Las obsesiones de Michael McDowell

por Karen Punaro Majluf

En su obra se refleja parte de su propia vida y cómo influyó en él su lugar de nacimiento, el ocultar su homosexualidad y su fijación –casi morbosa- con la muerte.

Michael McDowell pasó buena parte de su vida mirando aquello de lo que la gente suele apartar los ojos. La muerte le interesaba con una curiosidad casi patológica: quería saber cómo una sociedad la ordenaba, qué objetos dejaba a su alrededor, qué ceremonias inventaba para soportarla y de qué manera el dolor terminaba convertido en una fotografía, una joya, una placa de ataúd o un mechón de cabello guardado durante generaciones. Mucho antes de transformarse en uno de los nombres más destacados de la literatura gótica norteamericana, ya había hecho de esa curiosidad una disciplina.

Estudió en Harvard, donde obtuvo sus grados en Literatura Inglesa, y en 1978 recibió el doctorado en Literatura Inglesa y Estadounidense por la Universidad Brandeis. Su tesis llevaba un título que, leído a la luz de las novelas que escribiría después, parece el anuncio de una obsesión destinada a acompañarlo toda la vida, American Attitudes Toward Death, 1825–1865. McDowell estudiaba la muerte estadounidense del siglo XIX y, paralelamente, reunía sus vestigios.

Su colección de memorabilia funeraria llegó a ocupar más de setenta cajas. Fotografías post mórtem, prendedores de luto, recuerdos mortuorios, cabellos, imágenes de accidentes y placas procedentes de pequeños ataúdes infantiles formaban parte de aquel archivo doméstico. Tras su muerte, la colección terminó en Northwestern University. Cuesta encontrar una separación limpia entre ese coleccionista y el autor de la saga Blackwater, Agujas doradas o Katie. McDowell conocía la iconografía de la muerte victoriana con la familiaridad de quien había pasado años tocándola con las manos.

Otra de sus obsesiones estaba mucho más cerca. McDowell nació en 1950 en Enterprise, Alabama, y pasó su infancia y adolescencia en pequeñas localidades del sur del estado, entre ellas Geneva y Brewton. Ese paisaje regresaría una y otra vez a sus libros. Los pueblos pequeños, las familias antiguas, los modales sureños, la vegetación excesiva, las casas cerradas contra el calor y una geografía donde los ríos parecen poseer voluntad propia terminaron convertidos en la materia física de su literatura.

En Blackwater el lector se siente inmerso en Perdido. McDowell construyó ese pueblo con recuerdos reconocibles del sur de Alabama; proceso que repite en Los elementales. El calor inmoviliza. Las casas parecen observar a sus habitantes. El paisaje deja de cumplir la función de escenario y adquiere una presencia hostil.

Y es que McDowell conocía ese calor.

Lo conocía antes de convertirse en escritor y antes de abandonar Alabama. Sabía cómo una tarde sureña podía suspender la actividad humana, cómo la arena de la costa del Golfo entraba en las casas y cómo un río podía determinar la vida económica, familiar e incluso imaginaria de un pueblo. De esa memoria procede buena parte de la extraordinaria materialidad de sus novelas.

Intimidad expuesta

McDowell durante mucho tiempo vivió en las sombras llegando incluso a usar un pseudónimo para esribir lo que realmente deseaba expresar. Su formación intelectual lo llevó lejos del mundo donde había crecido y su homosexualidad lo situaba en una posición difícil dentro de la sociedad sureña de mediados del siglo XX. Durante treinta años compartió su vida con el historiador y director teatral Laurence Senelick, a quien había conocido en 1969. Esa experiencia aparece en su literatura de una manera curiosamente libre de pedagogía.

Los personajes homosexuales de McDowell pueden resultar encantadores, mezquinos, inteligentes, ridículos, crueles o valientes. El autor les concede el mismo derecho a la complejidad que al resto. Cuando el horror llega hasta ellos, su orientación sexual rara vez funciona como explicación moral de la desgracia. Dentro de una tradición popular que durante décadas castigó narrativamente la homosexualidad mediante culpa, enfermedad o muerte, esa decisión adquiere un peso particular. McDowell prefería reservar sus monstruos para asuntos bastante más interesantes.

También comprendió muy bien a los niños que observan desde los márgenes. “India McCray” en Los elementales pertenece a esa estirpe. En las novelas de McDowell, niños y adolescentes suelen advertir aquello que los adultos, ocupados en administrar propiedades, matrimonios, rencores y herencias, han aprendido a ignorar. Miran desde una posición lateral y descubren fisuras en el orden familiar. En un universo dominado por matriarcas formidables y familias que llevan décadas perfeccionando sus mecanismos de control, la infancia puede convertirse en el único lugar desde donde todavía resulta posible mirar sin obedecer del todo.

