La deriva anticomunista en la campaña presidencial, a partir del triunfo en las primarias de la candidata del PC Jeannette Jara, era inevitable. Aunque la realidad sea que, tanto el comunismo chileno como el pinochetismo chileno, no sean necesariamente los actores más incidentes o excluyentes del escenario político, su representación simbólica sigue siendo una amenaza directa para la configuración de la identidad de ambos sectores. En cierto sentido, la demonización mutua les confiere realidad a sus propias existencias.
De no ser así, resulta difícil explicarse algunas conductas y declaraciones de sectores históricamente vinculados a una u otra posición. Por ejemplo, la editorial del diario La Tercera de este domingo –siguiendo la línea de múltiples y diversos voceros de la derecha- argumenta que la concepción de democracia que sostienen los comunistas, al no ser explícitamente la liberal, sería incompatible con una verdadera posición democrática. De ahí la insistencia en interpelar a los comunistas para que tomen posición frente a realidades como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua. Y en cierto sentido, la duda es razonable. A los ojos del mundo moderno, no hay cómo sostener que países sin elecciones libres, con estados policiacos, sin partidos de oposición con capacidad de actuar libremente ni prensa independiente, sean de alguna forma democracias. También, muchos podríamos estar de acuerdo en que las democracias liberales –así como los mercados libres, donde operan frecuentemente inmensos oligopolios- son bastante imperfectos. De hecho, son democracias, en la mayoría de los casos, asimétricas, donde el peso de los poderes económicos y el control por parte de ellos de los medios de comunicación, establecen desequilibrios enormes. Sin embargo, este argumento no justifica defender formas de organización política que, en definitiva, no permiten la expresión de las mayorías ni las alternancias y contrapesos necesarios en el poder. Quienes aún se definen como marxistas – leninistas debieran, a estas alturas, a lo menos cuestionar la noción de dictadura del proletariado y las consecuencias trágicas cuya aplicación a lo largo del siglo XX ha tenido. ¿Por qué, entonces, los propios comunistas insisten, cada tanto, en estos temas? Mi hipótesis de respuesta, que no va más allá de una impresión que tiene su arraigo en las biografías, es que en la sustentación de estas premisas está contenida la identidad política –y con ello las lealtades internas- al interior de sus organizaciones. Es como si operara un automatismo.

El caso de la Rusia de Putin y su posición en la guerra contra Ucrania es icónico: el movimiento natural de los comunistas chilenos fue alinearse con Putin, explícita o implícitamente. ¡Con Putin! Un autócrata que bordea la dictadura y que ha consolidado un capitalismo feroz en su país y ahora aparece más vinculado a los zares que a los viejos bolcheviques.
Este es un comportamiento curioso, ya que si hay un partido que ha sido defensor y respetuoso de la democracia liberal en Chile, ese ha sido el partido comunista. Más aún, ha sido una de las principales víctimas de las múltiples veces que la derecha chilena ha vulnerado el estado de derecho en nuestro país, y ha instalado dictaduras (legalizadas o de facto) en Chile. Bástenos recordar a González Videla y Pinochet. Y, por otra parte, el partido comunista en Chile siempre ha sido un actor importante (antes del 73 muy incidente) en la escena nacional, pero siempre en coalición. No es muy distinta la situación hoy, aunque pudiese producirse un crecimiento relevante en el contexto de una campaña presidencial encabezada por una de sus militantes. El partido comunista tiene sus ideas que no son las mismas que muchos otros chilenos. Entonces, ¿de dónde el miedo? Nada hace presumir que, si la izquierda no logra una coalición de centro izquierda real, esto es, con un pacto electoral parlamentario y un programa común consensuado, tenga posibilidad efectiva de alcanzar una mayoría aplastante. Y si así ocurriera, todo ese caudal electoral no sería solo de los comunistas. Por lo mismo, toda campaña del terror fundada en el anticomunismo no es más que una estrategia electoral de la derecha que, aunque vieja, no por ello ineficiente.

Pero, claro, está la otra cara de la moneda. ¿Puede la derecha mostrar credenciales nítidas de conducta democrática irreprochable? La tiene difícil, por una razón muy simple: muchas veces ha sustentado políticas antidemocráticas, incluido el uso de la violencia contra los adversarios políticos. ¿Debo ser más claro? Apoyo irrestricto a la peor y más sanguinaria dictadura vivida durante 17 años en Chile. Y que han dicho al respecto sus actuales líderes: Kast se declara pinochetista; Matthei estima que los asesinatos fueron inevitables; de Kaiser, mejor ni hablar. Entonces, su posición es mucho más compleja porque, si bien por una parte se ven a sí mismos como los más irrestrictos defensores y garantes de la democracia en Chile, su historia “real” dice otra cosa. Votaron por Pinochet el 88, lo defendieron cuando estuvo preso en Londres, sostuvieron por más de una década el sistema binominal y los senadores designados, solo por mencionar algunas de sus actuaciones más flagrantes de atentado a la democracia. Entonces, en la actual coyuntura, intentan imponer una discusión completamente espuria, al pretenderse auténticos demócratas, enfrentados a unos encubiertos anti demócratas. Pero lo cierto es que, cuando la derecha se aferra a su legado dictatorial –algo que nadie le exige- posiblemente lo hace por las mismas razones que los comunistas insisten en su pureza doctrinaria: necesitan mantener su identidad. Entonces, nos quedamos en el más paradójico de los mundos: unos izquierdistas que en su historia política han sido muy democráticos pero que sostienen un discurso dictatorial, y unos derechistas que sostienen un discurso muy democrático pero que han tenido una historia política muy dictatorial.
El problema de diseñar el escenario de las elecciones presidenciales desde este contexto es la polarización del país y, con eso, el único riesgo efectivo e inminente para la democracia en nuestros tiempos. Afirmarse en la identidad propia como único propósito en la acción política conlleva, necesariamente, a la exclusión del otro. Como ocurrió durante la dictadura, cuando se instaló el discurso “patriota versus marxista”, lo que posibilitó la política de exterminio que operó durante 17 años. O como pasó con las revoluciones del siglo XX, en que la lucha de clases se llevó al extremo de justificar el exterminio de la burguesía y sus adláteres. Y los ejemplos podrían seguir.

Frente a esto, el desafío de Jeannette Jara es inmenso: necesita liderar la coalición. Para ello, debe alcanzar un consenso real entre fuerzas políticas que no son idénticas y que tienen diferencias entre ellas. Es cierto que hay un pacto inicial que llevó a realizar las primarias. Pero para asegurar que las fuerzas progresistas se la jueguen por esta candidatura (lo que habría sido necesario para cualquiera que hubiese ganado las primarias), es fundamental que las ideas diferentes se reconozcan. De lo contrario, podría extenderse el fenómeno “Landerretche”, o sea, si gano seguimos juntos, y si pierdo, me retiro. No parece del todo serio.