(Publicado a petición del grupo de progresistas retirados Mayulermu, como parte del proyecto “Qué Hacer Con La Izquierda, presumiblemente desde la izquierda”)
Es mejor no entender la política como las prácticas especializadas de un grupo de profesionales del diseño de lo social mediante leyes. La restringe demasiado, alejándola de la existencia cotidiana de ciudadanas no especialistas. En verdad la política obedece a una condición fundamental, la necesidad, y potencialidad, que tienen los seres humanos de declarar normas para darle forma a sus relaciones. La vida cotidiana es regulada de manera generalmente tácita mediante normas no completamente explícitas gracias a las cuáles las interacciones sociales coordinan, el comportamiento de los demás es esperable, la convivencia es fluida.
No se trata de normas caídas del cielo ni de verdades naturales descubiertas por la ciencia. Pocos aceptan eso hoy día. Son declaradas por alguien y son aceptadas por los demás de buena o mala gana. Es un acto paradigmáticamente político inventar mediante declaraciones el orden de la vida social cotidiana, cualquiera sea el ámbito en el que esta se despliega. La pareja sexual, la relación padre hijo, adulto niña, la familia, el vecindario, el taller, la oficina, el directorio, la calle, la relación profesor alumno, entre géneros sexuales, entre cliente y proveedor, médico y paciente, representante político y ciudadano… La política es parte constitutiva de la vida cotidiana. No solamente la promulgación de leyes formales obligatorias constituye un acto político, también lo son las declaraciones que norman las relaciones sociales de la vida diaria. Es sobre la base de lo social creado de esta manera, y contando con estas normas, que opera la política como actividad especializada. El poder se ejercita en la vida cotidiana de manera semejante al ejercicio de legislar, aunque con menos formalidad, situado más localmente e imponiéndose por medios que van de la seducción a la amenaza, de la consideración a la violencia.
Es conveniente que la izquierda trate como políticas sin ninguna ambigüedad las prácticas que declaran las normas sociales de la convivencia diaria que no necesitan ser impuestas desde arriba mediante leyes. Y no solo eso, que participe como tal activamente en ellas. En la actualidad lo social se crea más así que produciendo leyes. Es cosa de ver cómo nuevas normas de la vida cotidiana declaradas internacionalmente, imitadas por seducción, conveniencia y manipulación transforman el universo social a una velocidad que deja fatalmente atrás a la legislación con sus solemnes formalismos soberanos. Lo social opera políticamente sobre su propio devenir en forma in – mediada por el estado, con ritmos más pegajosos e innovadores que se crean ensayando. La ley, mientras tanto, se afana por arreglar a destiempo el desorden del energético germinar social y mantener la casa en orden.

No le conviene a la izquierda despreciar la política cotidiana llamándola micropolítica en tono diminutivo. Ella no es solamente capaz de agenciar cambios sociales microscópicos, sin efectos sobre el conjunto. Se trata de una desvalorización instintiva que se basa seguramente en la necesidad históricamente adquirida de grandes narrativas holísticas para orientarse, para tener la certeza de qué hacer. Una típica ceguera del racionalismo de la izquierda al poder movilizador expansivo de la imitación de conductas y prácticas sociales, más que de la comunicación de razones e ideologías. Le cuesta apreciar cómo ciertas normas que emergen de manera casi imperceptible terminan por imponerse por atracción anímica como reguero de pólvora simplemente al ser imitadas de grupo en grupo. Y tanto o más relevante, cómo ellas no solo cambian determinados espacios delimitados de convivencia, a veces radicalmente, sino que se expanden resonando transformadas y adecuadas en cada caso a todo el orden social como nuevas maneras de ser.

La izquierda más bien se resta de crear el orden social de manera no mediada por el estado y sus leyes. Se pierde de innovar directamente la vida cotidiana, así como participar como tal en las múltiples maneras como los cambios tecnológicos, económicos empresariales, culturales, transforman el orden social en la vida diaria. Resigna así un poder creador que el estado ya no tiene, y se ausenta de la génesis transformadora más dinámica que ofrece la tecnología, el emprendimiento, el arte y la constante diferenciación de la convivencia social. Y lo peor, quizás, es seguir dando por obvio que son las leyes las que producen los cambios, y no la fuerza expansiva de la imitación social. Presunción que va acompañada de la incapacidad de apreciar la magnitud de la transformación social en todos los planos que produce el trato diferente a las mujeres, a los gays, lesbianas y otras identidades sexuales, cómo eso transforma el trasfondo ético – moral de la sociedad en su conjunto. Incluso más, cómo un cambio en la comprensión de lo que son los animales – las bestias de hace poco – cambia la orientación del cuidado y el ánimo de fondo del orden social. No es casualidad que cambios históricos contemporáneos fundamentales han sido movilizados con independencia de la izquierda legisladora. Y si en algunos casos ella se ha enriquecido con ellos, diferenciándose al incorporarlos, su afán por ordenar la realidad mediante ucases legales amenaza con cooptarlos quitándoles vitalidad seductiva y genética.
Quizás demasiado apegada a un estado con poco poder y mucho formalismo, la izquierda termina por convertirse en una institución burocrática anacrónica. Leguleya, sin alegría, flojona, apegada a los poderes establecidos que representa y fundamenta ella misma con sus prácticas cotidianas. Imitadora del estilo burgués que privatiza la vida cotidiana y convierte la política oficial en un baile de máscaras.