Las tensiones en el progresismo
No es novedad reconocer las diferencias entre los partidos que apoyan su postulación. Son públicas y conocidas. Discrepancias y matices diversos respecto de política internacional, también en el ámbito económico, social y valórica (como en tema del aborto y otros). Con todo, hay elementos esenciales programáticos del progresismo que sostienen el apoyo a la abanderada comunista, con las singularidades políticas del liderazgo personal de Jeannette Jara en evidente contrapunto con la dirección partidaria encabezada por Lautaro Carmona. Pese a que muchos sostengan que la división entre derechas e izquierdas ha sido superada, continúa existiendo una frontera divisoria entre conservadurismo y progresismo, que se ensancha y profundiza en el caso de la ultraderecha. Es lo que Jara percibe durante su intenso recorrido por las regiones del país, mientras sus contendientes presidenciales reclaman por su resuelta ausencia en algunos foros organizados por agrupaciones empresariales y gremiales.
Así, no será durante esta campaña presidencial el momento propicio para confrontar y dirimir reconocidas y legítimas diferencias de los partidos del progresismo, que deberán subordinarse al objetivo central de poner por delante aquello esencial que une al conglomerado ante el desafío electoral que se extiende a la elección parlamentaria.
El progresismo, en su amplia diversidad, tiene una clara identidad, tanto por los intereses que defiende, las políticas que impulsa, los esenciales temas valóricos y culturales con los que se identifica y los ideales democráticos y de progreso social que persigue.

Son estos los sectores que, históricamente, impulsaron la reforma agraria, la nacionalización del cobre, la sindicalización campesina, el salario mínimo, la educación y la salud pública. Son los mismos que lucharon por defender los derechos humanos y la recuperación de la democracia bajo dictadura. Los que triunfaron en el plebiscito de 1988 y protagonizaron el proceso de transición y consolidación democrática, asumiendo a la democracia como el espacio y límite de la acción política, en donde las diferencias se resuelven en base al diálogo y compleja construcción de acuerdos.
Los gobiernos de signo progresista, en sus distintas versiones, han dejado un valioso legado a lo largo de nuestra historia. Fue el caso de Pedro Aguirre Cerda, con su slogan “Gobernar es educar”. De Eduardo Frei Montalva y su “Revolución en Libertad”. De Salvador Allende, con la nacionalización del cobre y la reforma agraria. De Patricio Aylwin, Eduardo Frei Ruiz Tagle, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Y también de Gabriel Boric, pese a los esfuerzos de la derecha por denostar su gestión.
Hoy el progresismo enfrenta un muy complejo desafío ante la grave amenaza de una restauración conservadora, con tintes autoritarios, que exige de unidad y un gran despliegue para convencer a una mayoría ciudadana que el país, lejos de vivir la crisis apocalíptica que intenta proyectar la derecha, tiene la alternativa de seguir transitando por la senda de los cambios y transformaciones graduales que permitan profundizar la democracia, avanzar en un proceso de desarrollo inclusivo y sustentable y en la construcción de un estado social y democrático de derechos.
Frente a esa amenaza y esos desafíos resulta indispensable para el progresismo poner por delante lo esencialmente democrático como objetivo principal. Ese sería el compromiso asumido recientemente por los jefes de partidos con la abanderada presidencial y es de esperar que se cumpla rigurosamente. Aún quedan pendientes definiciones más concretas en el terreno programático, en algunos ámbitos ya mencionados, en materia económico y social, asumiendo desafíos de la hora presente, que precisan respuestas para los jóvenes (en especial para aquellos que actualmente no estudian ni trabajan), para las mujeres, que registran altos índices de cesantía e importantes brechas en materia salarial, para la tercera edad y la niñez, para garantizar una mayor seguridad ciudadana, para los pueblos originarios con acuerdos sustanciales aún pendientes (como los enunciados en la Comisión para la Paz y el Entendimiento).
