Ella habla. Las ciudades se derrumban

por Dante Cajales Meneses

Una vez un periodista le preguntó a Violeta Parra cuáles eran las composiciones del folklore que ella más admiraba. Respondió que valoraba y celebraba el canto al humano y lo divino desde el punto de vista del texto literario y musical, y, sobre todo del testimonio de quiénes lo escribieron y compusieron. Se refería a las mujeres cantoras populares y campesinas que conoció a lo largo de su vida recorriendo los campos y pueblos de Chile, compilando la tradición oral de cantoras anónimas. Sin ese traspaso de tradición, Violeta no habría podido conformar esa identidad de mujer, su autoimagen como cantora, y no habría tenido la fuerza ni el impacto que tuvo y que tiene hasta nuestros días. Mujeres que además encarnan la exclusión que han tenido las poetas en Chile y en el mundo.

Nuestras cantoras son herederas de las cantoras andaluzas, quienes, a su vez, son hijas de las cantoras árabes y moras. Tras la caída del Imperio romano y las invasiones posteriores, se da una mezcla de culturas, particularmente cristianas, árabes y hebreas, que con el tiempo llevó a la transformación del latín vulgar a las lenguas ibéricas como el español, el catalán y el gallego, las que a su vez fueron penetrando la poesía oral en castellano que conocemos hoy. Lo interesante de todos estos tonos y transgresiones es que nacieron echando mano a la rica y prolífica tradición oral, y del canto a lo divino como a lo humano.

Durante siglos, la escritura estuvo vinculada de manera exclusiva a la pluma masculina. Aquellas obras socialmente “aceptables” se presumía que eran autoría de un hombre. Para evitar que los escritos de autoras fueran rechazados por editores o criticados por el simple hecho de ser mujeres, muchas autoras recurrieron a la práctica del seudónimo. Su uso no solo protegió la intimidad, sino también la integridad física a la que se exponían por el simple hecho de escribir.

Esta práctica fue una respuesta directa a la discriminación. Podría ilustrar esta nota con una extensa lista de extraordinarias poetas que fueron marginadas por el solo hecho de ser mujeres. Aun así, mediante el ocultamiento del sexo, buscaron crear y representar con voz propia la literatura escrita por mujeres; George Sand fue la poeta francesa Aurore Dupin, una de las autoras más prolíficas de su época. Escribía historias de amor y de contrastes de clase, criticando las normas sociales. También escribió textos políticos y teatro. La poesía escrita por mujeres en Chile transitó por los mismos caminos de la discriminación. Históricamente, enfrentó una evidente invisibilización, subestimación y sesgo machista en los espacios de reconocimiento oficial. Es el caso de la poeta Raquel Jodorowsky (1927-2011), una de las poetas más deslumbrantes del último siglo. Editorial La Esporádica publicó en 2025 su poesía reunida con el título Una diosa desterrada del cosmos. También lo fue la obra de la reconocida poeta argentina, Alejandra Pizarnik (1936-1972), cuya poética juegó de manera permanente con los límites. Bárbara Délano (1961-1996), no solo reconocida por sus investigaciones en sociología. Fue parte de un grupo de escritoras jóvenes que comenzó a debatir y a cuestionar el canon masculino en la poesía chilena de los ochenta.

Voces despiertas que han intentado silenciar y que hoy resuenan más fuerte: Safo, Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa de Ávila, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Elizabeth Barrett Browning, Luisa Pérez de Zambrana, Delmira Agustini, Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Anna Ajmátova, Marina Ivánovna Tsvetáieva, Dulce María Loynaz, Carmen Conde, Sylvia Plath, Fina García Marruz, Gloria Fuertes, Carmen Berenguer, Malú Urriola y muchas otras igualmente imprescindibles, que el canon literario construido por hombres intentó invisibilizar.

La palabra poética es un acto de valentía que saca a la luz la propia historia, una historia no solo individual, sino colectiva, la historia de todas las opresiones que han sufrido las mujeres poetas y que actúa a modo de disparador en el momento mismo en que una mujer se nombra. Es por tanto la historia de las mujeres negras, la historia de las mujeres indígenas, la historia de las mujeres musulmanas, la historia de las mujeres de la “Generación Beat”, ese vibrante grupo de mujeres que produjo una poesía deslumbrante, que rompió con las restricciones de la cultura, de la familia y el sistema educativo de los Estados Unidos de los años sesenta. Es también la historia de nuestras abuelas y madres.

Dentro de esta brevísima genealogía de mujeres creadoras que tuvieron que ocultar sus nombres, la poesía ha sido, sin duda, un único instrumento de lucha. La escritura poética promueve el grito desde las entrañas de un cuerpo insurrecto, que desea ocupar un lugar diferente en la historia. La lucha de la mujer latinoamericana sigue cifrada a una doble negatividad: porque es mujer y porque es mestiza.

Cuando quisieron plasmar su voz, cayeron en el olvido. Cuando consiguieron que la sociedad las leyera, se las censuró. Sin embargo, para que no se olvide su legado, hay que escribir sobre ellas.

Ella habla. Las ciudades se derrumban: el peso de realidad que contiene esta afirmación adquiere crudeza en el momento que somos conscientes de que la mirada contemporánea que ponemos sobre muchas culturas de la antigüedad está llena de prejuicios y construcciones anacrónicas, que hacen que las investigaciones tradicionales no se ajusten a la realidad histórica. Un ejemplo impensable hoy día; a finales del siglo XX, en arqueología, se identificaba el sexo de osamentas en función de los objetos mobiliarios de las tumbas. Si eran armas, se presumía que las osamentas correspondían a un hombre, si eran adornos, se determinaba que se trataba de los restos de una mujer. Igual que Violeta Parra, ese traspaso de autoría de muchas de las tradiciones campesinas, sin el trabajo que ella realizó, no habría tenido la fuerza ni el impacto que tuvo y que tienen hasta nuestros días sus recopilaciones. Ella habla. Las ciudades se derrumban. Este bello verso es autoría de Enheduanna (2286.a.C – 2251.a.C, Mesopotamia), una mujer en cuya tradición literaria anónima decidió en un momento de la historia firmar sus creaciones, inaugurando así el concepto de autoría, que es también la historia de un descubrimiento que reverbera en un silencio, que parecía no tener fin, a pesar de escribir sus poemas 15 siglos antes que Homero y 18 antes que Safo. No tengo duda: en poesía, la palabra revela o ilumina aquello que ha sido silenciado.

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