La ONU y el multilateralismo holográfico

por Luis Breull

En un mundo donde conflictos como los de Ucrania, Gaza, Sudán y Yemen se prolongan indefinidamente, pareciendo un ciclo interminable de violencia sin resolución clara, la ineficacia de las instituciones multilaterales se hace dolorosamente evidente. A este panorama se ha sumado una nueva escalada que marca un punto de inflexión: los ataques israelíes contra instalaciones nucleares iraníes y la respuesta del régimen musulmán, seguidos por bombardeos de Estados Unidos sobre los centros de enriquecimiento de uranio en Fordow, Natanz e Isfahán, con potenciales consecuencias catastróficas para la estabilidad global. La Organización de Naciones Unidas, incapaz de actuar con eficacia, se ha limitado a convocar reuniones de emergencia y emitir comunicados de alerta sin impacto, como una burocracia supranacional y holograma al mismo tiempo, que proyecta una imagen sin cuerpo ni poder ordenador. 

El contexto actual da cuenta de la profunda crisis de legitimidad, eficacia y representación que atraviesan la ONU y algunas instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Foro Económico Mundial (FEM). Una realidad en la que urge explorar si es posible imaginar una nueva organización, respetada, eficiente y eficaz. Lejos de limitarse a una crítica destructiva, se busca dar una alerta fundamentada desde el regreso a la teoría política para repensar, corregir y refundar las bases de una gobernanza global verdaderamente eficaz, democrática, plural, inclusiva y conectada con la realidad de los países. Hoy, este multilateralismo holográfico -como cuño o concepto-, designa la situación contemporánea de muchas instituciones internacionales que conservan su forma visible (logos, dotaciones, cumbres, comunicados), pero han perdido toda sustancia operativa, eficacia política coercitiva y legitimidad real. Son organismos que proyectan una imagen intangible de autoridad sin cuerpo, una burbuja sin músculo, cerrada sobre sí misma y sin capacidad de transformar la realidad.

El loop infinito de la guerra y el crepúsculo del orden mundial

Observar el panorama global hoy es presenciar una distopía en tiempo real. En Ucrania, la invasión rusa se estanca en una guerra de desgaste con frentes estabilizados, mientras la diplomacia real parece paralizada. En Gaza, la devastación se perpetúa en un ciclo de represalias y asedio, sin solución política duradera. Sudán se desangra en una guerra civil olvidada, con catástrofe humanitaria sin intervención efectiva. Yemen sigue sumido en una crisis de años. Estos ejemplos revelan un patrón inquietante: las principales guerras de actualidad parecen una espiral o loop eterno, sin resolución aparente. Los actores se enfrentan en campos de batalla donde las victorias son pírricas o con más daños para el vencedor que el vencido, y las negociaciones, si existen, son meros interludios que no alteran la dinámica fundamental. Es una violencia que se autoalimenta, como un purgatorio circular.

La arquitectura institucional multilateral surgió tras la Segunda Guerra Mundial con la promesa que el horror no se repetiría. La ONU, el FMI, el FEM y la Organización Mundial del Comercio (OMC) fueron concebidos como engranajes de una paz perpetua -como la aspiración del filósofo prusiano Immanuel Kant-, sostenida por reglas y no por imperios. Ochenta años después, ese andamiaje parece más próximo a una estructura de legitimación simbólica que a una arquitectura de resolución real.

Ya lo había advertido en su Historia de la guerra del Peloponeso el historiador y estratega militar ateniense Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben. Esta lógica sigue vigente. La propuesta kantiana de una federación racional se ha desvanecido. Como lo reafirmó en la postguerra la filósofa Hannah Arendt, el derecho sin comunidad ni acción compartida se convierte en ritual sin fuerza.

Cumbre tras cumbre, los resultados son casi invisibles. La ONU en 2023 organizó más de 30 reuniones globales y ninguna detuvo una guerra ni aseguró corredores humanitarios eficaces. Al decir del ensayista Byung-Chul Han, vivimos una era donde el exceso de comunicación sustituyó a la acción incidente y neutralizó la crítica.

