La patria guacha
Ha finalizado septiembre, mes en que todos los chilenos tienen algo que celebrar. La izquierda lo hace el 4, día del triunfo de Allende, el centro la elección de Frei Montalva, la derecha el 11, golpe de estado y el 18, moros y cristianos conmemoran la instalación de la Primera Junta de Gobierno, hito de nuestra historia patria.
Nuestra historia, es una historia guacha. El padre de la patria, Don Bernardo, fue llamado “el guacho Riquelme”, apodo que le puso Doña Javiera Carrera, aristócrata chilena que se oponía a sus ideales. Durante años, su padre, el Virrey del Perú Ambrosio O’Higgins, no quiso reconocerlo públicamente y su certificado de bautismo, emitido cuando él tenía 4 años, lo acredita como hijo natural. Don Bernardo continuó la línea de la guachitud y tuvo dos hijos “naturales” Pedro Demetrio, con la criolla Rosario Puga, a quien O´Higgins reconoció poco antes de morir y Petronila, mestiza, hija del libertador y una sirvienta mapuche. Don Bernardo no la reconoció y ella tomó el apellido de su abuelo paterno Rodríguez, sin embargo, entre ambos existió una relación cercana y ella lo acompañó a su exilio en Perú. En este país se casó con José Toribio Pequeño. La historia de “la Petrita” es contada por la periodista y directora de cine Pamela Pequeño, su tataranieta, en el documental “La hija de O´Higgins” (2001)
El guacho es un tema transversal en la historia de Chile. Es sabido que en los fundos, era común que el hijo del patrón tuviera relaciones con una inquilina y después no se hiciera responsable de sus actos. Si la mujer alegaba era expulsada del fundo y debía partir con su hijo a vivir donde pudiera, sumida en la marginalidad. El historiador Gabriel Salazar ha trabajado el tema y, el año 2006, publica su libro “Ser niño “huacho” en la historia de Chile” Según este texto, la ausencia del padre transforma a la madre como el eje de la familia, sin embargo, no es sólo un asunto familiar sino que tiene que ver con un fenómeno histórico social y se relaciona con la hacienda, la relación entre patrones e inquilinos, la pobreza rural, la migración del campo a la ciudad, la precariedad y la marginación.

Según Salazar, vivimos en una sociedad guacha que establece una diferencia entre hombres y mujeres, estas últimas son las que deben mantener la economía del hogar y construyen una estructura social de trabajo, supervivencia, solidaridad y sociabilidad. También ha trabajado este tema la antropóloga Sonia Montecinos quien, en su libro “Madres y huachos. Alegoría del mestizaje chileno” (1991), plantea que Chile construyó su identidad histórica a partir de una relación desigual entre madre e hijo marcada por la marginalidad y ausencia del padre. Para Montecinos el concepto de “guacho” representa una figura cultural en la que confluyen la orfandad, ilegitimidad, mezcla y pertenencia incompleta.
Lo anterior ha provocado que se haya construído una historia vertical, donde las mujeres son, generalmente, ignoradas y sólo son conocidas por haber estado casada con alguien destacado, desde Carmela Carvajal de Prat hasta María Pía Adriazola de Kast. La historiadora y periodista Ana María Stuven, muestra cómo la exclusión de las mujeres forma parte de la construcción de la sociedad, reconociendo que esta se debe a que, en nuestro país, lo histórico se ha relacionado con lo público y en esta esfera las mujeres no han sido protagonistas, salvo honrosas excepciones.
Las voces femeninas
No cabe duda que la historia de Chile ha estado marcada por un componente machista. Históricamente la mujer ha sido representada en los roles de “madre”, “puta” o “santa”. O´Higgins, masón de la Logia Lautarina, manda a construir un templo a la Virgen del Carmen, a quien se la nominó como: “Patrona de Chile”. Los chilenos demoramos más de doscientos años en elegir a una mujer como Presidenta de la República.

A pesar de lo anterior, se debe reconocer que, durante el siglo XX, hubo dos mujeres que se transformaron en la voz de su tiempo y su discurso sigue vigente. Gabriela Mistral y Violeta Parra. La Mistral, como O´Higgins, era guacha. No siguió una vida académica tradicional, sin embargo, aborda, profundamente, temas como la infancia, la naturaleza, la maternidad y el dolor, entre otros. Trabajó como profesora en lugares rurales y sus aportes en educación la llevaron a encargarse de la reforma educacional en México, después de la revolución.
Su voz en la educación provoca un cambio en la manera de percibirla, ella la entendía como un proceso que va más allá de entregar información al niño, se trataba de formarlos y protegerlos, de ocuparse de la dignidad de estos cuando viven en condiciones de pobreza. Mistral no sólo fue una gran poeta sino que fue una intelectual que le tocó participar en diversos foros internacionales, como cónsul de Chile y su trayectoria permite establecer relaciones entre literatura, educación, diplomacia y género.