La familia fue probablemente el gran laboratorio narrativo de McDowell. Sus monstruos impresionan, aunque pocas criaturas sobrenaturales suyas poseen la perseverancia de una madre, una suegra, una hermana o una abuela cuando decide intervenir en la vida de alguien. Blackwater llevó esa intuición hasta una escala monumental. La historia de los “Caskey” avanza durante décadas entre nacimientos, matrimonios, negocios, muertes y desplazamientos de poder. En medio de esa crónica familiar vive “Elinor”, llegada misteriosamente a Perdido después de una inundación y vinculada desde el comienzo con las aguas oscuras del río.

¿Algo garcíamaqueano?

La comparación con el realismo mágico aparece con frecuencia alrededor de Blackwater. Un pueblo remoto, una familia seguida durante generaciones, una naturaleza que participa de la historia y la convivencia relativamente doméstica con acontecimientos imposibles pueden recordar por momentos el territorio latinoamericano de García Márquez. Sin embargo, la semejanza se desploma cuando se observa qué hace McDowell con esos materiales. Lo sobrenatural conserva una amenaza física. Puede entrar a una habitación, arrastrar un cuerpo, despedazarlo o desaparecer nuevamente bajo el agua. Perdido acepta muchas rarezas, aunque el lector jamás recibe la tranquilidad de pensar que pertenecen enteramente al orden natural.

McDowell escribía terror durante uno de los momentos de mayor expansión comercial del género en Estados Unidos. A finales de los ‘70 y durante los ‘80, las librerías estaban llenas de novelas de horror en ediciones económicas. Stephen King se había convertido en un fenómeno editorial y el paperback (novela de bolsillo) circulaba por supermercados, farmacias, estaciones y kioscos. McDowell entendió perfectamente ese ecosistema y jamás pareció avergonzarse de pertenecer a él. Se consideraba un escritor comercial.

Escribía para ser leído, quería vender libros y conocía los mecanismos que mantienen a un lector despierto unas páginas más. Su prosa podía ser elegante sin entorpecer la narración. El diálogo avanzaba con rapidez y la violencia irrumpía con una economía que la volvía todavía más desagradable. Esa combinación explica parte de la peculiar posición que ocupa hoy. Sus novelas pueden devorarse durante un fin de semana y, terminadas, dejan bastante más material del que suele dejar una lectura puramente evasiva.

Quien mejor lo describe es King, cuando se refirió a McDowell como “mi amigo, mi maestro. Fascinante y aterrador, simplemente genial. El mejor de todos nosotros”, definiéndolo como el escritor más refinado de novelas originales de bolsillo de Estados Unidos.

Blackwater llevó esa concepción popular de la literatura hasta su forma más ambiciosa. Avon la publicó en 1983 como seis volúmenes de bolsillo que aparecieron mensualmente entre enero y junio. El proyecto recuperaba deliberadamente una costumbre del siglo XIX, cuando Dickens y Dumas mantenían a sus lectores esperando la siguiente entrega.

Cada volumen necesita cerrar una parte de la historia mientras deja otra respirando. Los conflictos familiares se desplazan, los secretos cambian de protagonista y una amenaza que parecía dormida vuelve a emerger varias páginas después. El lector termina participando del mismo mecanismo que movía al público del folletín decimonónico, aunque en vez de esperar un barco con las nuevas páginas de Dickens esperaba que el siguiente Blackwater apareciera en la librería.

El crítico Don D’Ammassa analiza a Toplin, publicada en 1985, al considerarla –quizá- la mejor novela escrita desde el punto de vista de un esquizofrénico. Son elogios reveladores porque apuntan hacia dos extremos de su obra: por una parte, estaba el artesano capaz de dominar la literatura popular, y por otra, un escritor dispuesto a entrar en territorios formales y psicológicos bastante más extraños.

La muerte lo alcanzó demasiado pronto. McDowell falleció en Boston en 1999, a los 49, debido a complicaciones relacionadas con el sida. Dejó inconclusa Candles Burning, novela que Tabitha King terminaría años después. Durante un tiempo, buena parte de su obra quedó confinada al recuerdo de lectores del género y a viejas ediciones de bolsillo. Después comenzó una recuperación editorial que terminó encontrando un público nuevo, particularmente intenso en Europa.

La escritora argentina, Mariana Enríquez, lo llamó “un genio condenado a un injusto olvido” y destacó su capacidad para retratar la perversión de los lazos familiares. La observación toca probablemente el centro de su literatura. McDowell sabía que una casa encantada podía abandonarse y que de un río monstruoso uno todavía podía intentar escapar.

Todas las muertes son repentinas, por muy gradual que sea el proceso de morir.
(La Riada, Blackwater I)

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