Ineficacia estructural con traje de gala

El multilateralismo contemporáneo, de cuidados rituales de perfecta ineficacia, puede ser entendido y proyectado también como una “estética del vacío”, una política de la forma que ha perdido su función. La misma que planteó Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo al reflexionar sobre la posmodernidad y sus industrias que consumen la vida. La ONU se ha vuelto incapaz de intervenir en conflictos estructurales por vetos cruzados. Sus misiones de paz han sido objeto de escándalos y fracasos operativos. A esta ineficacia se suma la omisión de una agenda específica y contundente para combatir el narcotráfico y el crimen organizado transnacional, fuerzas que desestabilizan Estados, corrompen instituciones y financian conflictos a escala global, operando en las sombras y sin rendir cuentas a ninguna norma internacional.

El FMI continúa promoviendo recetas de austeridad que generan desequilibrios sociales, como en Grecia (2010-2017) o Argentina (2018-2023). El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, hace casi un siglo llamó a esto el «malestar en la cultura», con instituciones que producen culpa, pero no protección. Los préstamos sin reforma estructural efectiva son un ejemplo de superyó multilateral, donde la autoridad moral impone una exigencia inalcanzable sin asumir responsabilidad. El Fondo Monetario Internacional reportó un rescate récord a Argentina de USD 57.000 millones que se implementó a partir de 2018, sin una mejora estructural verificable. La OMC -en tanto-, está prácticamente neutralizada desde el estancamiento de la Ronda de Doha, a inicios de este siglo. 

El escritor y ensayista italiano Alessandro Baricco, ya lo planteó hace casi dos décadas; asistimos a una cultura de superficie, donde los algunos de los nuevos «bárbaros» (corporaciones, plataformas, potencias emergentes) ya no respetan pactos, sino que operan por eficacia y supervivencia. Esto refleja un neodarwinismo institucional, en que solo las estructuras útiles al capital sobreviven.

El oráculo de los exiliados del poder

El Foro Económico Mundial de Davos reúne a exjefes de Estado, CEOs y expertos sin mandato popular. Cual «clero laico» del siglo XXI, representan a una élite que, aunque carece de poder coercitivo, monopoliza el capital simbólico y la autoridad discursiva global. Acumulan esta influencia moral, pero no inciden en el campo del poder real, entendido bajo los postulados del sociólogo Pierre Bourdieu. Producen lenguaje; no leyes.

Hannah Arendt se refería a fenómenos similares como «acción sin mundo«; espacios donde no se disputa el poder, sino que se simula deliberación. Por eso, en Davos no hay disenso, sino diagnóstico. Se habla de justicia tributaria mientras se eluden impuestos, de transición ecológica mientras se expande la explotación de recursos naturales. La ONG Tax Justice Network estimó en sus informes, incluyendo el de 2020, que se pierden más de 427.000 millones de dólares al año por evasión fiscal global, mientras en Davos se aplauden promesas de inversión sostenible bajo reglas de ESG (Environmental, Social, and Governance). El World Inequality Report (2022) informa que la concentración extrema del capital lleva a que el 10% más rico posea el 76% de la riqueza global y el 1% más rico obtenga un porcentaje mayoritario del incremento de la misma.

Proyectando este fenómeno en conceptos de Slavoj Žižek, el corrosivo filósofo postmarxista esloveno, presenciamos una psicopolítica del consenso sin soberanía. Es decir, una estrategia ideológica que simula inclusión y participación, mientras evita la confrontación real con el poder económico. El FEM no es gobierno global, sino escenografía del consentimiento financiero y simulacro de gobernanza líquida.

La Guerra en el Siglo XXI o el adiós a Clausewitz

En este panorama de instituciones globales en declive, la naturaleza de la guerra ha mutado, desafiando las concepciones clásicas. El alto funcionario y experto en estrategia francés Philippe Delmas, en su obra de 1995 El brillante porvenir de la guerra, sostiene que este acto declaratorio de conflicto armado ha perdido su función política tradicional, entrando en una era de fragmentación donde predomina la violencia interna, identitaria y económica. En lugar de desaparecer, la guerra se transforma y se multiplica en nuevas formas, más irracionales, incontrolables y descentralizadas. Para Delmas, la guerra ya no es la continuación de la política por otros medios, sino su ausencia total, invirtiendo la célebre fórmula del teórico militar prusiano Carl von Clausewitz. Esta despolitización de la guerra se manifiesta en conflictos sin grandes proyectos políticos, con la proliferación de la violencia privatizada y un retorno a la barbarie.

