Paso doble

por Mario Valdivia

Uno, tomar control del estado. Dos, cambiar la realidad. 

La política de la izquierda tiene ritmo de paso doble. Para la derecha la política es otra cosa, defensiva, encaja en otros esquemas. ¿Viene de Lenin, el paso doble? insinúan quienes cachan que escribió un libro llamado El Estado y La Revolución. Pero no, esa obra fue escrita precisamente para situar al estado socialista como una necesidad transitoria de la violencia contra el capitalismo, y explicar, casi en ánimo de disculpa, la postergación del proyecto histórico antiestatal comunista. Más bien de Stalin, el gran estatista policial, el creador de la sociedad mediante autoritarios planes quinquenales. Pero tampoco él, también los menches y sus herederos socialdemócratas dan por descartada otra política progresista que no sea el paso doble. 

En realidad, viene de antes. Los viejos estados imperiales tenían muy claro que eran los grandes configuradores de lo social, los creadores y ordenadores del mundo mediante leyes, ucases, mandamientos; vieja herencia del que lo creó todo con declaraciones. También las monarquías de derecho divino. Y la Revolución Francesa, la raíz mayor del progresismo actual, legitima democráticamente el poder del estado, pero no lo cuestiona como Soberano, por el contrario, lo considera tan soberano o más que los monarcas y emperadores de la historia porque ahora es legítimo. Se afirma la comprensión del estado como motor para transformar la realidad social. Es más, con Hegel en adelante (con Marx, el estado sin clases), para qué decir los positivistas Comteanos, el estado es quien construye lo social de acuerdo con la razón, la sociedad racional. El paso doble se convierte en sinónimo de la política progresista. 

Es raro, porque los resultados del paso doble en este siglo y el anterior, son más bien frustrante. Encontrarse entre las manos con el poder de hacer leyes multiplica necesariamente la capacidad de hacer grandes embarradas autoritarias, no tanto obras racionales, virtuosas. Lo sabía Marx, lo sabía Lenin, lo olvidó Stalin, parece que lo olvidaron los menches y sus sucesores progresistas democráticos, y los tecnócratas positivistas. Al mismo tiempo, otras prácticas radicalmente transformadoras de lo social han adquirido un poder histórico inusitado. 

De partida, la tecnología, entendida obviamente como fuerza social, no como colección de artefactos desnudos. El anticonceptivo oral femenino cambió la relación de poder hombre – mujer, transformándolo todo. Las estatinas prolongaron extraordinariamente la vida, cambiando la relación de poder intergeneracional. La energía atómica cambió radicalmente las relaciones de poder geopolítico. El computador personal transformó la opinión pública por completo, el llamado a veces cuarto poder. 

Y el arte, el cubismo por poner un ejemplo, cambió la manera de entender lo real y el yo como desagregados, superposiciones de facetas, aspectos, posibilidades, cultivando la sensibilidad para instalar el pluralismo como algo obvio. 

Y esa gran revolución fallida, de ritmos más espontáneos que el paso doble – más callejeros e íntimos al mismo tiempo -, que no propuso leyes ni quiso al estado, Mayo del 68 y sus reverberaciones, ¿no fue quizás uno de los mayores empujes transformadores del siglo pasado? La liberación sexual, el feminismo, la normalización del pluralismo sexual, la libertad radical, el medio ambientalismo, el respeto a las marginalidades, a las rarezas, la profundización de la repulsión al racismo, son movimientos de cambio social que vienen de allí. Fue fallida como revolución política si se entiende que esta transforma lo social mediante leyes estatales, el paso doble, pero productiva si se entiende que la política opera creando nuevas normas sociales, que puede ser tácitas e informales, lo que interesa es su gravitación social. 

Y más cerca, en Chile, quién empujó el respeto a los y las homosexuales si no fue el MOVIH, ese movimiento que vino de afuera de la política del paso doble. ¿Y qué ley hubo de imponerse para crear entre los conductores respeto por los peatones en los pasos de cebra?, un cambio que oculta en su modestia el cultivo de respeto en nuestras relaciones, la consideración del fuerte por el débil. 

Nada de esto provino de la política del progresismo, la del paso doble. 

El estado, aun el democrático, tiraniza. Sus leyes imponen una realidad agregada, molar, de promedios, segmentos, grupos; son toscas con las variaciones granulares, atropellan. Y rigidizan al pretender la creación de un orden estable, tironeando conservadoramente hacia el pasado en un mundo en el cual las prácticas y relaciones son inestables, emergen y desaparecen constantemente, donde ser se ha convertido en devenir. Tiene algo anacrónico el estado actual, amarrado a una inercia tosca que llega tarde pisoteando… mientras en el trasfondo de la vida social operan agentes a tiempo con el devenir y con una granularidad molecular. Fastidia el estado, además de perder poder cada día que pasa. Mal negocio para el paso doble. Mal instrumento tiene agarrado el progresismo, más que la palanca de Arquímedes un palo embadurnado.

Puede ser que la salsa y el ballenato derivan del paso doble, pero este, así tal cual, ha tomado un tufo a milico y burocracia que no se la puede, y a los bailarines progresistas les han salido mangas negras y garrote de fiscalizador bajo las camisas de colores. 

Si no quiere dejarse arrastrar por el anacronismo torpe, lento y autoritario del estado, más le vale al progresismo irlo transformando (¡No una nueva Constitución!) al mismo tiempo que va cambiando su manera de hacer política. Mejor poner en su lugar al paso doble, ese desvío, ese agenciamiento indirecto y mandón desde arriba, y lanzarse al baile de la creación in mediada de lo social en los múltiples lugares donde eso ocurre hoy día.   

(Me enviaron este texto con la petición de publicarlo desde el Círculo de Progresistas Retirados “Mayulermu”, como un primer informe del proyecto Propuestas De Qué Hacer Con La Izquierda, Presumiblemente Desde La Izquierda)           

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