Alice Guy Blaché: la mujer que imaginó el movimiento

por Cristina Wormull Chiorrini

Primera mujer en dirigir una película, pionera del cine narrativo y creadora de mundos cuando el mundo real le quedaba estrecho, Alice Guy-Blaché abrió una puerta que la historia intentó cerrar.

Alice Ida Antoinette Guy nació en 1873 en Saint-Mandé, pero su infancia fue un mapa en movimiento. Francia, Suiza y Chile se alternaron como estaciones de una vida temprana marcada por la inestabilidad. Su padre, Émile Guy, librero y editor en Santiago y Valparaíso, formaba parte de esa comunidad francesa que cruzó el Atlántico buscando oportunidades. La epidemia de viruela de 1872–1873 que asoló Chile, obligó a la familia a regresar a París, donde Alice nació. Poco después volvió a Valparaíso siendo apenas una niña, y más tarde fue enviada a Suiza al cuidado de su abuela.

Cuando su padre murió en 1886, la familia quedó sin ingresos y regresó a Francia. Alice, entrando a la adolescencia, estudió mecanografía y taquigrafía, oficios que parecían menores pero que serían la puerta de entrada a la historia del cine. En 1894 fue contratada como secretaria por Leonard Gaumont, uno de los pioneros de la industria del cine en la Compañía General de Fotografía, cuando la compañía solo se dedicaba a la fabricación de equipos fotográficos. Un año más tarde, en marzo de 1895, los hermanos Lumiere invitaron a Gaumont, y también a Alice, a una demostración de su cinematógrafo. Alice, que ya había realizado alguna obra de teatro de ficción y tenía facilidad para contar historias, habló con su jefe para intentar convencerlo del excelente futuro de aquel invento. Alice vio algo que otros no vieron: no solo un aparato, sino una posibilidad narrativa.

Alice era divertida, ingeniosa, curiosa y profundamente moderna para su tiempo Pamela B. Green, directora del documental Be Natural

Gaumont le prestó una cámara con la condición: que no abandonara sus tareas de secretaria. Alice aceptó, pero lo que hizo fue mucho más que un experimento. En ese ambiente de experimentación técnica, rodeada de hombres fascinados por la máquina pero ciegos a su potencial narrativo, Alice descubrió algo que nadie más veía: que el cinematógrafo podía contar historias.

En 1896, con apenas veintitrés años, filmó La Fée aux Choux (El hada de los repollos). La escena era mínima: un jardín, unos repollos, una mujer que aparece como un hada. Pero en ese gesto había una revolución. Alice no estaba registrando la realidad: estaba inventándola. Ese acto -crear una ficción donde antes solo había registros documentales- es el nacimiento del cine narrativo.

Durante la siguiente década experimentó con efectos especiales, color tintado, sonido sincronizado, máscaras, retrocesos, trucajes. Mientras otros perfeccionaban la técnica, ella perfeccionaba el lenguaje.

Entre los años 1902 y 1907, Alice dirigió más de cien fonoesferas, es decir, películas rodadas para el cronógrafo, un aparato que permitía sincronizar la imagen y el sonido grabados. Por desgracia, muchas de estas fonoesferas se han perdido, aunque sabemos de su existencia por cartas, periódicos de la época y libros. En 1905, llegó a España donde rodó Voyage en Espagne o La malagueña y el torero, película que fue coloreada posteriormente a mano y cuya copia restaurada puede verse actualmente en la Filmoteca Nacional de Madrid. Su siguiente película sería La pasión o la vida de Cristo, que puede considerarse la primera superproducción de la historia, con una duración de treinta minutos y para la que se usaron veinticinco decorados y más de trescientos extras, algo excepcional para la época.

Alice Guy tenía una energía que desbordaba cualquier límite social impuesto a las mujeres de su época. J.P Tellier, historiador de cine francés.

En 1907 se enamoró del camarógrafo Herbert Blaché. Se casaron y emigraron a Estados Unidos, donde en 1912 construyeron Solax Company un estudio de última generación en Fort Lee, Nueva Jersey —cuando Fort Lee era el corazón del cine estadounidense, antes de Hollywood— con una inversión de 100.000 dólares (equivalente a más de tres millones actuales). Fue el primer estudio dirigido por una mujer. Ese mismo año, Alice dirigió A Fool and His Money, probablemente la primera película con elenco completamente afroamericano.