El sociólogo y filósofo francés Jean Baudrillard, en La guerra del Golfo no ha tenido lugar, amplía esta crítica al conceptualizar la guerra contemporánea como un simulacro. La violencia es sustituida por una representación fabricada, mediática y espectacular, que la vacía de sentido. No hay duelo, solo «cirugía de precisión» y «daños colaterales» invisibilizados. La guerra se moraliza hasta convertirse en un espectáculo despolitizado.

Arendt, en Sobre la violencia, al iniciarse la década 70 distinguió en forma lúcida y cricial poder respecto de violencia. Para ella, el poder nace del acuerdo y la acción conjunta, mientras la violencia es instrumental, surge del fracaso del poder y representa su decadencia. La tecnificación del conflicto moderno vuelve inútil la guerra como medio político, pues la política auténtica ha sido desplazada por la dominación técnica, barbárica y burocrática. La violencia se banaliza al volverse rutinaria.

Para la socióloga británica Mary Kaldor, en su libro New and Old Wars: Organized Violence in a Global Era, describe las «nuevas guerras» como conflictos donde convergen actores estatales y no estatales, identidades fragmentadas, financiación criminal y una lógica de conflicto permanente. Estas guerras no buscan el control territorial tradicional, sino la destrucción de identidades ajenas, son autofinanciadas y se auto-reproducen. Su impacto en la población civil es devastador. Tienen un origen geopolítico o identitario, pero se estancan en un continuo cotidiano de guerra, sin avances o retrocesos significativos. Se asemejan a un bucle kafkiano de violencia, donde la ausencia de un objetivo político definitorio, la multiplicidad de actores y la economía de la guerra prolongan el sufrimiento indefinidamente. Esto representa el teatro en que entra en escena un multilateralismo espectral con logos y sin músculo; con discursos y sin incidentes; con ritual, pero sin conexión con las realidades ciudadanas.

La Inacción de la OTAN y nuevo egocentrismo autoritario

En este escenario de perpetuación de conflictos, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), pilar de la seguridad euroatlántica, ha exhibido inacción e impotencia anecdóticas frente a ciertos desafíos geopolíticos. A pesar de su inmenso poderío declarado y su función teórica, su capacidad para intervenir decisivamente en conflictos fuera de su Artículo 5º, o detener agresiones que no cumplen sus criterios de respuesta, ha sido limitada. La invasión de Ucrania evidenció los límites de esta cautela, revelando una dimensión de impotencia frente a las guerras que hoy desangran al mundo.

Paralelamente, cristaliza una amenaza al orden multilateral desde la irrupción y consolidación de liderazgos de ultraderecha de corte neonacionalista, negacionista, xenófobos y que tensionan las democracias de la modernidad, como los que se consolidan en Europa y otras regiones (incluyendo el asalto al Capitolio al perder Donald Trump la reelección del año 2021). Figuras con su retórica aislacionista y desprecio por las instituciones internacionales, encarnan una tendencia global que reivindica estéticas y argumentos incubados con el nazismo y el fascismo del siglo XX.

Este polo de poder coexiste con la realidad de más de la mitad del mundo gobernado por regímenes autoritarios o totalitarios, ya sean de corte comunista —como China— o excomunistas —como Rusia y algunas naciones de Europa del Este—, que exhiben afanes expansionistas bajo lógicas de incidencia económica o colonización de mercados. En este contexto, la realpolitik desnuda una cruda verdad; para potencias de ese tamaño y poder, la violación de los derechos humanos es a menudo una externalidad negativa inevitable y/o tolerable. Esto genera una doble moral evidente, pues mientras países como Venezuela o Cuba son ampliamente condenados por sus violaciones, precisamente porque a nadie le importan ni intimidan geopolíticamente, las agresiones de las grandes potencias se pasan por alto, dada su capacidad de imposición. Este resurgimiento ideológico, junto a la consolidación de regímenes autoritarios, con rechazo a la ciencia, la historia y la diversidad, representa un factor de aguda inestabilidad sin precedentes desde la posguerra.

