Acuerdos, ideología y política

por Antonio Ostornol

Declaraciones recientes de dos importantes dirigentes de izquierda –Gonzalo Winter (FA) y Daniel Núñez (PC)- han puesto sobre la mesa un debate del máximo interés para todos quienes nos autodefinimos como progresistas y creo que abren espacios de reflexión que es y será necesario transitar. Más allá de las contingencias en que se enmarcan ambas declaraciones, los temas asociados al rol de los acuerdos y la movilización social en los cambios políticos, son fundamentales. 

En una entrevista que Gonzalo Winter dio aclarando los alcances de su apreciación respecto de los “acuerdos” y el gobierno, señala: “Voy a ser muy claro. […] nunca he hecho una objeción a la necesidad de llegar a acuerdos. Ni una objeción a la necesidad de ceder en los puntos para llegar a acuerdos.” La respuesta del diputado es inequívoca y pertinente. Los acuerdos y la política son un “par ordenado”: no existe una sin la otra. Y me parece positivo que así sea. Cuando el espacio público, articulado tanto en los grandes foros o en las pequeñas reuniones, no funciona, la política se transforma en un monstruo cuyas acciones se vuelven impredecibles y crueles. 

Las grandes y pequeñas guerras que han conmovido y conmueven la conciencia humana, siempre han pasado por alguna fase donde los acuerdos no fueron posibles, ya sea entre países o bloques (cuando son de carácter internacional) o entre facciones o agrupaciones políticas (cuando se trata de conflictos internos). Por lo tanto, si se privilegia el costo humano del conflicto como principal variable de ajuste, los acuerdos debieran ser siempre deseables, aunque en el camino se posterguen expectativas legítimas de las partes. La ecuación que equilibra propósitos con transacciones está en el corazón del arte de la política. 

Desde mi perspectiva, este enfoque fue el gran acierto de los partidos de la Concertación para negociar con la derecha dictatorial la transición a la democracia, evitando la vía de la confrontación sin acuerdos, que muy probablemente habría derivado en algún conflicto de mayor costo en muertes y calidad de vida para miles de chilenos. No haber negociado en esa oportunidad, hubiese implicado que a las fuerzas democráticas no les habría quedado otra alternativa para derrocar a la dictadura que manifestarse con toda la fuerza posible en el territorio, desafiando con más intensidad a las fuerzas armadas (incluyendo el uso de la violencia) y muy probablemente se habría haber llegado a una virtual guerra civil o a matanzas de mayor envergadura que las ya vividas durante el régimen de Pinochet. Si no hubiese habido negociación, si cada una de las partes se hubiese empecinado en defender su forma de imaginar la transición y lo que debía ocurrir después, la dictadura se habría aferrado al poder haciendo uso de su principal argumento, las armas y la violencia. Ya lo he dicho: el costo habría sido terrible.

Pero como en el baile, donde se necesitan dos, la transición no fue solo mérito de las fuerzas diversas reunidas al alero de la Concertación, sino que también de la derecha. En sus versiones formales o fácticas, hubo voces que apelaron al realismo y abrieron paso a la negociación. Alguien afirmará –y no sin razón- que lo hicieron por interés, porque estaban aislados, porque la falta de democracia se hacía insostenible y los crímenes contra los derechos humanos ya no eran defendibles. Es decir, la derecha negoció, en buena medida, porque ya no podía sostener a la dictadura, que había apoyado durante 17 años. Puedo aceptar, también, que hubo sectores de derecha que genuinamente querían recuperar la democracia. Incluso, es probable que más de un sector de la derecha puede haberse asustado frente a los niveles de violencia que se desarrollaron en la década del 80. ¿Quiénes en la derecha estaban en una u otra posición? La historia irá decantando los lugares que cada cual ocupó en ella. Pero quienes optaron por buscar acuerdos para desplegar una transición con el conflicto político bajo control, ya sea que estuvieran en la derecha, el centro o la izquierda, dieron testimonio de gran talento político.

