La emergencia fabricada y el “plan implacable” de Kast

por Gonzalo Bacigalupe

El “plan implacable” de Kast no consistía solamente en ganar una elección, sino en instalar una sensación permanente de crisis y miedo que justificara el debilitamiento de lo público justo cuando Chile más necesita capacidades colectivas para enfrentar sus desastres reales.

Chile conoce bien las emergencias reales. Terremotos, tsunamis, incendios, aluviones y pandemias forman parte de nuestra experiencia histórica. Sabemos lo que ocurre cuando el miedo deja de ser una consigna y se convierte en una experiencia concreta que exige respuestas colectivas bajo presión extrema. En esos momentos aparecen con claridad las fortalezas y fragilidades de una sociedad: la capacidad del sistema de salud, la coordinación de los municipios, las redes comunitarias, la infraestructura pública, la ciencia, la logística y, sobre todo, la confianza institucional. Se construye así resiliencia institucional para todos y todas. 

Pero existe también otro tipo de emergencia: la fabricada políticamente. A falta de un terremoto o una gran catástrofe que permitiera justificar una política o doctrina de shock tradicional, José Antonio Kast y buena parte de la derecha radical chilena construyeron una sensación permanente de colapso nacional basada en exageraciones, distorsiones y mentiras sistemáticas. No era poesía, solo discurso de campaña para atraer votos. No necesitaban demostrar que Chile estaba realmente destruido. Bastaba con convencer a una parte significativa de la población de que vivía al borde del abismo.

La delincuencia dejó de presentarse como un fenómeno complejo asociado a desigualdad, narcotráfico, abandono territorial y debilitamiento comunitario, para transformarse en un relato apocalíptico donde el país entero parecía haber perdido control de sí mismo. La migración fue convertida en amenaza existencial y utilizada para producir miedo cultural y racializado alimentando odio y asco por el otro. El Estado pasó de ser criticado por sus limitaciones a ser descrito como un enemigo interno capturado por elites supuestamente antipatrióticas. La política dejó de entenderse como espacio democrático de negociación y desacuerdo para convertirse en una guerra cultural permanente.

El objetivo nunca fue únicamente ganar elecciones. Lo central era instalar una emocionalidad política específica basada en el miedo, el agotamiento, el resentimiento y el deseo de orden inmediato. Las nuevas derechas autoritarias han aprendido que gobernar no siempre requiere construir consensos amplios o mayorías entusiastas. Muchas veces basta con producir fatiga social y convencer a la ciudadanía de que las instituciones democráticas son incapaces de responder a sus problemas cotidianos. Cuando eso ocurre, cualquier medida excepcional comienza a parecer razonable y cualquier debilitamiento de derechos puede justificarse en nombre de la seguridad.

Por eso el kastismo funciona muchas veces como una política de emergencia sin emergencia real. Su lenguaje político está construido sobre imágenes permanentes de invasión, caos, traición y decadencia nacional. Tampoco es casual el ataque sistemático a universidades, medios de comunicación, organizaciones sociales, funcionarios públicos o comunidades científicas. Toda institución que produzca complejidad, matices o evidencia se transforma en obstáculo para quienes necesitan mantener a la sociedad movilizada emocionalmente a través del miedo y la simplificación. 

La paradoja resulta especialmente grave en un país como Chile, donde las amenazas reales son enormes y crecientes. La crisis climática intensifica incendios, sequías y desastres socioambientales. La desigualdad territorial sigue dejando comunidades enteras expuestas a condiciones precarias. La fragilidad de la confianza pública erosiona la capacidad de coordinación colectiva. Sin embargo, gran parte de la energía política nacional ha sido desviada hacia emergencias sobreactuadas o directamente ficticias que terminan funcionando como herramientas de polarización y control político.

El problema más profundo de esta estrategia es que una sociedad gobernada permanentemente desde el miedo termina aceptando políticas que aumentan su propia vulnerabilidad. Debilitar capacidades estatales, erosionar la salud pública, desprestigiar el conocimiento científico y convertir toda convivencia democrática en sospecha no fortalece a un país frente a futuras crisis. Lo vuelve más frágil, más fragmentado y menos capaz de responder cuando los desastres reales finalmente ocurren.

Y Chile sabe, quizás mejor que muchos otros países, que esos desastres siempre terminan llegando. Cuando eso suceda, ya no bastarán las consignas, las campañas comunicacionales ni las cadenas virales de indignación. Lo que importará será exactamente aquello que esta política del miedo contribuye a debilitar: hospitales funcionando, sistemas de evacuación coordinados, infraestructura pública robusta, municipios con capacidades reales, ciencia pública activa y comunidades capaces de cooperar. Una sociedad entrenada para desconfiar de todos, para vivir atrapada en enemigos imaginarios y para aceptar el deterioro de lo colectivo difícilmente estará preparada para enfrentar las emergencias reales a las que Chile, inevitablemente, volverá a enfrentarse.

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