Comunidad Internacional como Cadáver Exquisito de un nosotros que ya no existe

Así como en su época Freud advirtió que la cultura genera malestar cuando el sujeto ya no se reconoce en sus instituciones, en el mundo contemporáneo Zygmunt Bauman retrató la «modernidad líquida» como el poder separado de la política y Byung-Chul Han alertó sobre una «positividad vacía«, en la que todo se nombra y nada se transforma. La confianza en la ONU, según reportes del Instituto de Investigaciones Pew Research Center, ha mostrado una tendencia a la baja.

La comunidad internacional ya no existe como sujeto político coherente. Solo sobrevive como espectro administrativo con tecnología disponible para resolver crisis globales, pero que al mismo tiempo carece de un relato común que legitime decisiones colectivas. Lo que se observa es un multilateralismo espectral.

La desfasada burocracia progresista de la ONU y la realpolitik

La ONU y su vasta burocracia global exhiben preocupación por una extensa e intensa agenda de políticas progresistas que, si bien esenciales para una sociedad más justa, a menudo parecen desfasadas de las urgencias geopolíticas y del tablero del juego del poder o la realpolitik. Mientras conflictos brutales se prolongan, sus agencias invierten considerable energía en promover agendas inclusivas, feministas y con tintes «woke«, priorizando debates identitarios y normativas internas. Esta inclinación, aunque moralmente justificada, diluye su foco operacional y su capacidad de respuesta inmediata, mientras potencias y actores no estatales operan bajo lógicas de poder crudo y desregulado.

La dinámica temporal de la realpolitik es ágil y disruptiva, contrastando brutalmente con la lentitud burocrática de los organismos internacionales. Para aprobar un simple artículo o un documento, estos últimos demoran entre seis meses y un año, si no más. Habitan el mundo como una máquina autista, ajena a las urgencias reales del ejercicio de la violencia globalizada.

El politólogo británico Bernard Crick, hace más de sesenta años, argumentó en sus escritos que la política resuelve conflictos a través del compromiso y la pluralidad, no la imposición o administración. Crick enfatizó que la política auténtica implica una lucha por el poder donde los antagonismos se negocian y contienen, contrastando con una burocracia enfocada en ideales normativos sin capacidad de incidir en la confrontación real. En la misma época, el politólogo francés Raymond Aron -un reconocido pensador realista en el campo de las relaciones internacionales-, insistió en la primacía del poder y del interés nacional. En plena época de la cisis de los misiles entre Estados Unidos y Unión Soviética/Cuba, sostuvo que el sistema internacional es inherentemente anárquico y que la guerra es una posibilidad constante. Su análisis sugirió que instituciones internacionales son instrumentos de los Estados, e ignorar la fuerza es solo autoengaño. La preocupación de una burocracia internacional por la «corrección política» puede ser vista como síntoma de desconexión de la lucha por la supervivencia y el dominio.

Al finalizar el siglo XX y desde una perspectiva crítica, el historiador marxista británico Eric Hobsbawm, analizó cómo las fuerzas económicas y sociales, las contradicciones de clase y nacionalismo moldean conflictos internacionales. Es decir, puso en tela de juicio la capacidad de una agenda progresista normativa para abordar las raíces materiales y estructurales de la guerra y la desigualdad, sugiriendo que tales enfoques podrían ser un mero reflejo ideológico de las élites. Otros politólogos contemporáneos, tanto del liberalismo como de tendencias marxistas, coinciden en que la agenda de algunas instituciones globales ha perdido relevancia operativa al concentrarse en discursos inclusivos sin la capacidad de forzar consensos o imponer soluciones en la esfera de la realpolitik. Esta desalineación creciente ha contribuido a su progresiva irrelevancia.

Mientras desde la izquierda se denuncia la captura neoliberal de los organismos internacionales, desde la derecha se critica su moral globalista sin legitimidad cultural. Ambas denuncias coinciden en el vacío representacional y la funcionalidad del sistema para élites tecnocráticas.

