En el siglo XXI, que podríamos llamar “la era del yo emocionalmente evaluado”, la resiliencia ha mutado desde una categoría psicológica vinculada a la superación de traumas hacia un imperativo cultural de adaptación. En el marco de la industria de la emocionalidad globalizada, se presenta como virtud transversal en la educación, la empresa, el Estado, la salud, la política y la comunicación digital. Esta transformación encubre una operación simbólica: el vaciamiento de toda capacidad y potencia crítica del sujeto, reemplazado por una subjetividad entrenada para sobrevivir a la catástrofe, pero no para interrogarla.
Mediante una aproximación metodológica de triangulación o hibridación y de prospectiva crítica a este fenómeno socioemocional, ampliamente validado entre los tomadores de decisión, se pueden deconstruir sin eufemismos los pilares de esta amable cultura resiliente, y proponer escenarios de fuga ante su hegemonía en la discursividad corporativa actual. Desde la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt hasta sus derivas contemporáneas, es posible analizar la resiliencia como perfecto dispositivo ideológico y no como la virtud psicológica que suele promocionarse.
Asimismo, a través de la Grounded Theory o Teoría Fundamentada en Datos, surgida en la Universidad de Chicago a mediados de la década 60, es posible sistematizar cualitativamente los relatos extraídos de discursos empresariales, políticos y mediáticos que glorifican la adaptación emocional. Y si se complementa con análisis econométrico, se puede cuantificar el crecimiento de las industrias asociadas a este «negocio del colapso”. A saber: coaching ontológico, outplacement, charlas motivacionales, cursos de felicidad laboral y métricas de bienestar emocional corporativo.
Mirado en prospectiva, es factible proyectar escenarios futuros a partir de tendencias actuales con enfoques de la planificación estratégica desarrollada por RAND Corporation y otras instancias del Departamento de Defensa de los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, incorporando variables como la lógica de escenarios plausibles, el principio de disrupción inesperada, y la identificación de tipping points que pueden revertir o acelerar tendencias culturales.
La resiliencia como frontera moral
En la actualidad, la resiliencia funciona como un umbral de admisibilidad social, debido a que el sujeto prescindible -desplazado, despedido o desvinculado- que no se adapta rápidamente al dolor, al despido, a la precariedad o al trauma, es culpabilizado y marginado. Este imperativo emocional se enseña, aprende y reproduce en las universidades (a través de programas de habilidades blandas), en el Estado (mediante discursos de recuperación emocional) y en la empresa (vía coaching o evaluaciones de entrenamiento emocional).
El discurso resiliente se asienta en convertir el dolor en falla individual y la adaptación en éxito moral. Se inhibe así toda posibilidad de análisis estructural, despolitizando el conflicto y favoreciendo la domesticación subjetiva, apasible, armónica, culturalmente civilizada.
Para poder cumplir con sus expectativas funcionales, este fenómeno y proceso complejo de transformación del mercado del trabajo se vale de la industria de performatividad vacía del coaching, especialmente en su vertiente ontológica. Así propone una transformación personal sin contexto, sin conflicto y sin crítica. La narrativa de «ser líder de uno mismo» refuerza la autoexplotación emocional, situando la responsabilidad en el sujeto y no en el contexto, mediante la supresión del disenso.
Las charlas TED, otra popular industria de relatos de superación y éxito, acompañan encarnando el «espectáculo del cambio», donde todo debe resolverse en 18 minutosde inspiración cuantificable ante una audiencia de fanaticada.

Estas prácticas tan arraigadas y comunes en el management actual, disfrazan, ocultan y al mismo tiempo consolidan un dispositivo de cancelación simbólica en el que el dolor debe ser narrado en tónicas luminosas, el conflicto transformado en oportunidad, y la crítica reemplazada por storytelling optimista con anécdotas y chistes.
Vaciamiento del sentido digital cuantificado y reciclaje emocional del cesado
Tal como traté en anteriores columnas, en redes sociales la performatividad emocional es validada por métricas como likes, shares y visualizaciones. Esto genera una subjetividad algorítmica que mide su existencia por su impacto digital. La comunicación se vuelve cuantitativa, lo político se reemplaza por lo viral, y el pensamiento se subordina a su potencial de consumo.
Llevado al ámbito laboral, plataformas de «wellbeing» o bienestar laboral, miden la salud emocional de los empleados, estandarizando la tristeza, la motivación o el compromiso como si pudieran ser variables gestionables: la inocencia de querer administrar la subjetividad como un KPI.

Otra industria de este repertorio de reinvención es el mercado del outplacement, que ofrece a quienes han sido despedidos un “acompañamiento profesional» para reconvertirse emocionalmente. Detrás del discurso empático, se impone una operación simbólica para transformar la cancelación, la exclusión, el despido y, en última instancia, la pérdida en oportunidad, silenciar el duelo y reentrenar la emocionalidad para reinsertarla sin conflicto.
Este servicio de reciclaje afectivo convierte al sujeto excluido en un devaluado insumo del mismo sistema que lo expulsa. Se monetiza la esperanza, se institucionaliza el relato resiliente, y se cancela la posibilidad de crítica estructural, de aceptación de la rabia y del derecho a no aceptarlo.
Atrapados en la hipervisibilidad política y el vacío simbólico
Chile constituye un caso extremo de esta cultura/mercado del management de la esperanza. Tras el estallido social de 2019 y el posterior colapso de la promesa digital de la izquierda, el discurso de la resiliencia fue reintroducido como estrategia de contención social. Universidades, consultoras y el mismo Estado promovieron programas de «acompañamiento emocional» que evitaban abordar las causas estructurales del malestar, de la rabia y la violencia.
La institucionalidad chilena se replegó sobre discursos de adaptación y autocuidado, mientras el crimen organizado, la precarización laboral y la violencia simbólica/real avanzaban. La resiliencia operó como dispositivo de cancelación del pensamiento y de estandarización de los márgenes del disenso.