Pertenezco a una generación de hombres y mujeres que crecimos con la idea de que éramos dueños de un sueño que inevitablemente haría más feliz a la humanidad. Para lograrlo, estábamos dispuestos a todo, incluso a dar la vida, como lo hicieron muchas y muchos compañeros. Y aunque no lo explicitáramos, o lisa y llanamente no tuviéramos conciencia de aquello, no nos cuestionábamos que el precio a pagar para que el sueño se hiciera realidad, era llevar a nuestros pueblos a la guerra. Teníamos una visión de la política sacrificial. Visto con la perspectiva de un siglo XX terminado y un XXI que empezó a los tropezones, con los conocimientos nuevos que ponen en entredicho las viejas convicciones sobre la política, nuestro sueño se tiñe de una cierta aura romántica. Quizás si nuestros sueños se hubiesen acompañado de una mirada menos arrogante y soberbia, tal vez habríamos deseado ir alcanzando acuerdos políticos en el tiempo, no tan grandiosos, pero menos traumáticos y capaces de otorgar más bienestar a las mayorías.

Cuando Gonzalo Winter dice que “en la búsqueda de acuerdos, ha parecido que lo que empuja este gobierno no es la justicia social, sino el acuerdo mismo”, si bien no niega el valor de estos, lo enuncia con un matiz de cuestionamiento, como si tener que buscarlos fuese un mal necesario, más allá de la obvia necesidad que tiene un gobierno de minoría. La pregunta que queda, entonces, es simple: si tuviéramos la mayoría, ¿igual sería necesario buscar acuerdos? Personalmente, creo que es el único camino, porque en una sociedad donde no hay contrapeso alguno, la tentación dictatorial es muy grande. Desde esta perspectiva, alcanzar acuerdos mayoritarios, aunque no se requieran, pareciera ser deseable.

Esta discusión, sin embargo, se complementa con la idea de defender el ideario –o la ideología- que inspira las propuestas de cambio. Esto se relaciona directamente con las declaraciones realizadas por el senador comunista Daniel Núñez respecto a la “presión social” para empujar las reformas. La derecha busca instalar la idea de que pretender alcanzar una cierta hegemonía cultural o ideológica es algo “antidemocrático” per se. Y esta es una falacia de marca mayor. La actividad política es, en su esencia, una lucha por la hegemonía cultural e ideológica. Cuando se hacen declaraciones del tipo “el estado es ineficiente” o “los impuestos impiden el crecimiento” o “la educación pública atenta contra la libertad”, lo que se busca instalar es una hegemonía ideológica. Entonces, cuando una fuerza política que gobierna negocia acuerdos, no renuncia a su ideario (el que sea). Y tiene, a mi juicio, todo el derecho a proclamar a nivel social sus convicciones. Hacerlo es parte de una sana convivencia democrática. Y convocar a los diversos sectores sociales para que se movilicen en torno a esos objetivos, también lo es. Negarlo, es puro cinismo político. Todos los partidos debieran hacer lo que dicen Winter y Núñez. De hecho, eso es lo que suelen hacer. Y en primerísimo lugar, es lo que hace la derecha. Basta observar la conducta de las agrupaciones de empresarios, para constatar que sistemáticamente realizan presión social y dan una dura batalla por la hegemonía ideológica.

Otra cosa es la imposición de los criterios ideológicos a partir del ejercicio de la violencia. De eso, la derecha en Chile sabe más que nadie y tiene un enorme tejado de vidrio. Y hay una izquierda, ya sabemos, que también se confunde con este tema. Por lo mismo, no podemos obviar que estos temas son parte de la realidad y debemos discutirlos, y hacerlo con altura de miras y en un clima de respeto, sin tergiversaciones y de cara a la ciudadanía, lo que le haría muy bien al país. Sin duda, si eso ocurriera, como sugirió la ministra Tohá, estaríamos fortaleciendo la democracia.

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3 comments

german maturana abril 4, 2024 - 2:00 pm

De acuerdo

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Patricia Requena Gilabert abril 4, 2024 - 2:13 pm

Toño, hola.
Mi comentario es una felicitación. Adentrarse un poco en desentrañar estás viles operaciones desde el habla… es tan necesario.. Desenmascarar!!! Esos intereses ocupan todas sus herramientas mientras que los que trabajamos por otro modo de relacionamiento social y político, en general, callamos. Pues, solo apoyar a las figuras que sacan la voz .
Saludos fraternos!!
Patricia.

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Peter Sinclaire abril 4, 2024 - 8:34 pm

Totalmente de acuerdo Toño!

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