Epitafio funcional o multilateralismo relegitimado

Superar el multilateralismo como ficción no es una provocación retórica, sino un imperativo político e histórico. En abril de 1946 se disolvió la Sociedad de Naciones por su incapacidad para impedir el ascenso de los totalitarismos y la Segunda Guerra Mundial. Hoy, la ONU, nacida en 1945, enfrenta su momento terminal. No ha detenido ni prevenido los conflictos bélicos estructurales, no ha moderado el ascenso de regímenes autoritarios —al contrario, los ha admitido sin condiciones— y ha sido neutralizada por vetos, tecnocracia y discursos sin consecuencia. La historia no se repite, pero rima. Donde antes fracasó el ideal de paz por derecho, planteada por el Presidente estadounidense Woodrow Wilson al iniciarse el siglo XX, hoy colapsa la ilusión liberal-multilateral de gobernanza por consenso.

Una época que encaja en el retrato anticipatorio del politólogo italiano Antonio Gramsci, referido a que cuando lo viejo no muere y lo nuevo no nace, surgen los monstruos. En este interregno, hoy emergen alianzas ad hoc, plataformas digitales sin regulación, corporaciones supranacionales y Estados autoritarios con alta eficacia operativa, como China, Turquía o India. Es la tercerización de la soberanía global, que se manifiesta en que frecuentemente no gobiernan los Estados, sino actores sin responsabilidad política.

El mundo contemporáneo no es mayoritariamente democrático. Más del 52% de la población global vive bajo regímenes no democráticos o con tendencias iliberales, según el informe 2024 de Economist Intelligence Unit. Rusia, China, India, Irán, Pakistán, Egipto, Venezuela, Turquía, Israel, Corea del Norte, incluso democracias formales como Brasil, Estados Unidos o Filipinas, presentan liderazgos con tendencias iliberales, punitivistas o mesiánicas.

Estos regímenes no solo son parte del sistema internacional, sino que lo moldean y bloquean. Europa vive la resurrección de una ultraderecha etnonacionalista y xenófoba, mientras Estados Unidos, bajo el avasallador segundo mandato de Donald Trump, amenaza con implosionar el derecho internacional, vaciar sus propias universidades y desmantelar alianzas históricas. Hipermillonarios supranacionales concentran el 50% del poder tecnológico, financiero y mediático mundial, operando por fuera de toda soberanía estatal y sin mandato democrático.

Las recientes guerras y el multilateralismo roto en tiempo real

Los ataques israelíes iniciados el 13 de junio de 2025 contra instalaciones nucleares iraníes, seguidos por la ofensiva directa de Estados Unidos sobre FordowNatanz e Isfahán, constituyen el test más elocuente y trágico del colapso operativo del multilateralismo contemporáneo. António Guterres, secretario general de la ONU, advirtió “el riesgo de caer en una espiral de represalias tras represalias”, en una eventual escalada que podría arrastrar al mundo hacia un “caos total” (UN News, 22-06-2025).

El conflicto ha dejado cientos de muertos civiles en Teherán, Tel Aviv y otras ciudades, y puso en riesgo la seguridad nuclear regional. Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) dependiente de la ONU, alertó sobre la “grave degradación de la infraestructura crítica” y el “riesgo real de contaminación radiactiva” en la planta de Bushehr. Las bombas antibúnker utilizadas por EE. UU. sobre Fordow podrían haber desencadenado un desastre regional. La ONU, mientras tanto, se limitó a convocar reuniones de emergencia y pedir moderación. No obstante, el lunes 23 de junio, Donald Trump anunció que esta “guerra de los 12 días” llegaría a su fin en pocas horas, debido al rol mediador de Estados Unidos como agente de paz, bendiciendo a los pueblos en conflicto que resolvieron someterse a esta mediación. Ahora comienza una nueva fase en la que se deberá ver si se consolida la paz en las próximas semanas o reescala.