Utilizando marcos analíticos derivados de los wargames de simulación estratégica y de la planificación por escenarios, se pueden construir escenarios plausibles de evolución del dispositivo resiliente como arquitectura de control mediático y simbólico:
°Escenario A de profundización del modelo emocional de gobernanza: La resiliencia deviene doctrina político-administrativa. Las políticas públicas incentivan la autorregulación emocional como deber ciudadano. Se institucionaliza una tecnología blanda de gobernanza donde los afectos son normalizados por algoritmos y tests de bienestar. Todo muy poco probable.
°Escenario B de saturación y rebote subjetivo: La sobreexposición a narrativas motivacionales genera desensibilización e incluso rechazo, en donde emergen movimientos de «dolor no instrumentalizable», «comunidades del cansancio» o «asambleas de la negatividad» como expresión de hartazgo ante esta estetización de la superación individual. Algo probable.
°Escenario C de cooptación total del pensamiento crítico: Las humanidades y las ciencias sociales son reformuladas como «laboratorios de habilidades para la adaptabilidad», convirtiendo la crítica en gestión emocional. Toda disidencia es traducida a «malestar psíquico» o «baja emocionalidad resiliente”. Probable en grupos decisores resistentes al cambio.
°Escenario D de resistencia simbólica y fuga epistemológica: Aparecen zonas de pensamiento crítico no homologable, de espacios lentos, de comunidades autónomas de pensamiento no performativo, de prácticas de duelo compartido y estéticas de la interrupción. Se revalorizan emociones sin utilidad económica y saberes no evaluables. Muy probable ante el colapso del mercado laboral, la irrupción de la inteligencia artificial sustitutiva y la incubación del malestar no catalizado.
Caminos críticos alternativos entre sabotajes y reapropiaciones

Frente al consenso resiliente, algunoscaminos de fuga que operan como formas de sabotaje epistémico radican en reivindicar la tristeza como afecto no reducible a KPI, ni a storytelling redentor. Defender la no-resiliencia como acto de resistencia cognitiva y disonancia legítima. Crear lenguajes opacos, lentos, que rehúyan la comunicación estandarizada. Promover una pedagogía del error, del duelo, de la interrupción y del cansancio. Impulsar universidades y espacios críticos que dejen de formar sujetos resilientes para volver a formar sujetos pensantes. Sustituir la narrativa del «yo fuerte» por la del «nosotros herido», como forma política de comunidad no funcional. Es decir, desobedecer la emocionalidad útil, con todo el sarcasmo necesario para paliar las condiciones estructrales y estructurantes de la conviencia social que gatillan los procesos de exclusión.
La resiliencia, el coaching, el outplacement y sus sucedáneos digitales conforman el nuevo parque temático del capitalismo afectivo que se defiende a sí mismo. Se presentan como salvavidas emocionales, cuando en realidad son flotadores pinchados arrojados desde yates corporativos cuyos motores a ratos se traban. Bajo la promesa de «reinvéntate», se suele esconder una orden mucho más siniestra «sobrevive decorosamente y en silencio».
Su retórica de superación no es otra cosa que un manual de instrucciones para sonreír mientras se es despedido, un tutorial para agradecer que la vida dé patadas con estilo y una infografía emocional para transformar tu depresión en KPI positivo dentro de un mapping conceptual de rendimiento optimizado.
En otras palabras, es el siglo del abrazo corporativo que despide con empatía, del coach que enseña a fracasar con entusiasmo y del algoritmo que diagnostica la ansiedad mientras recomienda meditar con una app financiada por BlackRock.
Las promesas de salvación emocional son la nueva liturgia piadosa del capitalismo tardoafectivo. Ese del coach como sacerdote laico, la charla TED como misa de domingo, la resiliencia como penitencia meritocrática. Pero a diferencia de las antiguas religiones, aquí no hay redención ni comunidad, sino solo marginación forzosa, autoexigencia, KPI, ranking de bienestar y soledad algorítmica.
Ante esta maquinaria de supresión de la tristeza y cancelación de la crítica, urge no solo resistir sino reírse. Con inteligencia, con rabia y con memoria. Porque la resiliencia, tal como se nos ofrece hoy, no es más que una galleta de la fortuna con frases vacías impresas en el papel reciclado de la historia. Y como todo placebo ideológico, terminará desmoronándose cuando el mercado descubra tardíamenteque no genera el ROI (retorno sobre inversión) prometido. Entonces, quizás, pagando un precio no calculable hoy, podamos volver a pensar sin tener que sonreír primero.