Luis Cornejo y la marginalidad de “Barrio bravo” Por Tomás Vio Alliende

por La Nueva Mirada

Infatigable buscador de su destino en distintas disciplinas, el escritor chileno publicó, a mediados de los años 50, un libro de cuentos sobre el barrio Vivaceta. La autenticidad de los relatos se respira en cada una de las páginas que muestran historias de personajes que deben sobrevivir a toda costa para llevar una vida digna.

Hernán Día Arrieta “Alone”

A veces nos mantenemos ajenos a nuestra propia historia, esa que se mece y desplaza debajo de nuestras propias narices, por eso buscando información sobre literatura chilena se me apareció el libro de cuentos “Barrio bravo” (1955), de Luis Cornejo (1924 – 1992), un escritor singular y casi olvidado en el tiempo. Nacido en Santiago, se vio obligado a interrumpir sus estudios básicos para trabajar como baldosero y obrero de la construcción. Más tarde, y con mucho esfuerzo estudió cine en la Universidad Católica, al igual que teatro y actuación en la misma casa de estudios. En 1955 debutó en la literatura con “Barrio Bravo”, el que contó con el respaldo del destacado crítico Hernán Díaz Arrieta (Alone), famoso por su severidad a la hora de comentar sobre literatura. “Luis Cornejo más bien contiene y mide el horror, mide, no tira las riendas al cuello del caballo, ni lo espolea o azota; es el mismo animal el que dispara”. Así se refiere Alone en un conocido diario al estilo de cuentos que el autor realiza sobre el barrio Vivaceta, ambientados en conventillos, poblaciones obreras semi- callampas, donde el peligro y la marginalidad se manifiestan con ferocidad y realismo.

El libro se divide en seis relatos que atraviesan una atmósfera conocida por Cornejo porque retratan el lugar donde nació y vivió.  Los personajes son pobladores que luchan contra la pobreza, el desgano y la falta de oportunidades. El denominador común es la sobrevivencia de muchos de ellos, quienes tratan de llevar una vida digna. “La Cuatro Dientes” muestra el esfuerzo de una robusta y trabajadora lavandera en un conventillo; “El Cuello de Loza” narra la vida de un joven obrero de la construcción al que solo le interesa vestirse de manera elegante para salir a bailar en quintas de recreo; “El señor González” retrata a un hombre aprovechador, sin ninguna moral, que utiliza a sus hijas para satisfacer sus propios deseos e intereses. “El Chica Fresca” es quizás uno de los cuentos más divertidos o tragicómicos del libro con la historia del hallazgo de una fortuna debajo de un colchón en una pieza de un conventillo. “El Capote”, el relato más crudo del grupo narra el psicopático comportamiento del Flaco Manguera, un cobarde violador que actúa en manada, aprovechándose de una de sus víctimas en uno de los sitios baldíos de la zona. Por último, Cornejo remata con “Liberación”, la optimista historia de la construcción de una casa en el sector del Salto. En las posteriores ediciones del libro este último relato fue cambiado por el cuento “Los allegados”. La obra, si bien cuenta con algunos ripios narrativos, plasma la visión del Santiago marginal de mediados de los 50, con protagonistas y cuentos muy cercanos al autor. Se trata de la construcción de un retrato auténtico en el que fluye la presencia viva de la calle, de las acequias, de las poblaciones,  los conventillos, los potreros. Lo más probable es que Cornejo haya conocido de cerca o se haya inspirado en su propia vida o la de muchos de sus vecinos y conocidos para retratar a los individuos de carne y hueso que respiran y cobran vida en cada una de sus páginas.

Busquilla por esencia, Cornejo desde 1944 trabajaba como extra en películas y comerciales de televisión, donde solía sacar partido a su falta de cabellera. Incluso llegó a ser conocido como «el pelado del Mentholatum«, por un spot que hizo. En la década del 60 se dedicó por completo al cine. En 1963 realizó el documental “La Universidad en la Antártica” y en 1966 filmó el cortometraje “El angelito”. Posteriormente escribió y dirigió su único largometraje, “El fin del juego” (1970), que pasó sin pena ni gloria entre el público y la crítica.

Fue productor ejecutivo de “El Chacal de Nahueltoro” (1969), actuó como un inspector en la teleserie “La Villa” (1986) e interpretó a un mecánico en la película “Caluga o menta” (1990), entre otros papeles. Sin embargo, la cesantía constantemente golpeaba a su puerta, por lo que siguió escribiendo libros y publicándolos por su propia cuenta debido a que las editoriales y la crítica lo ignoraban. Las autoediciones eran vendidas, por él y su mujer, en la calle San Diego y en la Plaza de Armas de Santiago. Además de “Barrio bravo” -libro que vendió 14 ediciones- escribió las novelas “Los amantes del London Park” (1960), “El último lunes” (1986), “Show continuado” (1987), “Tal vez mañana” (1989) y “La tormenta” (1991) y los libros de cuentos “La silla iluminada” (1987) “Ir por lana” (1989).

Un escritor realmente prolífico. “No soy de los autores más preferidos del sector”,le comentó a una periodista de un diario santiaguino que lo entrevistó en su puesto de libros, en Plaza de Armas, a fines de los 80. A los 67 años, en 1992, falleció producto de un cáncer de páncreas, dejando como legado sus libros, películas y actuaciones. Dentro de todos sus recuerdos, en el horizonte, se encuentran estampadas las páginas de “Barrio bravo”, una querida y particular mirada a los bajos fondos del antiguo barrio Vivaceta.

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