Esta crisis ha desnudado el verdadero rostro del multilateralismo holográfico. El campo de acción de instituciones que proyectan solemnidad y autoridad, pero sin capacidad vinculante ni eficacia real. El Consejo de Seguridad fue escenario de acusaciones cruzadas. Rusia denunció que EE. UU. ha abierto “la caja de Pandora”; China condenó “enérgicamente” la ofensiva como violación del derecho internacional; Irán afirmó que Benjamín Netanyahu ha arrastrado a Estados Undos a una guerra ilegal. Donald Trump, por último, justificó su intervención como defensa preventiva ante la “amenaza inminente” del programa nuclear iraní.

El caso es paradigmático y los principios jurídicos internacionales son manipulados al antojo de las potencias, invocando legitimidad sólo cuando les conviene, en medio de una guerra paralela de comunicaciones.

La llamada “comunidad internacional” es hoy un cadáver administrativo sin cuerpo político. La Unión Europea se limitó a pedir “contención”, Turquía expresó “preocupación”, y sólo algunos países, entre ellos Chile, Venezuela, Rusia y China condenaron la violación del derecho. Nada alteró el curso de los acontecimientos. La ONU, símbolo de un orden que prometía paz tras 1945, quedó convertida en una espectadora impotente de la guerra real.

Esta nueva forma de guerra, quirúrgica, mediática, sin declaración formal, ni derecho de defensa, revela que el orden multilateral clásico ha sido sustituido por un régimen de acción unilateral permanente, donde los actores más fuertes dictan las reglas en tiempo real. Como advirtió Bauman, la política sin poder se convierte en ritual. Y como temía Arendt, el derecho sin comunidad ni acción concertada es impotencia institucionalizada. Lo ocurrido desde el 13 de junio de 2025 no fue solo un episodio bélico. Fue un epitafio en vivo del multilateralismo funcional.

Volver a la política y lo político para refundar lo común

¿Cómo, entonces, pensar un mundo común desde esta distopía polifónica y asimétrica? Volver a los clásicos ya no es nostalgia ilustrada, sino necesidad crítica. Desde Aristóteles, que entendió que sin virtud pública no hay ciudadanía, hasta Thomas Hobbes, que advirtió que sin autoridad común nos devora la guerra de todos contra todos; desde Jean-Jacques Rousseau, que soñó con una voluntad general, hasta Kant, que propuso una federación de repúblicas regidas por la razón; desde Karl Marx, que reveló cómo el poder se disfraza de neutralidad, hasta Friedrich Nietzsche, que expuso la decadencia de los valores; desde Max Weber, que exigía responsabilidad ética con realismo, hasta Arendt, que comprendió que la política se extingue cuando se destruye el espacio donde los distintos se encuentran y cohabitan; todos ellos entregaron herramientas para comprender y disputar lo político.

Para alimentar esta nueva etapa, a esta herencia se debe añadir las críticas de Gramsci, quien entendió que la hegemonía se gana culturalmente (hoy al enfrentar el dominio global de una moral emocional administrada por algoritmos y manipulada por fake news), y de Bourdieu, quien planteó que las instituciones pierden eficacia cuando el capital simbólico no se traduce en incidencia efectiva. Y la complejidad de Edgar Morin, quien enseñó que la historia no es lineal ni previsible, que todo sistema humano es frágil, contradictorio y multidimensional.

La revalorización del multilateralismo, la diplomacia y la regulación supranacional es el camino insustituible para establecer un marco de convivencia mundial que limite los conflictos y las guerras, y reencauce organizaciones con poder real para prevenirlos y acabarlos. Esto no será una simple reforma. Requiere refundar las condiciones de la representación internacional, restaurar la politicidad de los conflictos, construir mecanismos plurales de decisión eficaz, vinculantes, multiescalares, y sobre todo, descentralizar el poder desde sus actuales custodios fácticos o las élites sin territorio, los Estados sin límites y los sistemas sin cuerpo. 

La ONU fue necesaria pero ya no es suficiente. Un nuevo orden solo podrá emerger si su sustento epistemológico, su arquitectura institucional y su legitimidad simbólica son construidos de cara al siglo XXI, no como repetición del pasado, sino como afirmación del derecho a imaginar un mundo en común que aún no existe, pero que urge construir con la razón como herramienta y la justicia como horizonte.

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