvo el que me soltaran. No termino de entenderlo.

Yo creo que sí lo comprendo, mamá, pero qué importa. No te dije nada porque ya es muy tarde para tantas cosas, tú te vas a morir cualquier día de estos y, además, venimos de esa patria del sálvese quien pueda. Somos lo que somos. Tu chocolate está frío. Cuando voy a levantarme de la mesa, me miras con tu rostro ojeroso. Te ves infinitamente cansada. Tu voz se va alejando en un eco como polvo añejo y ligero. Ya no te escucho, mamá, y tu cuerpo tan maltratado parece un esqueleto que a ratos se estremece con un estruendo de voces que te acompañaron a ti y otros durante un largo tiempo de martirio, y escucho el inconfundible aullido de lobos, de perros crueles y hambrientos. Te encierro en un abrazo tímido, cauteloso. Paso mis dedos por los pliegues de tus brazos, tu vientre, y ya no queda nada. Tu piel reseca no tiene memoria, como un pergamino gris, sin nada que contar. Te levanto en mis brazos, tampoco tienes peso, y te acuesto en tu cama ancha de sábanas de satén color damasco y acomodo tu cabeza con una de las tantas almohadas que te rodean. Ya es tarde, cerca de la medianoche. Me acerco a tu ventana, con la cortina descorrida, y pego mi mano izquierda a la ventana para que no me olvides, para que sepas que estuve aquí.

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