Un elefante parado en una sola pata
se balancea sobre una tela de araña;
medita sobre el enigma de su existencia
por si de repente le cae la chaucha:
descubre el sentido de su vida.
Un león tímido que apenas ruge
se quiere arrancar con los tarros;
como nadie lo deja, aburrido, bosteza.
Un macaco travieso y malandrín,
sin ninguna clase de preocupaciones,
saluda alaraco y feliz a los visitantes
como si fueran extraterrestres.
Un pavo real de dudosas intenciones
quiere subirse al carro con entusiasmo:
asedia a una pava gil que no le hace caso,
no se rinde, a la tercera es la vencida.
La jirafa eleva el cogote sobre los barrotes,
mira hacia el azul del cielo con los ojos puestos en blanco:
no tiene donde mudarse.
Los loros intentan arrancarse a toda costa;
jamás lo consiguen, pero no desisten en el intento:
por naturaleza tienen que volarse.
El hombre es el único animal de este zoológico
que no quiere irse para ninguna parte,
tiene el síndrome de la cabaña.
Espera que le caiga, como maná del cielo,
algún subsidio milagroso y repentino.
No quiere que lo saquen de esta Arca de Noé;
en definitiva, prefiere quedarse.