Los que aman, odian: la historia de una pasión entre Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo

por Karen Punaro Majluf

Juntos escribieron la que sería la primera novela policial argentina, una historia en donde una bella chica capaz de enamorar a cualquiera muere en misteriosas circunstancias en una habitación de hotel, mientras una tormenta de arena deja a los huéspedes (y sospechosos) aislados. 

Hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar.” Con esta frase el culpable de la muerte de Mary confiesa el crimen, tras un serie de especulaciones y en donde todos fueron sospechosos, sin embargo ningún policía fue capaz de descifrar las pistas conducentes al asesino. No es que en Los que aman, odianno haya justicia, sino que Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo enmarañan de tal manera la trama que los hechos decantan por sí solos, sin castigo más que el peso de la propia conciencia. 

La novela fue publicada por primera vez en 1946 por Emecé Argentina (reimpresa en 2002 para la colección Emecé, cruz del sur, de España) y escrita a “cuatro manos”; algo casi imposible para quienes saben de literatura, pues aunar criterios y conciliar una trama resulta un acto casi mágico. Por lo mismo, Ocampo declaró años después de su edición que, “es un milagro que uno pueda escribir con otra persona, y los milagros no se repiten”. 

En Los que aman, odian es posible identificar claramente la pluma de cada escritor, así como cuando los críticos de arte aprecian un óleo y son capaces de decir quién, cuándo y en qué período se pintó el cuadro, Hay que partir por señalar los elementos que hacen de esta novela una obra singular: fue la primera publicación argentina que se enmarca en el género policial, careciendo de un detective clásico como el estilo exigía –hasta ese momento-; sus autores son un matrimonio; la novela abre con una frase que posiciona al lector frente a una muerte, pero lo hace pensar que se tratará de un suicidio; y el escenario es un hotel de difícil acceso, con una vista paradisíaca, pero que se hunde constantemente a causa de las tormentas de arena.


Se disuelven en mi boca, insípidamente, reconfortantemente, los últimos glóbulos de arsénico  (arsenicum álbum). A mi izquierda, en la mesa de trabajo, tengo un ejemplar; en hermoso Bodoni, del Satyricón, de Cayo Petronio. A mi derecha, la fragante bandeja del té, con sus delicadas porcelanas y sus frascos nutritivos.

(Fragmento Los que aman, odian). 

El escenario es tan importante como la trama. Para llegar al hotel es necesario realizar un eterno periplo y varias combinaciones que dejan al huésped aislado en un hotel de ensueño, por lo que quien lo visita debe hacerse a la idea de pasar varios días en el lugar. Coinciden en estas vacaciones el doctor Huberman, médico homeópata y humanista; Andrea y Esteban, parientes del doctor Huberman y dueños del hotel; el niño Miguel, extraño e introvertido, sobrino de los propietarios del hotel; las hermanas Mary –traductora de novelas policiales-  y Emilia –melómana-; Atwell, novio de Emilia e inspector de la Capital Federal; el doctor Cornejo, un conocedor del mar y de la meteorología; una anciana dactilógrafa y que parece obsesionada con matar moscas; el comisario Ricardo Aubry, hábil investigador y aficionado a la lectura de Víctor Hugo; Cecilio Montes, médico de la policía; y el doctor Manning, discreto y dedicado a resolver solitarios.

El personaje de Miguel, el niño extraño que diseca pájaros marítimos, es atribuible a la pluma de Silvina Ocampo, quien a lo largo de su obra toma la crueldad –propia de las historias infantiles- y lo lleva a su narrativa. 


Empuñaba un enorme albatros embalsamado. Atada al pescuezo del pájaro con una cinta verde, colgaba una fotografía del niño… el cutis ceroso, la mirada intensa y la cara de laucha… evocó imágenes de pequeños y feroces animales acorralados

(Fragmento Los que aman, odian). 

Cuando fui a la botica a buscar el arsénico para el albatros y para las algas, le robé un frasco de estricnina que estaba en el estante del centro, debajo del reloj. La noche que todos salieron a buscar a la señorita Emilia, Mary se había enojado mucho conmigo. Yo me escondí en el pasillo y cuando Atwell iba a encontrarse con los demás, para salir en busca de Emilia, Mary le salió al paso, lo alejó de la luz de la escalera y lo besó de un modo que me puse a llorar. Yo pensé: “Voy a hacer una cosa terrible”. Ahora comprendo que hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar”.

(Fragmento Los que aman, odian).

A Bioy Casares le debemos al narrador y protagonista, el doctor Huberman, personaje poseedor de una inteligencia e ironía característico de la narrativa del argentino. 


Mientras saboreaba un scone juiciosamente dorado consideré que los hechos cardinales -los nacimientos, las despedidas, las conspiraciones, los diplomas, las bodas, las muertes- nos convocan alrededor del lino planchado y de la vajilla inmemorial…

                            (Fragmento Los que aman, odian).

Los temores ocultos

Un enigma importante en la novela es la relación entre Huberman y Mary; esa tensión sexual no resuelta queda siempre en la nebulosa sin refutar ni tampoco admitir. En la película –del mismo nombre- protagonizada por Guillermo Francella y Luisana Lopilato, el romance entre el homeópata y la traductora parte antes del encuentro en la playa, dejando en claro que una relación tormentosa entre ambos puede ser el detonante del crimen. En el libro, el doctor es un personaje inocente que se transforma en detective. 

