¿Salud mental o satisfacción social?

por Luz Quilodrán N

Según la Organización Mundial De La Salud (OMS), 1.200 millones de personas tienen problemas de ´salud mental´ en el mundo. Una de cada 8, el 13% del total. ¿Detalles? Depresión, 322 millones, un 4%; Ansiedad 470 millones, un 6%; Trastorno bipolar 36 millones, Trastornos alimentarios 18 millones; Trastornos por el consumo de sustancias 673 millones, un 11%… Ahora, si se incluye a quienes experimentan problemas de ´salud mental´ sin alcanzar el umbral de un diagnóstico, situación es mucho más masivo. Por lo pronto, estima la misma OMS que 1.300 millones, un 16%, sufren de soledad, incluido el 21% de los adolescentes.

Enseña la mayoría de los filósofos contemporáneos que la mente no existe. Es una vieja ficción heredada de la noción de alma, utilizada para dar cuenta de la espontaneidad que parecen tener los seres humanos. La ´enfermedad mental´ es, entonces, la patología de un fantasma. Lo que sí existe es un sistema nervioso central, pero nadie sabe cómo mapear una patología de la mente con una del cerebro. Es más, impera una profunda insatisfacción con las expectativas creadas por las drogas inventadas para lidiar con las patologías de este órgano/fantasma.

Ahora, de que hay un extendido malestar que parece ser incorregible, lo hay: se llama sufrimiento. Apuntar a la mente, una nada que por lo mismo puede enfermarse de mil maneras, desvía la atención de las relaciones que mantenemos entre nosotras. Ahí está la fuente de todo malestar y de toda posibilidad de alivio. Considerar cuántas personas, especialmente niños, se sienten solos apunta hacia dónde hay que poner el acento. No es la mente la enferma, ni el cerebro, son nuestras relaciones sociales las que producen los fantasmáticos males. Como dicen las gringas aquí: the social sucks.

Me provoca personalmente la despreocupación de la izquierda por esta podredumbre de lo social. Por el sufrimiento masivo que genera la vida en sociedad. Algo de fondo debe estar mal configurado en la sociedad.

Si Marx objetaba muy especialmente que el capitalismo enajena, convierte a las personas en desconocidas de ellas mismas, las aliena, podría preocuparle a la izquierda contemporánea la soledad y sus secuelas que produce la existencia social actual. Posiblemente influida por esa deriva tecnocrática del marxismo llamada estalinismo, o por un simple pragmatismo positivista, ella se obsesiona de manera exclusiva por la igualdad, y ahora último hay que incluir la inclusividad. Pierde de vista todo mal social que no caiga en esas categorías tan tangibles. O puede ser por su adicción a arreglar las cosas mediante leyes, impotentes por definición ante lo ´mental´. De un lado, en este campo, lo progresista es imaginado como igualdad de acceso a la salud mental, el derecho universal a ella. O sea, la misma sociedad actual, pero con centenares de millones de terapias y terapeutas. De otro lado, al responsabilizar de los males sociales a patologías de lo más íntimo del individuo – su ´mente ´- contribuye a cargarlo con una existencia difícil de soportar.

Me niego a creer que el descuido no sea más que el reflejo de la gran cantidad de terapeutas que se declaran de izquierda.

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