El genocidio en Gaza extermina al pueblo Palestino y a la humanidad misma 

por Paulo Slachevsky

Una mezcla de impotencia, rabia y espanto aflora cada día al escuchar las noticias de Gaza y Cisjordania. La brutalidad y crueldad con la que Israel extermina al pueblo Palestino y arrasa con todo a su paso, no tiene límites. Los dramas se acumulan y nos recuerdan las peores pesadillas de exterminios en la historia. Las imágenes que nos llegan de los pocos fotógrafos y periodistas sobrevivientes hablan por sí solas: niños, jóvenes y mujeres aglutinados en la interminable cola por conseguir algún alimento, se acuclillan o tiran al suelo mientras soldados israelíes les disparan ráfagas asesinando diariamente a decenas de personas que van en busca de harina; dos jóvenes intentan rescatar un herido -darle una mano al hermano, al amigo, a la vida- mientras un cañonazo o misil los asesina; niños esqueléticos en brazos de sus madres mueren de hambre; los cuerpos de familias enteras muertas bajo las bombas.  

Todos los días se incrementa la cifra de los cuerpos recuperados, más de 62.000 a la fecha. Este domingo 17 de agosto, 60 son los asesinados durante la jornada, de los cuales 27 han sido masacrados en los puntos de repartos de la “Fundación humanitaria para Gaza”, la infernal institución con que Israel y Estados Unidos pretende remplazar el trabajo humanitario de las Naciones Unidas y ONGs.

Nombres y números se suman al registro del horror, y entre esos nombres uno no puede olvidar al joven periodista de Al-Jazeera, de 28 años, Anas al-Sharif, asesinado en su carpa frente a un hospital el pasado 10 de agosto, junto a cuatro colegas y dos civiles. Uno no puede olvidar al médico Marwan Al-Sultan,destacado cardiólogo, director del hospital indonesio, asesinado junto a siete miembros de su familia con un misil israelí. Uno no puede olvidar el desgarrador llamado de auxilio de Hind Rajab, niña de seis años que clamaba por ayuda desde un vehículo donde yacían muertos sus familiares. Antes, su prima de 15 años se había comunicado con la Media Luna Verde Palestina, murió acribillada. La ambulancia que fue por ella también fue atacada por los israelíes, todos fueron asesinados. 

Uno no puede olvidar las imágenes del doctor Hussam Abu Safiya el 27 de diciembre 2024, director del hospital Kamal Adwan, al norte de la franja de Gaza, caminando hacia un tanque israelí entre las ruinas del hospital asediado. Meses antes el ejército israelí asesinó a uno de sus hijos en bombardeos al hospital, y en noviembre del año 2024, en una conmovedora entrevista a la BBC daba cuenta de las condiciones apocalípticas en como funcionaban y atendían, quedando ya pocos, pues en una redada previa del ejército israelí se llevaron a 45 miembros del equipo médico dejándolos sin cirujanos. Era el único hospital que quedaba ya en el norte de Gaza. El doctor Hussam fue el último en dejar el hospital. Estuvo desaparecido por semanas, fue torturado, humillado, y hoy sigue encarcelado.

Entre las decenas de miles de asesinados, de los cuales un 70% son niños y mujeres, hay más de 1600 los trabajadores sanitarios, y más de 200 periodistas, fotógrafos y comunicadores. No hay registro de tales cifras en guerras anteriores. A diferencia del genocidio turco contra los armenios y el nazi contra judíos y gitanos, el genocidio israelí lo vivimos en vivo y en directo, pese al intento de silenciarlo a través del asesinato sistemático por parte del ejército israelí de todas y todos quienes lo transmiten. De todos los presentes en la fotografía colectiva tomada el día que se inició el último cese el fuego, que circula en redes, y que muestra a un grupo de reporteros palestinos, Anas al-Sharif entre ellos, hoy solo uno quedaría vivo. 

¿Cuántos preguntarán qué hicimos para frenar esta barbarie? Hoy existe la Convención para la Prevención y Sanción contra el delito de Genocidio, existe la regulación jurídica intencional contra crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial para evitar que los horrores cometidos se volvieran a repetir, sin embargo, ¿de qué han servido tales regulaciones? ¿Dónde está ese presunto occidente defensor de los derechos humanos? La violencia de los hechos y de las palabras no deja lugar a dudas. La prepotencia, cinismo y crueldad expresada en las palabras de ministros, parlamentarios y medios israelíes está a la vista de todos. Y en vez de enfrentar con acciones concretas ese crimen, se ha reprimido y censurado en las calles de Estados Unidos, Alemania, Francia y otros países a quienes manifiestan su solidaridad por Palestina. Luego, ¿cuántos monumentos de memoria erigirán para recordar a las víctimas? ¿Cuántos discursos y nuevas regulaciones jurídicas internacionales se elaborarán volver a decir que esto no puede volver a repetirse? Como dice el filósofo Berardi Bifo: “Pero frente a esta masacre, la mayoría de los israelitas [y quienes los apoyan] perdió la cabeza. Conservaron intacta su capacidad técnica de exterminio, pero perdieron el sentido de pertenencia al género humano, el sentido de piedad, o mejor, el sentimiento de empatía sin el cual todo crimen está legitimado porque no se percibe el horror.” (Pensar después de Gaza)

No podemos hacer como el avestruz, hay un antes y después con Gaza. La humanidad se hace pedazos. Dejar que eso ocurra ante todos, impunemente, es abrir la compuerta de las peores distopías. Hoy la humanidad se juega en Gaza, tal como ayer se jugó en la Guerra Civil española. Dejar que esto prosiga en el desentendimiento, la indiferencia o el silencio, como ciudadanos y gobiernos, es naturalizar el horror y la barbarie, al tiempo que es dejar morir toda esperanza. Con la palabra, como con acciones ciudadanas y gubernamentales, como son las sanciones a nivel político, jurídico, comercial, tecnológico y militar, hay que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para hacernos eco del llamado de auxilio de los miles de Hind Rajab que día a día asesina Israel, hoy un Estado paria que debe ser detenido y sancionado en su acción criminal por la humanidad misma.  

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