Los autores juegan con la sospecha saltando de uno a otro, con razones de peso para asesinar a Mary. Las verdaderas caras de cada personaje se van haciendo presentes y cada característica es una pista que los podría conducir a la culpabilidad. 


“¿Mary? ¿La señorita MaríaGutiérrez?”, me pregunté. Es tan difícil reconocer a las personas en traje de baño… ¿La muchacha que me visitó este año en el consultorio y a quien le recomendé vacaciones en Bosque del Mar? Si, estaba seguro. La muchacha delicadamente perdida en el abrigo de pieles. Ahí estaban los ojos renegridos, ora pícaros, ora soñadores. Ahí estaba el accroche coeur sobre la frente. Recordé que yo le había dicho,

bondadoso: “Somos almas hermanas” .Era, como yo, un caso de arsénico.

                            (Fragmento Los que aman, odian).

Otra característica típica de la novela policial es el escenario cerrado. Nadie más que uno de los huéspedes puede ser el culpable, ya que ninguno ha podido entrar en el hotel que se encuentra sumergido en un mar de arena. 

Según el escritor y crítico literario Ricardo Piglia (“La ficción paranoica”), “la sensación de peligrosidad en que viven los lectores, la idea de una vida cotidiana amenazada, los temores a la conspiración y a los enemigos ocultos, es el camino que conduce a la novela policial. Esa racionalidad de ficción les representa a los lectores el estado de las cosas según el índice de sus temores más ocultos”.

A medida que conocemos a los personajes, el título de la obra cobra cada vez más sentido: ¿es necesario amar para odiar profundamente al punto de matar? Los sospechosos se mueven pos sus pasiones y temores, capaces de mentir, robar, manipular… todo para no dejar salir a flote la verdad. Unos a otros se culpan y al mismo tiempo se protegen. Uno de ellos debe ser el asesino, esa es la única certeza entre cientos de dudas.  


Atuel bajaba lentamente la escalera. Avanzaba con una mezcla de cautela y de firmeza que me paralizó, como la brusca revelación de un poder criminal en un hombre que hasta entonces yo había mirado con indiferencia. Entró en el cuarto de Mary. Sacó una valija que había debajo de la cama; la abrió, hurgó un rato en ella. Revisó, después, los papeles que había sobre la mesa. Parecía buscar algo. Su extraordinaria compostura no era natural; recordé a los buenos actores, que saben que tienen público y lo desdeñan… Un sudor frío me perlaba la frente. Atuel dejó los papeles; tomó del estante un libro rojo (lo reconocí: era una novela en inglés, con un emblema en la tapa, con máscaras y pistolas superpuestas); guardó el libro en el bolsillo; caminó hasta la puerta; miró hacia uno y otro lado; dio unos pasos largos y silenciosos; de nuevo se detuvo; lo vi subir los escalones, de cuatro en cuatro.

         (Fragmento Los que aman, odian).

A finales de un verano

Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares se hospedaron a fines del verano de 1946 en el Hotel Ostende, quedando tan maravillados con el lugar que extendieron su estadía hasta el invierno. El lugar, cuya construcción comenzó en 1913, era conocido por ser un lugar privilegiado ideal para vacacionar en familia o en pareja, siendo el favorito de los argentinos de alcurnia y artistas locales y del mundo.

La larga estadía inspiró a los autores a embarcarse en la escritura de una novela a cuatro manos: esa imposibilidad de salir, las más de 80 habitaciones, las dificultades para llegar, el misterio del lugar y las imágenes fantasmagóricas que se crean en las dunas dieron vida a la historia de un crimen, una serie de sospechosos y ningún culpable.

Si ya escribir en soledad es una odisea, hacerlo en pareja es casi un imposible. 

Bioy Casares explicó cómo lograron el cometido de Los que aman, odian: “El método de trabajo fue muy parecido al que empleábamos con (Jorge Luis) Borges: inventábamos episodios, alguien proponía una solución y yo escribía. Quisiera agregar que nunca hubo una discusión ni una pelea, ni con Silvina ni con Borges. Reconocíamos enseguida cuál era la mejor frase para el texto y la aceptábamos sin discusiones”.

Y no solo Bioy y Ocampo se dieron el lujo de hacer del Ostende su lugar de trabajo: en la habitación 51 –que hasta hoy se mantiene intacta- Antoine de Saint-Exupéry se hospedó en los veranos de 1929 y 1930, en donde escribió Vuelo Nocturno y además dio origen a la leyenda que relaciona los desérticos escenarios de El Principito con las dunas que rodean el hotel.


El edificio, blanco y moderno, me pareció pintorescamente enclavado en la arena: como un buque en él mar, o un oasis en el desierto. La falta de árboles estaba compensada por unas manchas verdes caprichosamente distribuidas (…) Hacia el fondo del paisaje había dos o tres casas y alguna choza.Ya no estaba cansado. Sentí como un

éxtasis de júbilo (…) Furtivamente avancé por oscuros pasadizos. Quería evitar un posible diálogo con los dueños del hotel —lejanos parientes míos— que hubiera demorado mi encuentro con el mar. La suerte, favorable, me permitió salir sin ser visto e iniciar mi paseo por la arena. (…) La naturaleza no tardó en persuadirme de lo inadecuada que era mi indumentaria. Con una mano yo me hundía el sombrero en la cabeza para que no me lo arrebatara el viento, y con la otra hundía en la arena el bastón, buscando inútilmente el apoyo de unos tablones que afloraban de trecho en trecho, jalonando el camino.

         (Fragmento Los que aman, odian).

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