Al contrario de lo que propone la derecha, el país requiere de mayores y no menores recursos fiscales para saldar deudas históricas y enfrentar nuevos desafíos, acortar la brecha de las desigualdades y ofrecer nuevas oportunidades de desarrollo a las nuevas generaciones.
¿José Antonio Kast y las garantías de gobernabilidad?

Fue el economista Jorge Desormeaux, esposo de Evelyn Matthei, quién lanzó un torpedo bajo la línea de flotación de la cuidadosa campaña del republicano al afirmar “Vamos a tener menos paz social en un eventual gobierno de Kast que en un gobierno de Evelyn Matthei”, apuntando al sensible tema de la gobernabilidad futura del país. Un tema que, sin duda, preocupa por igual a los diversos sectores políticos y empresariales, que no olvidan el estallido social de 2019, que podría reeditarse si el aspirante republicano, en la eventualidad de ser electo, decidiera llevar adelante algunas de sus propuestas más controversiales como el “chao préstamo” con el que se financia buena parte de la reforma previsional (incapaz de precisar cómo propone sustituirlo). O el recorte de 6.000 millones de dólares del presupuesto. Ambas medidas severamente criticadas no tan sólo por el gobierno o el oficialismo, sino también por la propia candidata de Chile Vamos.
Las afirmaciones de Desormeaux fueron pronta y duramente respondidas tanto por el propio candidato republicano como por el presidente de su partido, Arturo Squella, quien sostuvo tautológicamente que, frente a la eventualidad de un nuevo estallido social, la mejor alternativa para enfrentarlo sería un gobierno presidido por José Antonio Kast.
Ciertamente el tema de la gobernabilidad es uno de los tantos flancos débiles del presidenciable republicano, que simplemente no puede garantizar con sus aliados del partido libertario o los socialcristianos y requeriría del concurso claro y decidido de la derecha tradicional. Un respaldo que el presidente de Renovación Nacional, Rodrigo Galilea, puso en interrogante al sostener que “en un eventual gobierno de Kast, en lo que es el área ejecutiva (gobierno) tendrá que recurrir a los cuadros de Johannes Kaiser o de los socialcristianos”. Unas polémicas declaraciones que, ciertamente, no fueron compartidas de manera unánime al interior de su propio partido y de Chile Vamos, acentuando una ardua polémica al interior de la zigzagueante coalición.
En el sector, como ocurre en el oficialismo, parecen primar objetivos esenciales. Así es como algunos dirigentes del conglomerado que apoya a Matthei califican aquella relevante polémica programática como “un debate extemporáneo”. La prioridad es desalojar a la izquierda en el poder: “apoyaremos, sin dudar un minuto, al candidato (a) que pase a segunda vuelta. Y obviamente debemos integrar un gobierno de todas las oposiciones”, sotienen algunos de sus parlamentarios. En tanto, otros, como la propia candidata y no pocos dirigentes de Chile Vamos. sostienen que existen posturas divergentes entre la derecha tradicional y la ultraderecha, afirmando que desde el parlamento apoyarán lo que estimen bueno para el país, sin soltar prenda de cara a la segunda vuelta.
Esta es una polémica que ha dividido fuertemente las opiniones de la derecha tradicional no tan sólo en Chile sino en numerosos países en donde el fenómeno de la ultraderecha ha emergido con fuerza. Tal es el caso de Francia, España o Alemania, en donde la derecha histórica ha marcado claras diferencias con la ultraderecha, asumiendo que se trata de proyectos distintos, llamados a competir (como sostiene la ultraderecha criolla). En todos los países en donde la derecha tradicional ha optado por alianzas, ha terminado subordinada.
Pero aquella es una polémica que tan sólo se zanjará de cara a la segunda vuelta, con los resultados de la elección parlamentaria a la vista, en donde muy difícilmente la ultraderecha alcanzará la supremacía por sobre Chile Vamos. Con la nueva correlación de fuerzas que dibuje la elección parlamentaria, habrá llegado la hora de negociar los apoyos en la segunda vuelta. En primer lugar, una reformulación programática que deje atrás las propuestas más radicales y populistas de la ultraderecha, que Evelyn Matthei no ha dudado en calificar de irrealizables. No será una negociación fácil, toda vez que Johannes Kaiser ha condicionado su apoyo a quién pase a segunda ronda a un acuerdo en materia programática.
