Un caótico día del que no me acuerdo,
como buenos amigos nos fuimos al concierto.
Se nos pasó la hora, se hizo de noche
y entonces decidimos irnos de gresca.
Bailamos apretados en un tugurio del puerto;
de nuestro abrazo saltaron chispas de pasión.
Las manos de mis muertos arrojaron
torrentes de crepúsculos a tus pies
y ya no pudimos despedirnos.
Dijiste que podía quedarme en tu casa.
Me pasé películas en blanco y negro;
esperé que pasara algo entre nosotros,
mis manos de carne sobre tu cuerpo vacío…
Teñida por el rojo del amanecer,
te esfumaste sin decirme nada
y desperté mirando el techo.
Pero tú, olorosa a pescado frito
como tugurio de mala muerte,
me despediste con un largo y frutoso beso.
El sabor de tus labios me hizo cerrar los ojos
como si ya hubiera muerto;
y confundido quedé,
interrogando al viento.