Me pareció muy valiosa la columna titulada “Una cuestión anímica” que explora la melancolía de la izquierda, publicada hace poco en La Nueva Mirada. Con pies de plomo y corazón frágil ofrezco este agregado que en mi opinión contribuye a comprender esa pasiva disposición afectiva.
Más que derrotada, la izquierda, cuando menos la chilena, se entiende y se trata a sí misma como víctima. Sugiero que no es lo mismo… Que es muy diferente, en realidad. Pido disculpas por el ejemplo deportivo: es muy distinto decir ¡nos ganaron!, que acusar ¡nos saquearon!
En el primer caso la derrotada preserva completamente su capacidad de agenciamiento transformador. En el segundo, desaparece la autonomía del agente. Se pudo hacer algo diferente, evitar la derrota y ganar era posible, por oposición a reconocer una impotencia radical. Se declaran los héroes, se construyen pedestales, se estudia la derrota, se evalúan las fuerzas propias y las que se enfrentaron para crear una nueva oportunidad, y prepararse mejor para ella es la gran tarea inmediata que moviliza un ánimo combativo incólume. El mismo que movilizó en primer lugar sabiendo que la derrota era posible. Se cuentan las víctimas, se construyen museos, se trata de reparar los daños abusivos, se recuerdan las operaciones victimizadoras haciéndolas permanentemente patentes, se procura recuperar la capacidad básica de agenciar… La combatividad futural en un caso, la tristeza reparadora en el otro. La rabia activa que empuja a nuevos enfrentamientos, a diferencia de la rabia pasiva que empuja a corregir lo incorregible, a saldar cuentas que no se pueden saldar. La gravitación hacia adelante, la que dispone hacia atrás.

Y puede haber más. Reclamar en contra de un foul supone que hay reglas del juego que merecen el respeto de las víctimas. Mientras más se insiste en ser una víctima, más se santifican aquellas. La preservación y el cuidado de ese orden legal se convierte en la gran tarea. Se impone un cierto conservadurismo, una cierta ingenuidad con respeto al juego y la cancha en la cual ocurre el enfrentamiento, como si estos no fueran parte de lo disputado. Ser derrotados, en cambio, no sacraliza nada. Se usa la derrota para examinar, entre otras cosas, las posibles reglas que por cumplirse llevaron a la derrota. Se expande el juego y la cancha para la próxima. De la derrota se sale más combativo, más maduro sobre los favorecidos por las reglas circundantes, sobre quién las inventó en primer lugar, y para qué.
El afán transformador sistémico de la víctima es substituido por la melancolía de no ser el agente histórico que se era.