Si por alguna razón, la candidatura de Evelyn Matthei lograra remontar en los menos de tres meses que restan de campaña y pasara ella a segunda ronda, este acuerdo sería aún más complejo, poniendo una nota de suspenso al respaldo de la ultraderecha.
El “relanzamiento” de la campaña de Evelyn Matthei

La propia iniciativa de un “relanzamiento” de la campaña presidencial, a menos de tres meses de la elección, habla de las dificultades que ha enfrentado Evelyn Matthei que, de liderar largamente en las encuestas durante largo tiempo, ha sido desplazada del favoritismo por José Antonio Kast y Jeannette Jara, dejándola así fuera de la pretendida segunda vuelta.
Naturalmente, este mal posicionamiento ha generado sensibles deserciones de personeros de Chile Vamos hacia la campaña de José Antonio Kast, que podrían agudizarse en las próximas semanas si su campaña no logra remontar en las encuestas.
En este complejo escenario, la operación “relanzamiento”, con un nuevo slogan “Chile: un solo equipo”, aparece como el último intento de reflotar una alicaída campaña, ahora con la resurrección del piñerismo, sustentada en la participación de la viuda del fallecido ex mandatario Cecilia Morel y su hija Magdalena, junto a algunos de sus excolaboradores cercanos, como Alfredo Moreno (otros, como el exministro Rodrigo Álvarez, ya emigraron a la candidatura de J. A. Kast, y del desaparecido Andrés Chadwick nadie emite palabra).
De manera bastante tardía, Evelyn Matthei opta por diferenciarse de Kast y buscar el voto moderado o de centro derecha, luego de largos meses intentando disputar el voto duro del sector capturado por el republicano. Probablemente sea demasiado tarde. Muy equivocadamente, tanto Evelyn Matthei como los dirigentes de Chile Vamos buscaron infructuosamente la unidad de todas las derechas, sosteniendo que el adversario a vencer estaba al frente, lo que no es estrictamente cierto en primera vuelta. Aunque sus propuestas programáticas sean mortalmente parecidas (mano dura en contra del crimen organizado, ajuste fiscal, rebaja de impuestos, etc.) y las diferencias están en el margen. Y las fronteras entre Chile Vamos y la ultraderecha son muy porosas.
Por más que la familia Piñera Morel busquen identificar a Evelyn Matthei como la heredera política del expresidente, sus diferencias son más que evidentes. Sebastián Piñera transitó desde el centro hasta la derecha (se manifestó por el NO en el plebiscito de 1988 y cuestionó a “los cómplices pasivos” de la dictadura), en tanto que Matthei, hija de un integrante de la Junta Militar, ha manifestado reiteradamente aproximación a la defensa del régimen, al menos en sus primeros años, precisamente los más feroces en violaciones a los derechos humanos.
El último y más débil argumento electoral de la campaña de Matthei, con el que busca atraer el voto moderado, es que representa el mal menor y es la única que puede derrotar al candidato republicano. Para bien o para mal, la suerte pudiera ya estar echada y los ciudadanos deberán optar por opciones aparentemente polares, entre un representante de la ultraderecha y la candidata del progresismo. La decisión, con voto obligatorio, algo forzada, dependerá de muchos factores incidentes de última hora y sólo una parte de aquellos votantes estarán discerniendo razonablemente ante propuestas programáticas y evaluando quienes tienen las mejores y más viables ofertas de futuro, con mejores equipos técnicos, así como el tipo de liderazgo que requiere el país para asegurar paz, cohesión social y gobernabilidad. Todos aquellos ítems en que el republicano Kast está, definitivamente, al debe.