Otra de las voces de nuestro siglo XX es Violeta Parra. Cantora, compositora, artista visual y recopiladora del folklore. Ella recorre diversas zonas de Chile, visitando comunidades rurales, entrevistando cantores y cantoras populares, anotando canciones y melodías y estudiando géneros tradicionales. Su trabajo le permitió recuperar las tonadas campesinas, estudiar las variantes de la cueca, las décimas, el canto a lo poético, la música religiosa, la tradicional y recuperar los repertorios de los cantores populares. De ella se reconoce la capacidad de transformar el canto tradicional en una nueva creación.
La obra poética de Violeta Parra, tiene una estructura propia llamada “décima espinela” en la que incorpora el humor, la ironía, el lenguaje coloquial y la capacidad de construir emociones. Como artista plástica trabajó en arpilleras, pinturas al óleo, esculturas de alambres y figuras de greda. En 1964 expone en el Museo de Artes Decorativas de París, vinculado al Louvre, planteando la pregunta ¿Por qué una arpillera o una obra de artesanía debe ser considerada inferior a una pintura fabricada con elementos tradicionales?
Es cierto que no son las únicas mujeres que han sacado la voz en una sociedad machista, están Janequeo, luchadora mapuche del siglo XVI, Javiera Carrera y Paula Jaraquemada en las luchas por la independencia, la Doctora Eloísa Díaz, Amanda Labarca, Cecilia y Gladys Marín, en el siglo XXI nos encontramos con Díamela Eltit, Pía Barros, Mon Laferte y Cecilia Vicuña, entre otras.
La actriz Malucha Pinto, en un escenario que celebraba el triunfo de Michelle Bachelet, propuso que empezáramos a hablar de la “matria”.
La matríztica

Nuestra historia, que hemos celebrando con fondas, chicha en cacho y Parada Militar, se caracteriza por su carácter patriarcal, es decir se fundamenta en la jerarquía, la apropiación, el control, la autoridad, la competencia y la legitimación de la dominación. Frente a esto, el neurobiólogo Humberto Maturana y la psicóloga y psiquiatra Greda Verden-Zöller, proponen una forma de organización social y cultural basada en la cooperación, la diversidad, la convivencia, el cuidado y el reconocimiento del otro como legítimo otro. Esto es lo que han llamado “la matríztica”
“Matríztica” viene de la palabra “mater” que en castellano significa “madre”; sin embargo, sus autores aclaran que no se trata, necesariamente, del gobierno de las madres sino que lo que intentan es establecer una cultura. sustentada en la comunidad, el entorno y establecer relaciones horizontales entre pares.
En este tipo de organización social es relevante el juego infantil, ya que, según los autores, en su juego el niño aprende a relacionarse con otros, a interactuar sin competencia y sin preocuparse del resultado. La “matríztica” tiene que ver con la crianza, no consiste sólo en cambiar las instituciones públicas sino que se debe cambiar la forma de relacionarnos.
Maturana y Verden-Zöller establecen que existió una sociedad matríztica o pre-patriarcal en la Europa neolítica, según lo demuestran diversos estudios arqueológicos. Estas sociedades habrían sido menos jerarquizadas y con menor disposición a la guerra. La figura de la mujer en época de fertilidad tendría un papel importante, pero, al proponer este tipo de organización socio-cultural, no sólo se refieren a los estudios de la sociedad neolítica, sino que es un concepto filosófico que hoy debería poder fundarse a través de las comunidades.
No debe entenderse la matríztica como matriarcado o como feminismo. Los autores proponen la siguiente pregunta. ¿Queremos educar a los seres humanos para competir y dominar o para convivir y colaborar?
2 comments
Vamos a educar para cambiar el mundo. Partiremos por la capacidad de soñar en grande y de aprender bien a bailar. A crear e inventar cuando todo parece oscuro y lejano. Con las compañeras, por cierto. ¡como protagonistas! Así, se podrá entender mejor las cosas cómo fueron creadas, con la belleza y el amor… Buena tu mirada, como siempre, querido Pancho.
Gracias Felipe. Un abrazo.