Por Antonio Ostornol, escritor.
Hace ya muchos años, cuando posiblemente recién empezaba a verse en Chile la serie de televisión que relata las aventuras del Comisario Montalbano, un amigo abogado me habló de un escritor que yo no conocía. Se trataba de Andrea Camilleri, quien además de escritor, fue dramaturgo, director y guionista de cine y televisión en Italia. Hace un par de meses, el 17 de julio, falleció próximo a cumplir los noventa y cuatro años. Dicen que se había quedado ciego y que, sin embargo, seguía escribiendo gracias a la asistencia de Valentina Alferj, que lo acompañó durante el último tiempo. Así acumuló una serie de 25 novelas centradas en su personaje ícono, el comisario de la policía de la ciudad de Vigata, en Sicilia, Salvo Montalbano.
El entusiasmo de mi amigo era desbordante. Lo declaraba sin tapujos su escritor favorito, lo recomendaba con fervor militante y seguía la aparición de las novelas de Camilleri como si fuera el grupi de alguna afamada banda de rock o el adicto al iphone que espera con temblor en las manos la salida a la venta de la última versión. Al escucharlo daban ganas de correr a una librería, hacerse de un par de ejemplares y sentarse de inmediato a leer. Algo parecido me ocurrió en mi pre adolescencia: Como no podía ir al cine a ver las películas de James Bond porque la censura me lo prohibía, pude disfrutar, una y otra vez, las novelas escritas por Ian Fleming, su creador. A esta experiencia le tengo cariño: fue mi primera lectura sistemática y rigurosa, como un anticipo de una pasión que me ha acompañado hasta el día de hoy.
Pero entonces, cuando mi amigo me habló de Camilleri, a quien clasificaba como escritor policial, nada sabía de ese género y no aquilataba bien toda su riqueza. Posiblementeno tenía conciencia de lo que Sergio Ramírez, el nicaragüense, apuntó con mucha perspicacia: “En la novela negra de América Latina, los detectives, ya sea que trabajen para el estado o lo hagan por su cuenta, deben moverse en aguas infectadas; y como la línea entre el bien y el mal apenas se distingue, tampoco ellos pueden tener clara su propia rectitud de conducta, y no pocas veces terminan contaminándose. Las instituciones están minadas por el poder del crimen organizado, y la policía y las estructuras judiciales han sido tomadas por el narcotráfico. Y los que quieren comportarse como héroes, saben que lo hacen por su propia cuenta y riesgo”. Como entonces era un perfecto ignorante, debo confesar, no busqué los libros de Camilleri y sólo hace muy poco empecé su lectura.
Un día, sin proponérmelo, empecé a ver el Comisario Montalbano, una serie producida por la Radio Televisión Italiana. Entonces entendí a mi amigo.Y el que se convirtió en un verdadero grupi, fui yo.
Pero al parecer, estaba destinado a encontrarme con este imaginario. Y aunque no me crucé con el escritor, sí lo hice con su creación. Ocurrió en ese canal que aparece como una isla en el dial de la televisión pagada, llamado Europa Europa. Un día, sin proponérmelo, empecé a ver el Comisario Montalbano, una serie producida por la Radio Televisión Italiana. Entonces entendí a mi amigo.Y el que se convirtió en un verdadero grupi, fui yo.
Desarrollé una absoluta conducta de adicto. Trataba de encontrar los horarios, programarme, posponía tareas, no dormía.
Desarrollé una absoluta conducta de adicto. Trataba de encontrar los horarios, programarme, posponía tareas, no dormía. Lo crucial era estar frente al televisor en el momento oportuno, cuando la toma aérea de la ciudad de Vigata –ciudad literaria que no existe pero que se podría encontrar en cualquier rincón de Sicilia- recorre desde la altura sus edificios llenos de historia, las cúpulas de sus iglesias centenarias, sus calles estrechas, las colinas sobre el mar que le dan un aire indiscutible a un Valparaíso de muchos siglos. Luegola imagen se cierra progresivamente hasta morir en un close up sobre la calvicie inmortal del policía Montalbano, que regresa nadando a su casa situada al borde del mar, como todas las mañanas. Es el acto ritual para iniciar la jornada y cada capítulo.
un mundo donde nada es demasiado especial, ni particularmente truculento, ni feo ni bonito, pero todo es cercano y amable.
Quien haya visto la serie recordará esta secuencia. Lo interesante es que esta imagen se vuelve un código y uno sabe que estamos entrando a un mundo entrañable, un mundo donde nada es demasiado especial, ni particularmente truculento, ni feo ni bonito, pero todo es cercano y amable. A través del relato nos incorporamos a un mundo familiar, donde la comida, no la sofisticada de una eventual nouvelle cuisine, sino la popular, esa que preparaba la Nona o la vecina de la esquina, les espera y la desean en medio de sus problemas y enigmas –normalmente uno, dos o tres homicidios encadenados- de la misma forma en que nosotros esperamos la hora de almuerzo cuando ya llevamos unas cuantas horas trabajando. Serán parte de esta historia policial aquellas cosas que lo son de cualquier historia humana, de gente común y corriente: cumpleaños, enfermedades, envidias, celos, fiestas, etc. La vida del pueblo, a la que pertenece el comisario desde su nacimiento y que no cambia por nada.
Pero mi impresión es que da lo mismo si los delitos se resuelven o no, y si los culpables son efectivamente castigados.
Ahora bien, como toda novela policial, la historia se articula sobre uno o varios crímenes, que el comisario va desentrañando con el apoyo de su equipo, tres personajes notables que darían cada uno para una serie: el sub comisario Auguello, el inspector Fazio y el guardia Catarella. Pero mi impresión es que da lo mismo si los delitos se resuelven o no, y si los culpables son efectivamente castigados. Hay poca violencia, los arrestos suelen ser tranquilos, como si Montalbano convenciera a los delincuentes de que lo mejor es que se entreguen a su suerte. En más de una ocasión, se hace el leso y deja ir a algún ladronzuelo.
él se siente un justiciero que juega entre la institucionalidad formal y la larga tradición de un pueblo abandonado por un estado precario, que se rinde ante la opulencia de los mafiosos y el poder.
Lo que realmente importa, al final, es que a través de estas interacciones se va desplegando ante nosotros una suerte de ética popular, cuyo portador es este policía italiano, que de verdad se siente siciliano, de origen modesto y que, al igual que muchos de sus amigos, podría haber sido un delincuente. De esta forma, el policía se vuelve un sujeto que media entre una historia político – social de corrupción y mafias, y la comprensión del mundo contemporáneo. Montalbano sabe que el capitalismo de finales del siglo veinte ha condenado en forma anticipada a los más pobres y que, por lo mismo, él se siente un justiciero que juega entre la institucionalidad formal y la larga tradición de un pueblo abandonado por un estado precario, que se rinde ante la opulencia de los mafiosos y el poder.
3 comments
Espléndido tu análisis…
Comentario genial de Antonio, sobre un personaje literario en un comienzo y que nos llega por la pantalla de Europa Europa. Imperdible.
Yo también me quedé enganchada con el Comisario, y como bien dices, Europa Europa un canal que se me apareció como un salvavidas… Y junto a Montalbano, muy bueno!!