Phoolan Devi: La flor insurgente. La dignidad, cuando se vuelve feroz, no pide disculpas.

por Cristina Wormull Chiorrini

Nació en el barro, entre flores y silencios. A los once años, ya conocía el peso de la humillación. A los veinte, empuñaba la historia con rabia y memoria. Phoolan Devi no fue solo una bandida ni solo una diputada: fue la grieta en el relato oficial, la flor que se negó a marchitarse. Esta crónica no busca absolver ni condenar, sino mirar de frente a una mujer que eligió insurgir cuando la dignidad ya no cabía en los márgenes.

Pocos saben que el matrimonio infantil, en pleno siglo XXI, arroja —según cifras de Save the Children— aproximadamente 12 millones de niñas entregadas cada año a hombres dos, tres o hasta cuatro veces mayores que ellas. Phoolan Devi fue niña, esposa infantil forzada, y luego bandolera, prisionera y parlamentaria. Su vida, marcada por la violencia, se convirtió en símbolo de resistencia para las mujeres y castas marginadas de la India.

Phoolan nació en agosto de 1963, en el pequeño pueblo de Gorha Ka Purwa, distrito de Jalaun, Uttar Pradesh. Fue la segunda de cuatro hermanas, y su llegada coincidió con la temporada monzónica, cuando la tierra se abre al agua y los caminos se vuelven barro. Ese barro sería también el escenario de su infancia: fértil en resistencia, pero hostil en condiciones.

Hija de una familia mallah —una subcasta considerada “intocable” dentro del sistema de castas indio—, desde su nacimiento fue marcada por el estigma social. Su padre, un labrador pobre, luchaba por conservar un pequeño terreno que los parientes más ricos intentaban arrebatarle. Phoolan creció entre disputas familiares, humillaciones públicas y una conciencia temprana de la injusticia.

A los diez años, ya desafiaba a los hombres que querían silenciarla. Se enfrentó a un primo que había usurpado tierras de su padre, y por ello fue golpeada y expulsada de la casa. Esa escena —una niña que se atreve a hablar en voz alta contra el poder masculino y terrateniente— sería el preludio de toda su vida.

No quería oro. Quería que me miraran a los ojos. Que supieran que yo no había olvidado.  Phoolan Devi

A los once, fue entregada en matrimonio a Puttilal, también conocido como Devidin. Él tenía más de 30 años. El intercambio fue una vaca. El vínculo fue profundamente abusivo, incuyendo maltrato físico, violencia sexual, y múltiples intentos de escape de Phoolan que sin apoyo familiar ni comunitario era devuelta a las manos de su marido y de una segunda esposa que también la maltrataba. Puttilal había prometido esperar tres años para consumar el matrimonio, pero se la llevó de su casa a los tres meses. Este vínculo forzado no solo vulneró su infancia, sino que activó su conciencia sobre las injusticias de género y casta que más tarde denunciaría con furia y estrategia.

Habría sido imposible para Phoolan otra cosa que ser india, y está hecha a medida para la imaginación india: desde la antigüedad hemos tenido una capacidad desmesurada para convertir cualquier historia en un mito y para desmitificar lo más épico en lo más mundano. Phoolan es una diosa que lo hace todo por sí misma y que puede demonizar con rapidez. Sunil Sethi, columnista y crítico indio.

Tras años de abuso, fue secuestrada por una banda de dacoits. No encontró en ellos un refugio inmediato. El líder, Babu Gujjar, intentó violarla. Fue Vikram Mallah, segundo al mando, quien la trató con respeto y se convirtió en su amante tras asesinar públicamente a Gujjar en defensa de Phoolan. Ese acto selló una alianza afectiva y marcó el inicio de una nueva etapa: la de la mujer armada que no toleraría más abusos. Bajo la guía de Vikram, Phoolan aprendió a cabalgar, a usar armas y a seguir un código propio que sería su norte.

Juntos formaron una cuadrilla que robaba a los ricos y repartía entre los pobres. Pero la historia no se detuvo ahí. Al poco tiempo, los hermanos Ram, miembros de castas superiores y antiguos aliados de Gujjar, se vengaron del ascenso de la pareja y asesinaron a Vikram y secuestraron a Phoolan, sometiéndola durante semanas a violaciones sistemáticas y públicas en el pueblo de Behmai hasta que logró escapar y rearmar a la banda que se había convertido en su familia, así como el fusil en su voz, no buscó refugio, buscó justicia. En los retratos policiales de la época aparece con sari rojo y rifle al hombro, como una diosa de la furia. Pero en su interior, seguía siendo la niña que preguntaba por qué nadie la defendía.

