Páginas Marcadas de Antonio Ostornol. El país de los otros y la plurinacionalidad

por La Nueva Mirada

El tema de las nacionalidades, que con tanta centralidad se ha puesto en nuestras discusiones, es más antiguo que el hilo negro. Una novela escrita sin estruendos por la escritora franco – marroquí, Leila Slimani, nos evidencia descarnadamente la difícil convivencia entre quienes quieren creerse esencialmente distintos.

La historia nos sitúa en la mitad del siglo XX, año 1947, cuando Mathilde, junto a su esposo Amín, llegan a las cercanías de Meknés para hacerse cargo de unas tierras que Kadur Belhach, padre de Amín, compró antes de morir. Es su territorio, el lugar donde el padre soñó enraizar su historia, ese espacio tiempo donde la continuidad de una familia y una cultura debe asegurarse. Mathilde es francesa alsaciana y, en cierta forma, viene huyendo del yugo patriarcal de su familia. Su esposo es marroquí, combatió contra el fascismo y huyó de un campo de concentración. La guerra lo lleva a Europa y allí conoce a Mathilde. Y, aunque se haya jugado la vida en defensa de Francia, sigue siendo un extraño a ojos de esa sociedad. Es más bajo que su mujer y su tez es morena, en claro contraste con la altura y la “rubiez” de ella. Tiene un lugar, pero es marginal.

Amín, en Marruecos, aunque sea bajo el protectorado francés, pertenece a una familia reconocida. Es alguien y es respetado. Y tiene un territorio, una finca a la cual se va a entregar con orgullo, igual como lo hacen y han hecho los colonos franceses con sus tierras. Su mundo (madre, hermanos) es musulmán. Pero él –a instancias de Mathilde- matriculará a su hija mayor en el colegio francés, donde es discriminada por pertenecer a una familia mixta (marroquí – francesa) y no puramente europea como sus compañeras. Además, ella junto a sus padres vive en el campo, su abuela lo hace en la medina (ciudad antigua y tradicional) de la ciudad y sus compañeras en la occidentalizada ciudad nueva. El escenario de la novela queda abierto para confrontar las nacionalidades diferentes: la marroquí, la francesa de Francia, la francesa marroquí de ninguna parte.

La historia transcurrirá durante diez años, los que van desde ese 1947, fecha en que el matrimonio entre Amín y Mathilde llega a una desolada finca donde todo está por hacer, hasta los albores de la independencia de Marruecos, que pone en riesgo lo construido, incluidas sus propias vidas. ¿Qué ocurrió en esta década? Básicamente, una soterrada lucha por la identidad. La pregunta respecto de lo que son y lo que pueden ser, el estatus de sus derechos, el valor de una historia que se ha cimentado en la mixtura. Este matrimonio no es ni musulmán ni cristiano ni ateo, no es europeo ni africano, no es colonizador ni colonizado. Se ubica en una franja grisácea donde las identidades no están tan marcadas o, simplemente, han sido tamizadas por el contacto intercultural.

A medida que uno va leyendo la novela, es inevitable pensar que nuestros problemas de identidad nacional o plurinacional no son demasiado originales y tienen un largo pasado. Tiendo a pensar que la historia humana se ha venido construyendo a punta de mestizajes y que las “nacionalidades o etnias puras” son una rareza. Si le creemos a la literatura, el devenir de la humanidad ha sido un largo camino de simbiosis culturales. Cada nuevo pueblo resultó, seguramente, de la convivencia con otros, ya sea anteriores a ellos, o contemporáneos con los cuales convivieron, ya sea en la colaboración o en la guerra, en la victoria o la derrota. Pasó con las colonizaciones en diferentes épocas. ¿Cuánto de árabe o de visigodos o de íberos hay en España? ¿O cuánto de asirios, persas o hebreos, en el mundo griego y, por extensión, en el romano? ¿Y cuánto de asiáticos, calameños, aimaras, diaguitas, españoles, alemanes, italianos o mapuche hay en lo chileno? Este es el drama de los personajes de la novela, frente a lo que se sienten muchas veces perplejos, enrabiados o derrotados. Los tratan de encasillar y ellos mismos, tratan de encasillarse, resistiéndose a la nueva identidad mestiza. Resistencia que será inútil porque el mestizaje existe desde antes de que tomáramos conciencia del mismo.

Lo triste es que el proceso no es armónico ni sencillo. Por el contrario, las historias que nos cuentan parecieran indicarnos que, de no aceptar la condición mixturada de nuestra existencia, el peligro de ser devorados por la intolerancia solo conduce a la tragedia. Los sueños de “razas o etnias puras” suelen terminar mal. En la novela que comentamos, Mathilde afirma que “en aquel verano de 1955 la sangre no faltaba […] La sangre corría en el campo donde se quemaban las cosechas y se molía a palos a los patrones, hasta la muerte. […] Se mataba en nombre de Dios, de la patria, para borrar una deuda, vengarse de una humillación o de una mujer adúltera. A los colonos degollados se respondía con la caza al moro y las torturas. De tanto cambiar de bando, el miedo reinaba por todas partes”. El tema queda en evidencia: el problema no es la identidad, sino la negación de la misma, la incapacidad recíproca de aceptar al otro como un igual, de aceptar el derecho de todos a compartir el territorio. Hay que hacer justicia a quienes han sido usurpados (territorial, económica y culturalmente). Y hay que hacer justicia al mestizaje territorial, económico y cultural.

La lucha fratricida es una verdadera condena. Como se afirma en la novela, “en las guerras ya no hay ni buenos ni malos ni justicia” y si esa guerra es interna, entre grupos, sectores sociales, etnias, pueblos o naciones que comparten el territorio, es mucho peor, como trata de explicarle Amín a su hija, cuando le pregunta si ellos están en guerra: “No exactamente –le dice- En realidad, es peor que la guerra. Pues vivimos con nuestros enemigos, o los que deberían serlo, desde hace tiempo. Algunos son nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestra familia. Crecieron con nosotros y, cuando los miro, no veo ante mí a un adversario al que hay que matar. No, veo una criatura inocente”.

Este es el punto de fondo. Da lo mismo si somos o no un estado plurinacional. Lo que hace la diferencia es derribar los muros de la discriminación a la cual han estado sometidos nuestros pueblos originarios, y abrir espacio a un territorio mestizo donde los derechos se reparten con justicia e igualdad.

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