Mar de orillas, mar adentro.

por Dante Cajales Meneses

A mi amigo David Esparza Sánchez, zurcidor de aguas azules

El recuerdo más antiguo que tengo del mar es frente al balneario de Cartagena en el litoral central. Tomado de la mano de mi madre, con una gorrita de marino bajando por calle Mariano Casanova, hasta la playa chica. Frente a mis ojos, el sol de mediodía, una mar brillante, sinuoso, como si se tratara de una cortina de lentejuelas plateadas. Aparecen nuevas imágenes: detenidos en la puerta de una fuente de soda, con el wurlitzer del local a todo volumen y la voz de Leonardo Favio cantando “Ella, ella ya me olvidó”; debió ser el verano del 72. El mar de fondo.

Recordar el mar en esta nota resplandece. Me propaga una extraña calma psíquica. El mar en invierno tiene casi más vibraciones que el mar en verano. Tenemos la posibilidad de mirar el océano más desnudo. En invierno parece que todo está más despojado. Cuando uno está frente al mar en invierno, se amplía la nostalgia de uno mismo. Lo que hay es cielo y agua, dos bocas. En su mecánica, el mar no falla nunca. Imagina un día estar parado frente al mar y no escuchar sus sonidos. El mar tiene un código, un idioma, una gramática, una sintaxis. Cuando uno escucha el mar, no solo oyes el ruido del agua golpeando. Olas sucesivas, una sobre otra. Estás atento a un mensaje que siempre está por decir algo nuevo. Cada uno, cuando escucha el mar, le da su propia interpretación. Las veces que uno escucha el mar con atención, lo que uno está haciendo probablemente, es desanudar en uno; ideas, emociones, proyectos, fracasos, delirio, entusiasmo por algún nuevo proyecto. Cuando estoy frente al mar, todo eso crece. Incluso la nada. Es posible que esté una hora sin pensar nada. No hay una sola ola en la historia geográfica del mar que haya sonado una igual a otra. No hay ola que falle en su destino. Cada ola es como un recado. Recuerdo una famosa pieza de piano de Juventino Rosas (1868-1894) que el poeta Federico García Lorca tocaba para su amigo Pablo Neruda. El vals sobre las olas. Es una ola la que te vuelca, es una ola la que te lanza al final hacia la orilla; una ola fue la que devolvió a las orillas de la playa La Ballena en los Molles el cuerpo de Marta Ugarte en 1976, después de haber sido torturada, asesinada y arrojada al mar, amarrada a un riel, dentro de un saco. Es una ola, la que muchas veces te puede salvar y proteger del olvido.

El mar de las orillas, ese mar recortado, hermoso, dibujado, pintado, fotografiado. Es el primer mar que conocemos. Pero es solo un fragmento del mar. Probablemente la parte más domesticada del mar, por aventureros, poetas, nostálgicos, suicidas, enamorados y soñadores. Cuando tienes la posibilidad de entrar en él, te sientes en medio de esa nada líquida, de esta vastedad que es el mar.  Ahí el mar toma otra dimensión. 

El mar de las orillas, nada tiene que ver con el mar adentro. Recuerdo el Golfo de Penas a principios del año dos mil, lejos de esa idílica imagen de infancia del mar frente a Cartagena de la mano de mi madre con Leonardo Favio de fondo.

Este otro mar es muy parecido al instante previo de una emboscada. Ahí conocí la voracidad del mar. Ese mar del Golfo de Penas es una amenaza permanente. Es como un aviso, un oficio que siempre trae noticias malas. Cuando estás a 20 kilómetros de la orilla, el barco puede dar la vuelta y volver, pero cuando estás aproximadamente entre los paralelos 46° y 47° de latitud sur, en el Pacífico sur, el mar es otra cosa. Y pareciera que el mar no te quiere dentro. Muchas veces tuve la sensación de por qué los troncos llegan a la orilla de la playa, los cuerpos de personas ahogadas, los neumáticos. Cuando estás ahí dentro, en medio del mar, también podrías ser parte de esos objetos expulsados por el mar.

El mar de la infancia, el de la orilla, lo hemos domesticado, cambiamos sus códigos, lo sometimos al crecimiento de las ciudades, lleno de edificios, automóviles, micros, esquinas con semáforos. El mar de adentro es indomable. La relación que uno establece con el mar en esos lugares no es la de un fin de semana, no es la idílica del navegante, del millonario que tiene un velero, una lancha, o la del poeta con su casa frente al mar. 

Para mí el mar tiene mucho de huida; no es que la huida tenga un sesgo negativo. Hay huidas muy lúdicas, necesarias, lúcidas, sanadoras. Frente a la inmensidad del océano soy uno. Hay una búsqueda de algo. El mar me ubica en mi pequeñez. No es que el mar o la montaña me hablen literalmente, pero el entorno y lo que es capaz de trasmitir y provocar el paisaje me ayudan a desatar mi trama. El mar no quiere héroes, no quiere escritores, el mar no quiere expedicionarios; el mar es solo mar, porque de todos ellos puede hacer un náufrago, incluido a poetas. 

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