Realismo y autocriticismo

por Luz Quilodrán N

Llega en mi país de origen la hora de la autocrítica. Siempre lo hace después de cualquier empeño ambicioso fallido. Por lo general autocriticamos nuestras ideas y acciones pasadas, pero no nuestro carácter, nuestro modo de ser, quiénes éramos y seguimos siendo. Es obvio que ante fallos menores sencillamente corregimos la marcha sin necesidad de autocrítica. Ocurre constantemente todos los días. A la autocrítica llama siempre una frustración mayor y la convicción de que se repetirá salvo entender y corregir qué la produjo. Resulta superficial no someter a crítica al agente que éramos, sino que exclusivamente a sus ideas y acciones. Sabemos que no hay nada más fácil de cambiar que estas, manteniendo intacto nuestro ser pasado. Superficial, especialmente en contraste con la magnitud de la ambición frustrada.

Para los izquierdistas clásicos la autocrítica consistía en procesos rigurosos de búsqueda de las causas de fondo de los proyectos fallidos. No se contentaban con hacer un listado de ideas y acciones específicas equivocadas, buscaban desentrañarlas en su generalidad para no cometerlas de nuevo. Se preguntaban por las razones de fondo de ellas, vale decir se interrogaban por sus propias cegueras en tanto que agentes incapaces de percibir esa clase de errores en su momento. Para descubrirlas sacaban a luz las insuficiencias de su pertenencia a la clase obrera – la realidad última del ser humano, su pertenencia a una clase -, que producirían inevitablemente la misma familia de errores en el futuro.

Dejar de lado la interpretación clasista por simple y tosca no obliga a aceptar que somos unas espontaneidades de otro mundo. Es realista comprendernos como productos de ambientes sociales más ricos y densos que las clases económicas clásicas, pero productos sociales al fin. Le damos un significado general al mundo que nos rodea – lo que está en juego en este – de acuerdo con los hábitos, las narrativas y las disposiciones anímicas adquiridos en el pasado, que generalmente operan ocultándose como sentido común incuestionable. Somos seres siempre situados en su mundo, afanados por el horizonte de posibilidades abierto en él y ciegos a los límites de este. Lo que guía una autocrítica en serio es la pregunta por nuestras cegueras que hicieron posible los errores específicos que cometimos sin darnos cuenta de que lo eran, y que en el presente nos parecen tan evidentes. La interrogante por las limitaciones e inadecuaciones que tenía el ser histórico que éramos para conducir el proyecto frustrado. Preguntas que tienen respuestas siempre disputadas, pero que si le atinan bien pueden asegurar que no volvamos a cometer la misma clase de errores y fracasar una vez más, pero transformando nuestro ser situado.

Sin ponernos en jaque a nosotros mismos la autocrítica escamotea el auto de la crítica y convierte a esta en un ejercicio intelectual, unas buenas ideas. Se parece mucho a un tranquilizador auto halago. Nos hace ver como éticos anticipadores corajudos que reconocen con lucidez sus errores como eventos esperables en toda obra humana. No nos aceptamos como fatalmente causantes de nuestro fracaso en tanto que no cuestionamos los seres situados social e históricamente que somos. Al no hacerlo, con seguridad repetiremos esa misma clase de errores en el futuro. Y aunque declaramos nuestra responsabilidad, en realidad no la asumimos en serio.

Un ejemplo que vale. La izquierda desplazada del gobierno insiste obsesivamente hoy día en que ¨no nos tomamos en serio la percepción de inseguridad de la gente´ y ´que esa percepción era en sí m isma un hecho objetivo´, prestando en cambio demasiada atención a estadísticas que demostraban que la inseguridad   no era tan significativa. Idea enunciada, comunicada, y a otra cosa mariposa. Falta preguntarse qué ambiente social encerraba a esa izquierda que se percibía a sí misma como aparte de la gente y sorda a sus percepciones. ¿Quién era histórica y socialmente ese agente?  Una izquierda más sensible a unas estadísticas en el pizarrón que a los terrores de gente a la que reconoce no pertenecer, cuyos miedos no puede percibir al no sentirlos en carne propia. Que encarna a la hora de la autocrítica la misma ceguera sobre sí misma cuando enfatiza como gran aprendizaje que ´las percepciones de la gente son también hechos objetivos que hay que tomar en cuenta´, y sigue sin percatarse de que la gente, a diferencia de ella, no vive en un mundo de percepciones,no percibe su inseguridad, tiene miedo. La misma que se considera a sí misma aparte de la gente se propone aprender para el futuro a incorporar las percepciones de esa gente en sus estadísticas expertas.  

¡Give me a break! Apreciadas lectoras y lectores caractericen ustedes de la manera que les parezca más apropiado a ese ser histórico que sigue oculto – quizás más que antes – en la autocrítica de moda. Precocido para una próxima derrota.    

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