El 14 de febrero de 1981, Phoolan regresó a Behmai. No lo hizo sola: llegó con su banda, armada y decidida. Lo que ocurrió fue una ejecución colectiva. Veinte hombres fueron asesinados. No hubo juicio, no hubo defensa. Solo memoria convertida en pólvora. Algunos eran culpables, otros no.

La masacre sacudió a la India. Los medios la bautizaron como La Reina de los Bandidos. Su imagen se volvió leyenda: una mujer de casta baja que se atrevía a vengarse de los poderosos. Pero también fue criminalizada, perseguida y convertida en símbolo incómodo de una justicia que el Estado no supo ofrecer.

El entonces ministro principal de Uttar Pradesh, V. P. Singh, renunció, asumiendo la responsabilidad moral del hecho. La masacre de Behmai no solo fue un acto de venganza: fue una grieta en el sistema de castas, una denuncia brutal que no cabía en los tribunales.

rodeada de su familia, los miembros de su pandilla y su amante y colíder, Man Singh, Phoolan subió los escalones de madera de una tarima de siete metros de altura, a la sombra de un toldo de tela roja, verde y amarilla. La música de una película hindi sonaba a todo volumen por el sistema de megafonía. Vestía un uniforme caqui nuevo de superintendente de policía y un chal rojo brillante, y llevaba un pañuelo rojo en la cabeza para sujetar su cabello castaño oscuro hasta los hombros. La .315 colgaba de su hombro, y en su muñeca lucía un brazalete de plata, símbolo religioso de la fe sij; en el bolsillo superior de su uniforme de policía llevaba una pequeña figurita plateada de Durga, la diosa hindú de la shakti: poder y fuerza. Rendición de Phoolan Devi.

En febrero de 1983, Phoolan emergió de los barrancos del valle de Chambal, vestida de rojo, rifle en alto, pies descalzos. Se entregó voluntariamente al gobierno de Madhya Pradesh, bajo la condición de no ser ejecutada y de recibir un juicio justo. Tenía 20 años. La multitud la recibió como a una diosa caída del monte. El Estado la encerró durante once años en prisión preventiva, sin juicio.

En la cárcel, aprendió a leer y escribir. Su cuerpo estaba encerrado, pero su historia empezaba a circular. Las mujeres de castas bajas la veían como símbolo de resistencia. Los intelectuales debatían si era criminal o heroína. Ella, mientras tanto, tejía su relato con palabras nuevas.

No me arrepiento. Si el mundo quiere llamarme asesina, que lo haga. Pero que también diga por qué.   Phoolan Devi

Tras años en prisión, se casó con Man Singh, otro ex-bandolero. Su relación fue menos pasional, más estable. Man Singh la acompañó en su ingreso a la política. En 1996, fue elegida diputada por el Partido Samajwadi, representando a Mirzapur. En el Parlamento, defendió los derechos de las mujeres, los pobres y las castas marginadas. Su presencia incomodaba a muchos, pero su voz era clara: no hablaba por venganza, sino por reparación. Perdió su escaño por un tiempo y fue reelegida para un segundo período.

El 25 de julio de 2001, Phoolan Devi fue asesinada frente a su casa en Nueva Delhi. Tenía 37 años. Le dispararon dos veces directo a la cabeza. El autor fue Sher Singh Rana, que dijo que lo hizo “por venganza” a nombre de los hombres de Behmai. Pero su crimen fue indudablemente   un intento de silenciar una voz que incomodaba al poder y mantiene oscuridades en su resolución.

Phoolan había sobrevivido a la pobreza, a la violencia sexual, al sistema de castas, a la cárcel, a la política. Pero no sobrevivió al odio que su historia despertaba en quienes no podían tolerar que una mujer de casta baja se convirtiera en símbolo.

Su legado sigue vivo. En India, muchas mujeres la nombran como referente de lucha. En el Parlamento, su silla quedó vacía, pero su historia ocupa cada rincón donde se discute justicia. En 2019 se estrenó una película sobre su vida. En algunos pueblos, se venden muñecas con su imagen. En otros, su nombre aún se pronuncia en voz baja, como si fuera peligroso.

“Yo sola sabía lo que había sufrido. Yo sola sabía lo que se siente estar viva pero muerta.” —Phoolan Devi

La historia de Phoolan Devi no puede contarse solo desde la violencia que sufrió ni desde la justicia que buscó. Su evolución como mujer, bandolera y diputada estuvo marcada por vínculos afectivos que la empujaron, la quebraron y la transformaron. Cada hombre que cruzó su vida —desde el marido impuesto hasta el compañero de armas— dejó una huella que ella convirtió en decisión política o acto de Resistencia.

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