Alice no solo se convirtió en la primera mujer al mando de un estudio cinematográfico. Dirigió, produjo, escribió y organizó los rodajes, al mismo tiempo que contrataba actores y diseñaba las escenas. Solax creció rápido, hasta convertirse en uno de los estudios más importantes de la costa este. En medio de ese torbellino creativo, nacieron sus hijos: Simone, en 1908, y Reginald, en 1911. La maternidad convivió con el trabajo, la expansión del estudio y la vida en Fort Lee. Pero también convivió con la fragilidad. En 1917, Simone murió con apenas nueve años. Ese dolor, el mayor que puede soportar una madre, la atravesó de un modo que ninguna biografía técnica alcanza a describir, y aun así Alice siguió filmando, como si la cámara fuera la única forma de sostenerse.

Al volver sobre la práctica creadora de Alice Guy, busco destacar su lugar como pionera en el cine, no solo desde la dirección, sino como alguien que hizo del cinematógrafo una forma de vida para construir nuevas maneras de ensamblaje entre lo técnico y lo estético, entre lo social y lo discursivo Omar Ardila, El diario, 2022

El amor que la impulsó también la hirió. Herbert Blaché la engañó con una actriz, la abandonó y dilapidó parte de su trabajo. Alice sostuvo el estudio sola, hasta que ya no pudo más y solicitó el divorcio. La caída de Solax fue inevitable y no fue solo económica: fue emocional. El derrumbe de un proyecto que había construido con sus manos, con su mirada, con su vida entera.

Cuando la industria se desplazó hacia Hollywood, los hombres que habían sido sus colegas ocuparon el relato oficial del cine. Alice quedó fuera. No por falta de talento, sino por una mezcla de misoginia, desdén y olvido. Muchas de sus películas fueron atribuidas a otros. Su nombre desapareció de los libros, de las clases, de las celebraciones. Ella, que había inventado el cine narrativo, quedó relegada a un pie de página.

No hay nada relacionado con la puesta en escena de una película que una mujer no pueda hacer tan fácilmente como un hombre. Artículo publicado en 1914 en Moving Picture World

Regresó a Francia en 1922, intentando reinsertarse en la industria. No lo logró. Vivió modestamente, escribió sus memorias, defendió su autoría, reclamó su lugar. La misoginia imperante negó el total reconocimiento de sus pares.

En 1953, a Alice Guy se le concedió la Legión de Honor, la mayor distinción que otorga el gobierno francés. Algunos años más tarde, en 1957, recibió un homenaje de la Cinemateca francesa por haber sido la primera directora de cine de la historia. En 1964, Alice decidió regresar a Estados Unidos en compañía de su hijo para intentar recuperar su filmografía perdida, pero no encontró prácticamente ninguna de sus películas y las pocas que pudo localizar se escondían bajo nombres masculinos.

Alice Guy murió en una residencia de ancianos de New Jersey, acompañada tan solo por su hijo Reginald y en el más completo anonimato. La prensa no le dedicó línea alguna como reconocimiento a su aporte al cine, ni tampoco se dio a conocer su autobiografía, en la que enumeraba todas sus películas.

Para entender este velo de invisibilidad sobre el trabajo de Alice, hay que remarcar que algunos de sus antiguos colegas, y su propio exmarido, se otorgaron el mérito de muchas de sus películas. De este modo, Alice Guy pasó a engrosar la larga lista de mujeres que han sido condenadas por la historia a vivir en un segundo plano (como la actriz e inventora Hedy Lamarr) y que tuvieron que ver cómo sus logros les eran negados y otros se llevaban en muchas ocasiones el mérito de sus esfuerzos.

Hoy, más de un siglo después de La Fée aux Choux, su nombre vuelve a encenderse. No como una curiosidad histórica, sino como una verdad que por fin se reconoce: Alice Guy-Blaché inventó el cine narrativo. Lo hizo desde la intuición, la ternura y la necesidad de imaginar mundos posibles. Lo hizo mientras vivía una vida compleja, llena de amor, de trabajo, de pérdidas, de silencios.

Recuperarla es un acto de justicia. Pero también de memoria: recordar que el origen del cine no es solo una máquina, ni solo un grupo de hombres fascinados por la técnica. El origen del cine es una mujer que se atrevió a contar una historia.

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